Estamos en Njia Panda, en la puerta del Cráter de Ngorongoro, que promete ser un lugar fascinante. Pasaremos la noche aquí y saldremos antes del alba. El camino desde Arusha ha sido muy hermoso, entre colinas, montañas y, sobre todo, atravesamos el Rift Valley: si lo que causa los terremotos en el centro-sur de México es el choque de dos placas tectónicas, aquí ocurre al revés.
Las placas se están separando desde hace 30 millones de años y crearon una falla que va desde el Mar Muerto hasta Mozambique. Esto ha generado vacíos subterráneos que provocaron gigantescos corrimientos de tierra. En algunos sitios, los desprendimientos han dejado paredes verticales de más de mil metros de altura. Al adelgazarse la corteza terrestre, el magma encontró diferentes vías de salida y creo numerosos volcanes, como los montes Kilimanjaro y Kenya, y el del Cráter de Ngorongoro.
Lo que más me llamó la atención en la ruta, sin embargo, son los maasais. Es fácil encontrarlos en las ciudades, como Dar es Salaam, pero éstos son sus verdaderos territorios. Es muy fácil reconocerlos desde lejos porque visten con telas de colores muy llamativos, en rojo, azul y morado. Tienen mucha joyería en metal plateado y en chaquira multicolor, muy bonita, y lo extraño es que, al contrario de muchos pueblos que he visto en mis viajes, en éste me parece que los hombres se adornan más que las mujeres: se rapan partes de la cabeza, se hacen complicadas trenzas con el cabello que dejan, se colocan collares, pulseras y piezas especiales para el cráneo y se abren enormes agujeros en los lóbulos de las orejas.
Tienen una tradición guerrera importante y se supone que los jóvenes, después de la circuncisión, al principio de la adolescencia, tienen que marcharse en grupos pequeños, crear comunidades autosuficientes y regresar para casarse unos ocho años después. El éxito definitivo se alcanza cuando el muchacho mata un león sin ayuda. Pero los muzungus (blancos) les quitaron gran parte de sus tierras y mataron los leones, así que resulta muy difícil cumplir los requisitos (nota al margen: los tanzanos conocen a los blancos sudafricanos como “caburu”, que quiere decir “blanco asesino”; algunos no se han enterado de los grandes cambios en Sudáfrica y les tienen miedo).
Siempre luciendo sus mejores prendas, los maasais son orgullosos. Viven del pastoreo de grandes hatos de ganado y caminan largas distancias, a menudo sin compañía. Resulta impresionante cuando vas por una inmensa llanura y de pronto ves un maasai caminando, solitario.
Los maasais y los demás pueblos de la zona no lo tienen nada fácil para adaptarse a este mundo que cambia hacia la forma de vida occidental. Si en sus campos disfrutan de libertad y grandes espacios, en la ciudad se aprietan. Tuvimos oportunidad de visitar tres hogares en Tanzania, un país que durante muchos años fue un activo promotor del nacionalismo africano radical y apoyo de los movimientos de liberación del continente, una Cuba africana. La gente nos los mostró con naturalidad. El esquema fue siempre el mismo: una familia tiene un “departamento”, que no son más que varios cuartos de tabique desnudo, unidos por pasillos sin techo. El baño son tres paredes y una puerta de madera que mal cierra, con un hoyo en el piso y sin agua corriente. La ducha es una cubeta. Como todos son muy pobres, es común alquilar uno o varios de los cuartos.
En Dar es Salaam, Arya y Monica, de 20 y 19 años, sumaron esfuerzos para alquilar un cuartucho juntas. Duermen en un delgado colchón. En Arusha, Natasha nos recibió con sonrisas. Es una profesora de escuela de 26 años que emigró hace tres meses desde un pueblo cercano al Lago Victoria. No encuentra trabajo y, si tiene suerte, recibirá un salario miserable. Duerme en un colchón estrecho todavía más delgado, debajo del cual amontona su escasa ropa: no tiene un mueble. El que vive en mejores condiciones relativas es Omari, el guía de Lushoto: tiene algunas cajas de cartón, libros y un colchón sobre una estructura de madera. Él está contento con lo que hace y no está pidiendo ayuda, sale adelante a su manera. Natasha está en graves problemas, pero tiene un sentido de dignidad que le impediría aceptar una moneda de un extraño. Arya y Monica no pidieron un apoyo económico, pero sospecho que lo estaban esperando. Y creo que hubiéramos debido darlo.
Todo queda encerrado en el círculo vicioso de la relación muzungus-africanos. En las motos de cuatro ruedas que manejamos en las montañas de Swazilandia, en el Nissan Micra con el que atravesamos Zululandia y el Transkei, en la Land Cruiser todoterreno en la que viajamos por Tanzania, siempre me invadió la inquietud, la incomodidad: por más buena onda que sea, por más sensible y respetuoso, el muzungu es el que llega a las tierras de los africanos montado en el poder, en máquinas ruidosas que la gente admira y que nunca podrá poseer.
Durante siglos, los africanos fueron enseñados a aceptar que el muzungu es un ser superior por naturaleza. Hace algunas décadas ganaron la independencia política, pero en la mayor parte de los casos, los grandes negocios siguen siendo de los muzungus. También en la ex-revolucionaria Tanzania. En los barrios pobres, sólo hay negros, nunca muzungus. En los barrios ricos las casas son de los muzungus, muy pocas de los africanos, y la mayoría de los negros que hay por la calle están ahí para servir. Muchos querríamos cambiar eso. Algunos trabajan para ello. Pero al final, todos llegamos en nuestras máquinas de poder, causando admiración.