Éste iba a ser un día triste. Samantha me ayudó a concertar las citas y a preparar la visita a dos hogares para niños, desde recién nacidos hasta de 6 años, enfermos terminales de Sida. Pequeños que fueron desahuciados en los hospitales y destinados a tratamiento paliativo, no curativo: se trata de hacerles más sencillo el paso a la muerte.
Antes de ver a la gente que trabaja ahí, imaginé personas de gran corazón, pero de corazón destrozado por la experiencia cotidiana de sentir cómo se escapa la vida del pequeño cuerpecito que estás abrazando y que has cuidado día y noche desde hace semanas, observando cómo se deteriora poco a poco.
Pero en Cotlands encontramos a Monica, la directora, una mujer elegante y activa. Y en Thembacare (themba: esperanza, en isiXhosa; care: cuidado o protección, en inglés) conocimos a Kim, una joven nutrióloga sudafricana, y a Kevin, un pastor protestante: los dos son encantadores, risueños y optimistas. Y tienen buenas razones para ello.
La atención especializada y el amor que entregan, más el reciente uso de antirretrovirales (ARV) —y las oraciones, insiste Kevin—, han obrado auténticos milagros. Reciben cuerpecitos de muerte anunciada y devuelven niños con esperanza y futuro. En el hogar de Cotlands en la provincia de Western Cape (tiene otros), Monica nos dio las estadísticas de dos años de trabajo: 106 niños recibidos, doce fallecidos, casi 70 devueltos a sus familias o colocados en adopción, sujetos a tratamiento y seguimiento.
¡Son salvadores de vidas netos! Es triste cuando no pueden hacer nada más por uno de los pacientes, ¡pero es maravilloso ver recuperarse a un niño que hubiera muerto si no hubiese llegado a sus manos! ¡Sus manos curan!
Durante muchísimo tiempo, estas instituciones, que sobreviven con donaciones, fueron incapaces de reunir fondos para pagar los costosos tratamientos con ARV. La lucha de TAC, las asociaciones médicas y UNAIDS forzó al gobierno a lanzar un programa de ARV y los resultados, para el número todavía limitado de personas que tiene acceso a él, son tremendos y la tasa de mortalidad se ha desplomado. Kim tiene menos de dos años en Thembacare y dice que no ha visto morir a un pequeño desde el año pasado, cuando antes era el pan de cada día.
Estos hogares cuentan con personal profesional y con la ayuda de voluntarios, de gente que se compromete a dedicar un tiempo semanal fijo para estar con los niños, cuidarlos y jugar con ellos. No es una tarea fácil: muchos están muy, muy enfermos, con granos por todo el cuerpo, otros tienen la cabeza muy pesada y no la pueden sostener, unos más tienen complicaciones tan graves que no se pueden levantar del piso. Pero la dedicación de los profesionales y los voluntarios es fascinante, disfrutan con cada pequeño éxito de los chamacos, ríen y los hacen reír. Encantados con la llegada de los visitantes, persiguieron y asediaron a Samantha con sus enormes sonrisas (foto).
Ninguno de los niños que pudimos ver es blanco. Estos hogares se colocan en localidades marginadas de mayorías negras. Pero los profesionales y los voluntarios son negros y blancos dedicados a los niños con un amor que supera todos los traumas étnicos de Sudáfrica.
Estos hogares son pocos y el problema es gigantesco, pero salimos de ahí con un sentimiento de alegría profundamente opuesto a la depresión que esperábamos.
Es un buen cierre para mi viaje por el Sur de África: la historia de Mandela y Robben Island, el Cabo de Buena Esperanza, la fructífera dedicación de los salvavidas de Cotlands y Thembacare. El gusto de haber disfrutado a los sudafricanos (en negros y blancos, la constante es una gran afabilidad, cortesía y buena onda) y conocido a gente sensacional de muchos países, en particular a Samantha, con quien compartí casi 20 días y es una gran compañera de viaje, amiga solidaria y tierna, y mujer segura, inteligente y capaz.
Es mucho, mucho lo que me falta por contar. Ya veré cómo hacerlo después. Es mucho más lo que me falta por ver y aprender de Sudáfrica: es uno de los países más fascinantes, genial, por su naturaleza y su gente. Como muy, muy pocos.
Pero ahora empiezo una nueva etapa de mi vuelta al sur del mundo. Una etapa inesperada, porque pensaba ir a España durante 20 días a escribir, antes de lanzarme a Medio Oriente. Este viaje tiene una flexibilidad muy flexible y ahora me voy al Este de África: Mac y Laura, el inglés y la italiana que conocí en Mozambique y que viajan en una camioneta con una tienda de campaña en el techo, me esperan en Tanzania. Allá voy.