De los aeropuertos africanos suelen contarse historias alucinantes. El escritor español Javier Reverte cuenta cómo tuvo que arrastrar a dos autonombrados “responsables de protocolo” que trataban de arrancarle el equipaje mientras él buscaba un taxi en el aeropuerto de Kinshasa (R.D. del Congo). Samantha, mi amiga inglesa, platica cómo todos los pasajeros de su vuelo se quedaron horas en el de Lagos (Nigeria) esperando el amanecer, ya que aventurarse hacia la ciudad era un asalto garantizado. A mí me perdieron la maleta en Luxor (Egipto) y al día siguiente, cuando la hubieron localizado, mi barco tuvo que esperar horas mientras un chico recorría oficinas rogando para que le pusieran la docena de sellos necesaria para que él pudiera traspasar un ventanal, caminar cinco metros, asir mi mochila y sacarla del área de equipaje.
Así es que yo esperaba cualquier cosa de la terminal aérea de Dar es Salaam, la ciudad que no es capital de Tanzanía pero que en los hechos sí lo es. Y algo hubo: en migración, colas enormes que se mueven como serpientes, se entrecruzan y confunden, trámites dobles, policías gritones que te arrebatan los dólares (hay que pagar 60 por la visa), pasaportes perdidos, gente enojada y de pronto quién sabe cómo ya pasaste la línea de supervisores y te das cuenta de que hubieras podido atravesarla sin cumplir trámite alguno, no hay control. Después, recoger el equipaje: has perdido mucho tiempo y tus maletas hace tiempo que salieron. Las bandas no alcanzan y los chicos del lugar simplemente bajan los bultos y los dispersan por el suelo. Tu maleta puede estar en cualquier lugar, arriba o abajo de las pirámides que se improvisan por ahí, y hay que buscarla con paciencia mientras miras la neurótica fila de reclamaciones por perdida. Pero no, ahí está, en la aduana ni te miran, sales del área y… ¿del aeropuerto? Pues sí, no hay salas de llegada con cafés, tiendas y kioskos de información turística, de súbito estás afuera y los taxistas, vendedores y buitres de todas las calañas se te van encima ofreciéndote quién sabe qué cosas raras, hablándote en voz baja en idiomas irreconocibles y mostrándote fajos de billetes por si deseas cambiar moneda en el mercado negro. Creo que me propusieron hasta comercio de mujeres.
Pero tienes buena estrella y Tanzania tiene buena estrella. En Johannesburgo, en la cola para documentar el equipaje, comenzó a platicar conmigo Lydia, una tanzana que trabaja para una organización de mujeres que viven con VIH y que fue a Sudáfrica a dar cursos. Súper simpática y graciosa, de plano me adoptó, me ayudó a superar el caos de migración y aduana, y después dijo que no podía andar por Dar es Salaam inocentemente con mi banderita de Mexico, es peligroso. Su hermana, una mujer muy guapa y sofisticada, y su hijita pequeña pasaron a recogerla, me subieron en su camioneta 4X4 y me llevaron directo al ferry, con explicaciones detalladas de cómo y cuánto pagar, qué hacer al llegar al otro lado y cómo negociar con el taxista que me tendría que llevar al camping de Kipepeo Beach, donde al día siguiente tendría que encontrar a Mac y Laura, los chicos con los que ahora viajaré.
Encantado, muchas gracias. El ferry, también alucinante. Llega, abre las compuertas, escupe pasajeros, nos liberan a los que estamos esperando, coches y personas corremos mezclados, no lo estarán sobrecargando, ¿verdad?, la gente es diversa en su vestimenta, cristianos y musulmanes codo a codo a pasar el río, las chicas mas liberales y coquetas con amplios escotes platican con la muchachas tapadas hasta los ojos que son sus compañeras del momento. Un negro alto se acerca y te pregunta si eres de México (vio tu banderita), y sí, de qué parte, de la capital, ah, yo conozco a una mexicana que me invitó a visitarla, vive en Tampoco, quieres decir Tampico, ah sí, en ese lugar, se llama –con pronunciación muy simpática—Amparo González Gómez (o algo así), no, pues no la conozco, ya, un día iré a verla.
El colega se llama George y habla un inglés fluido con acento gringo, pues vivió allá. Como el va a un camping vecino al mio, tomamos un taxi juntos después de que el negoció el precio. Genial. Pero no se conforma y me lleva hasta la recepción de Kipepeo Beach, donde me dicen que sólo quedan unas “bandas” (cabañas) carísimas. Cómo crees, no, te están tomando el pelo, y George me arrastra hasta el camping al que él va, Sunrise Beach, donde encuentro lo mismo a mitad de precio. Muchas gracias, te invito una chela, no, mejor nos vemos al rato, acomódate y yo estaré con mis amigos por allá, vale, bonita “banda”, tiene baño propio (un lujo por aquí), así que tomo una ducha y pierdo el tiempo. Al rato, un tipo en traje de baño, mojado y lleno de arena va a verme a la recepcion, donde estoy pagando. Que tío! Tiene un cuerpo bárbaro! Es George, que es todo un atleta y en este ratito acaba de nadar hasta una isla y regresar: pensó que lo habría buscado sin verlo y por eso fue por mi. (Mañana, segunda parte.)
FOTO: ¿Qué tienen que ver los pingüinos con Tanzania? Bueno, nada. Pero así se entretienen ustedes mientras salen las nuevas. Hice esta foto en Boulder’s Beach, Península del Cabo, donde hay una colonia de aves que ya se acostumbraron a la gente.