Al amanecer, las nubes cubrían completamente las faldas del cráter. Subimos por la masa de vapor siguiendo el estrecho camino de tierra y rocas, hasta llegar al primer mirador, desde donde no era posible mirarse ni los dedos. Era un cruce y tomamos la ruta de la derecha, que tras 25 kilómetros por el borde del cráter, a 2,300 metros de altura, debía llevarnos hasta la vía Sopa, que nos permitiría descender hasta el fondo.
Poco antes de llegar, las nubes se habían levantado un poco y pudimos tener la primera vista del cráter. Imponente, pero apenas un adelanto de lo que veríamos al bajar: un mundo aparte que parece tener reglas propias, encerrado por altas paredes en círculo, con un lago en el medio, un bosque, pantanos, ríos, pequeños volcanes, colinas y llanuras.
Las nubes lo cubren la mayor parte del tiempo y se comunican con la tierra a través de columnas de gas que se elevan desde fisuras geológicas cubiertas por el lago Magadi. Después empezaron a abrirse algunos claros y el sol entró con fuerza, creando zonas iluminadas mientras el resto del microcosmos permanecía en semipenumbra. Cuando la luz llegaba al lago, que en estos tiempos de secas ha dejado al descubierto una amplia capa salina, el reflejo sobre la superficie blanca generaba un brillo intenso, contrastante en este mundo fantasmal.
Llegamos a las seis de la mañana y fuimos los primeros en subir. En esa soledad, nos embargó la emoción del descubridor, del primero que pisa, del que no sabe qué va a encontrar. Éste es el verdadero Parque Jurásico. Nos sumergimos en un ambiente prehistórico que se acentuó cuando empezamos a advertir las primeras sombras que aparecían, discretas y vigilantes, a lo largo de nuestro avance: búfalos oscuros, hienas curiosas, chacales sigilosos, cebras y ñúes que despertaban.
Ngorongoro es un antiguo volcán que se colapsó cuando la lava dejó de fluir: el magma sostenía una enorme bóveda interior que perdió su base. Así, en lugar de una gran montaña cónica, quedo un territorio protegido por murallas naturales de 600 metros de altura (cuatro veces un rascacielos alto). En línea recta, de un extremo a otro, hay 19 kilómetros. Instantes de actividad volcánica posterior elevaron algunos minivolcanes. Todo esto generó un microclima y ecosistemas peculiares, con la enorme ventaja de que conserva agua y pastizales en temporada de sequía, cuando toda la región circundante los pierde. Por eso, además de su especial atmósfera, el atractivo del Cráter de Ngorongoro es su gran biodiversidad: abundan la fauna y vegetación más variadas.
A las 9 de la mañana, ya no estábamos solos. Las compañías de safaris tenían camioncitos con turistas dando la vuelta por todos los caminos reales y posibles. Y, sorprendentemente, nos llegamos a ver enredados en una fila para ocupar el mejor lugar frente a la poza de los hipopótamos y en un embotellamiento cuando encontramos una docena de vehículos parados frente a un grupo de leones.
Pero el cráter es suficientemente grande para permitir que uno se pierda, fuera de las rutas mas pateadas por los tours, y la riqueza de vida natural da para todos.
Esa combinación entre el ambiente mágico, extraño y prehistórico, la maravilla geológica y la variedad de vida silvestre, me llevan a incluir Ngorongoro con todo entusiasmo en el famosísimo y prestigiosísimo Témoris’ World Natural Wonders Top 5, las principales cinco maravillas naturales que yo he visto en el mundo, hasta hoy. Debo admitir que hay un aspecto, que confirmo ahora, que me hace pensar que no soy imparcial, ya que cuatro de esas cinco maravillas son producto de cataclismos volcánicos: Capadocia (Turquía), Cataratas de Iguazú (Argentina), Cráter de Ngorongoro (Tanzanía), Islas Eolias (Italia) (orden alfabético).
Sólo es diferente el origen de la cuenca del Nilo (Egipto), aunque a fin de cuentas tampoco escapa a la influencia de las montañas de fuego. O sea, me gustan los volcanes y sus derivados. Pero no importa, estoy seguro que cualquiera de ustedes que vaya a alguno de estos lugares entenderá por qué merecen estar en el mundialmente aclamado Témoris’ Top 5.
Como es natural, los parques nacionales tanzanos tienen reglas estrictas para proteger los lugares. Una de ellas es que las puertas de acceso se abren a las 6 y se cierran a las 18 horas. Y, como es natural, entre tanta belleza, a nosotros se nos hizo tarde: ascendimos a la pared del cráter por el camino Lerai, perdimos un poquito más el tiempo y ya casi estamos en problemas. Pero Mac hizo una demostración de sus capacidades como conductor y nos llevó corriendo-volando por la peligrosa ruta de descenso, evadiendo animales, vehículos que subían, rocas y baches. Es tremendo. Llegamos a las 17.59: el guardia ya miraba el reloj.