Insisto en la cerveza, claro, no bebe ni fuma. Pero sus amigos sí, cómo no, así que pago una ronda de conyagi, una especie de ginebra local que Andrew, un gigante regordete, bebe como agua, que bárbaro. Y hay más, varios de ellos musulmanes sin miedo al alcohol y que disfrutan con sus amigos cristianos. Amables y simpáticos, la tarde del sábado se acaba y de pronto ya me llevaron de regreso a la ciudad, a bares y discotecas donde los tanzanos se divierten con intensidad, um, qué fuerte, es imposible tranquilizarse con toda esa energía desprendiéndose, son tremendos.
Yyyy, es imposible tranquilizarse porque aquí también hay negociantes caza-muzungus. Los blancos son llamados muzungus y son una fuente fresca de divisas, que aquí se necesitan. Los vendedores de droga asedian, pero es fácil desprenderse de ellos. No así de las chicas: mujeres hermosísimas que en Occidente adornarían las portadas de las revistas, aquí se abalanzan sobre el mexicanito recién importado. No llegan anunciando el negocio, sino como muchachas normales a las que, te quieren hacer creer, les gustaste tanto que no pudieron evitar acercarse. Pero son decenas, todas guapísimas, y perdón, nunca había visto tal concentración de talles esbeltos, caderas imponentes y ojos arrebatadores --todo resaltado por esas pieles hermosas en diversos tonos del negro-- ni mucho menos había sido el centro de su atención.
Yo sabía de qué se trataba. Ingenuo, quise explicar a algunas que no se trataba de un rechazo de mi parte, que son muy bellas, pero que ni modo, que no le entro. A ninguna le importó mi rollo. No sé si alguien lo entendió. Continuaron con lo de qué guapo, qué haces por aquí, quieres sentarte/bailar/ir a otro lado conmigo… no fui educado para rechazar agresivamente a una mujer, lo siento, aunque ésa parecía la única manera. Para mi fortuna, contaba con un ángel de la guarda, George, que invariablemente fue a mi rescate y repartió su número telefónico una docena de veces, con la falsa promesa de que al día siguiente yo vería a cada una de ellas: ¡nunca tuve tantas citas en mi vida! (ni jamás hice tantos plantones).
El domingo, el grupo creció. Llegó Mac con la noticia de que Laura había querido quedarse dos días mas en la isla de Zanzíbar, aparecieron George, Andrew y los demás, y se sumó Gerhard, un alemán muy agradable que vive en Sudáfrica y está viajando solo en un camioncito de los setenta al que adaptó como minicamper. Por todos lados se le abren puertecillas sorpresa, incluso en el exterior, y así aparece por aquí una cocineta, por allá un tanque de agua, y esto y l’otro.
Genial, pero no fue hecho a prueba de Témoris… Es que está difícil, y yo vengo enrachado…
Creo que todo empezó en la vinería de Diermersfontein, en Wellington, cerca de Ciudad del Cabo, a donde fui hace una semana con Samantha a conocer y catar sus vinos. Los que atendían, simpatiquísimos, nos platicaron sus historias e incluso sacaron una de sus últimas botellas de Pinot Noir 2004, que los clientes pedían a gritos pero se había agotado, y nos dieron a probar. Cuando catas varios vinos, siempre hay un recipiente para que eches lo que no te tomaste, pues no se trata de subirse a los caballitos. Yo vi una copa a mi lado y eché el resto ahí… ¡Nooo!, pero si se trata de La Copa de El Concurso que ganamos la semana pasada, ¡es Nuestro Primer Lugar!, ¡no la agarres de escupidera, por favor!
Pues hoy, lunes, mi racha siguió. Me senté en la mesa portátil de Mac y la doblé; después en una silla del camping de Kipepeo y le rompí el respaldo; y lo mejor fue el camioncito de Gerhard, que esta mañana nos dio un aventón a Dar es Salaam, aprovechando que iba a buscar unas refacciones. Por falta de espacio, y ya que yo iba un poquito indispuesto, me mandaron a una cama alta que tiene en la parte trasera. No sé cómo me moví, pero mis pies, de alguna manera, rozaron ligeramente, pero si sólo fue un toquecito, neta, la ventana lateral… ¡que salió volando con todo y monturas! Sólo se escuchó la exclamación de angustia de Gerhard: “Noooo! Not my windooow!”
Mi primera reacción fue salir del vehículo para rescatar lo rescatable, y la salida más cercana y accesible era… el hueco de la ventana. Mientras saltaba por ahí, pensé que tal vez era poco educado convertir en puerta de emergencia la ventana que acababa de romper, pero era tarde y ya estaba con los pies en la calle. Un tanzano sonriente –aquí todo el mundo sonríe— me ofrecía un marco con algunos vidrios. Salvamos algunos otros pedazos y compré unos pañuelos para que Gerhard se sonara la nariz, pues estaba moqueando mucho.
Nos subimos y proseguimos camino. Me mandaron de nuevo a la cama (hay gente que no aprende), previos ruegos de no tocar las restantes dos ventanas. Yo lo agradecí, pues pude regresar a la posición horizontal tan recomendada por los doctores para dejar pasar la cruda. Cuando abría los ojos, podía ver a la gente de la calle que a su vez miraba extrañada la escena voyeurista de un muzungu acostado a lo largo del hueco de una ventana rota.
Mañana tenemos que ir a recoger a Laura al barco que viene de Zanzíbar. Y nos vamos al norte. No sé por qué, creo que Mac me tiene desconfianza. No es que me haya dicho nada malo, pero cada vez que me acerco a su camioneta se me queda mirando. Abre los ojos grandes, grandes, como con miedo.
FOTO: Tres continentes: George “take care with the girl”, de Tanzanía, Gerhard “not my window”, de Alemania, y Témoris “si apenas le di un rozoncito”, de Mexicalpán de las Tunas.