La isla-prisión de Robben Island no es especialmente impresionante. Pero es necesario visitarla para comprender la historia de Sudáfrica, encerrada entre muros y playas. Muchos luchadores por la libertad, de todas las razas, fueron encarcelados y torturados ahí. Regresaron a la luz fortalecidos por un sentido más profundo de las diferencias y las afinidades, de la oportunidad de construir y detener la desintegración.
Entre ellos, el más famoso es Nelson Mandela, cariñosamente llamado Madiba. Abogado, célebre dirigente, fundador del brazo armado del Congreso Nacional Africano, iniciador de la lucha guerrillera y encarcelado, pasó casi 28 años en prisión. De ellos, 18 años estuvo en Robben Island. Tomé esta foto desde uno de los sitios donde él era obligado a trabajar: más allá de esas rocas, del otro lado de la bahía, podía ver la imponente Table Mountain y los rascacielos de Ciudad del Cabo, con su soberbia empequeñecida por la enorme montaña.
En las paredes de las celdas están escritas tristes y dolorosas historias. El recorrido lo guía un antiguo prisionero político que responde cualquier pregunta. No hay odio en su voz.
No lo hubo tampoco en Mandela. Odio no, sí firmeza: se rehusó a dejar la cárcel cuando el gobierno del apartheid lo ofreció, con la intención de calmar los vientos de la insurrección; se quedó años extra hasta que estuvo convencido de que había garantías mínimas para avanzar; representó al mismo tiempo el discurso amable de la reconciliación y la postura dura del negociador confiado; ejerció la presión necesaria, dominó sin ejército las armas del establishment amenazado, el de blancos y negros, y controló a los suyos para sortear los peligros de la ansiedad y la provocación. Sudáfrica iba a explotar en una guerra civil. Muerte y destrucción para blancos y negros. Caer en el caos, en la repetida historia trágica de los países africanos. Madiba obró el milagro.
Fue electo presidente y gobernó durante cinco años, en un esfuerzo de dos bandas: desmontar las ataduras del apartheid y crear amistades entre los enemigos. Su emblema fue la bandera multicolor, la más hermosa del mundo, símbolo de la Rainbow Nation de todas y para todas las razas. Su práctica fue "ubuntu", un concepto mágico que habla de solidaridad, unidad y respeto entre los seres humanos.
A diferencia de Robert Mugabe, su amigo y compañero de lucha que se convirtió en enloquecido dictador de Zimbabwe, y de tantos líderes africanos transtornados por el poder, Mandela rechazó un segundo periodo en la Presidencia: se sabía viejo y pensó que corría el peligro de morir como gobernante y sentar un mal precedente para su país.
Mandela creyó en la teoría de que en el Sida había un engaño, pero se dio cuenta pronto de su error y rejuvenecido para convertirse, a sus 80 y tantos, en el más activo militante de la lucha contra el HIV. Tiene la virtud de comprender que se equivocó, aceptarlo y rectificar. En este punto, critica sin tapujos la postura del presidente Thabo Mbeki, su sucesor y compañero de partido.
A lo largo de mi viaje hablé con personas de muchas tendencias. Ni uno solo habló mal de Mandela. Ni uno solo se ahorró reconocerlo como el más grande valor de Sudáfrica. Dicen que es la mayor gloria viva del mundo. Probablemente tienen razón.
En Robben Island se esconden algunas respuestas. Aquí, Mandela entabló célebres debates; padeció sufrimientos insoportables; ideó un futuro para Sudárica; se hizo amigo de sus carceleros y con el tiempo esos humildes hombres blancos serían invitados a cenar a casa de la estrella más luminosa de Africa, de la Cruz del Sur.
Robben Island no es espectacular, pero tiene algo vital: no es un museo del sufrimiento, la autocompasión y el odio. No es un lugar triste y lógubre. Es luminoso. Es motivante. Es libertario.
En El Cabo, antes de tomar el barco a la isla, se puede leer en grandes letras este texto de Ahmed Kathrada:
"Aunque nunca olvidaremos la brutalidad del apartheid, no queremos que Robben Island sea un monumento a nuestros tiempos duros y nuestro sufrimiento.
"Quisiéramos que fuera un triunfo del espíritu humano sobre las fuerzas del mal. Un triunfo de la sabiduría y la grandeza del espíritu contra las mentes reducidas y la pequeñez. Un triunfo del valor y la determinación sobre la fragilidad humana y la debilidad".