Estoy platicando con un chico simpático que se llama Emmanuel y que trabaja en este camping. Mi tienda de campaña está sobre la suave arena, muy cerca del agua. Se escuchan olas pequeñas pero frecuentes. El cambio de marea sería un peligro para mi tienda si estuviéramos en el Océano, pero esto es el Lago Victoria, la reserva de agua dulce más grande de África y segunda en el mundo. Qué diferente es todo aquí, contrastante con el sitio donde dormimos ayer, cerca del puesto Kirawira, en el Serengeti.
Saqué el tequila. Mac puso música. Laura nos agasajó con la cena. El fuego ardió con la excelente madera que conseguimos en las cercanías, justo antes de que oscureciera, porque nadie quiere quedarse entre los árboles, sin poder ver, cuando los leones se acaban de despertar y tienen hambre. Fue una velada preciosa, de plática y risas, de tres idiomas que se enredaban con gracia. Mac y Laura esperaban el típico tequila de exportación que es más caña que agave y rompe la garganta, pero se sorprendieron al descubrir que se trata de una bebida de calidad que se toma a sorbos, no de golpe. Les encantó. Después seguimos con ron, y… ese fue mi boleto a la tranquilidad, porque dormí como bebé, a pesar de los rugidos de los animales, cada vez más cercanos.
Al despertar, estaba completo. No me faltaba ni un dedo, y eso me dio gusto. Estábamos levantando el campamento cuando de pronto, de entre la maleza, a sólo diez metros, surgió lo inesperado: no era un rinoceronte, ni una jirafa. Mucho menos el hombre de las nieves, que por estos lugares nada tendría qué hacer. Eran dos japoneses, en chanclas, shorts y gorritos de boy scout, que venían de la nada y preguntaban en mal inglés dónde esta el baño. ¡¡¡Dónde está el baño!!! Hay gente que uno no sabe cómo sobrevive, pero ahí está. Indicamos el puesto de rangers y los vimos marchar, flaquitos, flaquitos, con las piernas desnudas entre la hierba alta y los matorrales.
A las siete pasamos por el puesto, donde el jefe nos regañó por habernos quedado en un lugar no autorizado. ¿Quién los entiende? Un ranger muy buena onda nos da el lugar y coquetea con Laura, otro va más tarde a tratar de transarnos y el último nos regaña sin pedir dinero, sólo por gusto. Y salimos a buscar la migración.
Que estaba justo al lado: la ventaja de no haber alcanzado a llegar hasta Ndabaka Gate es que significaba alejarnos dos o tres horas ayer para regresar por el mismo camino hoy. Quedamos en el lugar justo: las largas columnas de cebras y ñúes vagaban de un lugar a otro, esperando el momento ideal para cruzar el río Grumeti. En este momento del año, con poca agua, no es profundo y en algunas zonas parece estancarse. Lo terrible son los cocodrilos, que ya saben que es época de llenar la panza. Estuvimos un rato mirando los enormes lagartijos pasear de un lado a otro, inquietos porque el festín se anuncia pero no comienza. Patrullaban el territorio abriendo las enormes fauces. Decenas de monos llenaban las ramas de los árboles, como espectadores impacientes.
Pero los ñúes y las cebras lo intuyen y esperan algo. Es rarísimo, son miles de ellos que se mueven en respetuosas columnas, los recién llegados buscan el fin de la fila para sumarse, no se cuelan. También es extraño que así como se mueven hacia el río, aparentemente decididos a cruzar, de pronto invierten la dirección y se alejan, guiados por un indescifrable instinto. A todo lo largo del río Grumeti, en el corredor occidental del Serengeti, se puede ver a los numerosos regimientos aguardando la señal.
Que no les llega a todos al mismo tiempo. En este momento, algunos ya están del otro lado: tardan casi dos meses en completar el cruce. Hay que tener mucha suerte y dedicación para capturar el momento. Teníamos una hora detenidos en un punto, frente a los ñúes, cuando pasó una rubia en un 4X4. A Mac le gustó y la saludó. Al rato la vimos volver y al ingenuo inglés le brincó el corazón. Se detuvo al lado. Se bajó. Y le habló. Mac escuchó embelesado como ella le platicaba que trabaja para la televisión británica y que su equipo llevaba un mes en un escondite junto al río esperando grabar un cruce masivo. Después dijo que no nos acercáramos a ese sitio porque podríamos espantar a los ñúes y echarles a perder todo.
Pasamos un rato explicándole a Mac que la chica no había venido a admirar su barba de marinero. No sé si nos entendió. Lo digo porque al rato nos topamos de frente con el escondite, casi lo aplastamos, y la rubia lanzó un par de maldiciones que mi amigo no supo interpretar. (Continúa mañana.)