Hoy se celebra un aniversario importante para nuestra civilización, pero en este lugar uno olvida los alcances de lo humano: es el verdadero reino de lo animal. El Serengeti es un sueño, tal vez la reserva natural más famosa de África.
La variedad silvestre es impresionante y lo que se ve en la televisión, si bien con más ángulos y oportunidades de encontrar grandes detalles, no se compara con la emoción de verlo en el momento, directamente, sin intermediación.
Estos días han sido impactantes, entre grandes y pequeños animales: leones, cheetas, búfalos, jirafas, hipopótamos y elefantes, así como garzas, águilas, gacelas, impalas, topis, jabalíes, chacales, babunes, colobus, hienas y dikdiks. Los caminos son terribles pero venimos en una máquina poderosa y podemos llegar a cualquier lugar (sin salirnos de los senderos marcados, una medida indispensable para proteger el ambiente).
A la mayoría de ellos los hemos visto a muy poca distancia, entre dos y diez metros de la camioneta. Sólo los hipopótamos se han puesto pesados y no quieren salir del agua, además de un cheetah sangrón se negó a bajar de su colina de vigilancia. A los demás no les ha importado darnos una exhibición, cruzando el camino frente a nosotros, pasando a un lado, pastando tranquilamente o lanzándose a veloces persecuciones.
La mayor parte del Serengeti son inmensas llanuras, pero también hay partes montañosas y zonas de ríos y pantanos. Lo mas extraño son los kopjes, rocas inmensas amontonadas que aparecen de pronto en las planicies, como si un gigante aburrido se hubiera dedicado a reunirlas aquí y allá.
Pero lo más interesante de todo es la gran migración: cada año, entre junio y septiembre, dos millones de ñúes y cientos de miles de cebras siguen las lluvias y los pastos nuevos, y avanzan desde la zona sur del Serengeti y de la reserva del Ngorongoro hasta el vecino parque de Maasai Mara, en Kenya. Con la comida se mueven los leones, los cheetas y los leopardos, entre otros depredadores. En noviembre y diciembre hacen el camino de regreso. Ya hemos tenido acercamientos a este fenómeno, pero mañana será el gran día.
Mientras tanto, hemos encontrado un lugar donde dormir. En el Serengeti hay sitios de enorme lujo para turistas ricos que dan cualquier cosa por sentirse exploradores. Nos reímos, por ejemplo, de una pareja que paga 700 dólares por noche por una tienda de campaña de 20 metros cuadrados, con techo de tres metros de altura, protegido por madera. La tienda no tiene cocina (no importa, un africano con moñito les lleva la cena), pero sí recibidor, guardarropa, baño e incluso ducha, y los aventureros que la ocupan se mueven en un coche estilo papamóvil con chofer, con sombreros de safari y pantalones cortos color kaki, comprados en alguna tienda de lujo.
Nosotros, además del pago diario individual por estar ahí (30 dólares) y por el coche (otros 30), tenemos que pagar 20 dólares por cabeza por un lugar en los “Public Camps”, que básicamente son sitios demarcados para el efecto, con un espacio de cocina comunal (que suele estar tomado por los cocineros de los tours) y letrinas.
El problema es que hay muy pocos public camps: unos en el centro del parque y menos en algunas puertas de acceso, que están a unas cinco horas de camino, si tienes suerte y no te pierdes. Y nosotros no la tuvimos: se nos fue una vuelta, una vueltecita entre tantas que habíamos conseguido encontrar, y acabamos en Ikoma Gate, una puerta utilitaria que da hacia la nada. Así que en el regreso se nos fueron horas y, aunque esta prohibidísimo circular después de las siete, nos dieron las seis y estábamos todavía muy lejos de Ndabaka Gate, a donde queríamos ir.
Preguntando, llegamos a un puesto de rangers, los guardaparques, y explicamos la situación. A Laura le gustó uno de ellos y se puso coqueta, así que les caímos bien y nos dejaron quedarnos en un sitio entre la maleza, a 200 metros del puesto. Buena onda, además nos dejaron hacer una fogata, algo que no se puede hacer en los Public Camps.
Un ranger distinto vino más tarde a hacer negocio con el rollo de que estamos en un “Special Camp”, para sacarnos otros 20 dólares por cabeza, pero no nos dejamos. El caso es que el fuego está bueno, Laura cocinó delicioso y yo voy a sacar, ta ta ta taaan, un tequila que traigo dando vueltas directamente desde México, qué tal, ¿¡eh!? Acampar en zona salvaje, sentarte alrededor del fuego, un inglés, una italiana y un mexicano bebiendo un tequila que ha pasado por seis países y tres continentes, ¡nada menos que en el Serengeti!
Lo raro es que, pues… los ruidos de los animales están muy cerca. En los Public Camps, las hienas suelen entrar a buscar desperdicios y husmean entre las tiendas de campaña. Laura y Mac duermen en la que está en el techo de la camioneta, pero a mí me toca solito en el piso. De todos modos, acabas tan cansado que no oyes nada, o al menos yo no. La diferencia es que esta vez estamos en medio de la zona de la gran migración, esa a la que siguen los leones buscando merienda.
Y los dos rangers con los que hablamos, el que le gustó a Laura y el que nos quiso transar, nos advirtieron de no quedarnos en la fogata hasta muy noche porque hay muchos leones. Mac y Laura dicen que no hay problema porque no atacan las tiendas de campaña. La lógica me dice que tienen razón, si no sería imposible que los visitantes se queden siempre al descubierto, ya habría noticias de varios platos nuevos en el menú. Pero… el que se queda en la tiendita de abajo soy yo. Solitito.