La frontera entre Tanzanía y Kenya es un caos. No es novedad, sólo una constatación. La aduana de Tanzanía esta orientada al revés, como si fueras a entrar en lugar de salir. Y la gente que va a pie cruza tranquilamente de un lado a otro, no hay quien te detenga.
Cuando pasamos a Kenya y cubrimos todos los trámites, un policía tenía que quitar la pluma para salir del área. Miró muy severo a Mac: “¿Tienen todos los documentos? ¡Muy bien! ¡Karibuni! (bienvenidos)”, y nos dejó entrar en Kenya sin revisarlos.
Antes, el oficial de migración kenyano preguntó de donde somos. “Inglaterra, Italia y México”. El hombre me miró como si fuera broma y preguntó de nuevo. Es común que a la gente le sorprenda que nuestro grupo tenga tantas banderas, pero nadie me había visto cara de chiste. Más adelante, en el primero de los innumerables controles policíacos que hay en las carreteras kenyanas (los agentes te miran siempre muy serios y acaban agradeciéndote la visita a su país con enormes sonrisas), el hombre preguntó: “¿Quién es el mexicano? Nunca había conocido uno, ¡mucho gusto!”.
La entrada en Kenya me produjo dos impresiones contradictorias. La primera es la de la suciedad de las ciudades por las que pasamos: la mugre abundante en todos lados, las calles embarradas de un lodo sucio, la basura en las esquinas y junto a las casas, el polvo flotante se te mete en los ojos, los coches echan humo negrísimo. Es un contraste fuerte con Swazilandia, Zululandia y el Transkei, que son regiones sumamente pobres habitadas por personas con escasa educación ambiental, pero que destacan por su limpieza: en las aldeas más humildes no hallas una botella de plástico tirada, un papel. En Tanzanía, sin embargo, y sobre todo en Kenya, pude observar el cochinero en el que vive gente que no es más pobre que la otra. ¿Cuál es la razón? Costumbres, supongo, un problema cultural. Pero me queda claro que se puede ser muy pobre sin ser sucio.
Lo opuesto vino al entrar más en el país y admirar el paisaje: rumbo a Nairobi, cruzamos las “Tealands”, una región enorme dedicada al cultivo de te (Kenya es uno de los mayores productores del mundo). Colinas y más colinas cubiertas por un suave tapete de un verde hermoso, brillante y tibio, donde están salpicadas las casitas de los pobladores, de madera y techos de dos aguas.
Así fue por muchas horas, hasta que llegamos a Lake Naivasha, a través de uno de los peores tramos de carretera que hemos encontrado en nuestro viaje, y mira que hemos andado por sitios difíciles. Quisimos pasar la noche ahí para no llegar a Nairobi en la oscuridad: la llaman “Nairobbery” (Nai-robo) y tiene fama de ser una de las capitales más peligrosas de África. No sabíamos que en Lake Naivasha íbamos a encontrar algo mucho más importante que un descanso estratégico para nuestra estancia en la metrópolis kenyana.
Todo fue casualidad, como siempre. Fuimos a disfrutar del bar, conocimos a cuatro jóvenes alemanes que nos invitaron a su cabaña cuando cerró el lugar, y mientras caminábamos hacia allí tropecé con un kenyano con el que cotorreé dos segundos antes de que me invitara a una fogata donde estaba con sus amigos, unos ocho chicos y chicas alrededor de los 30 años. Yo llame a los míos y acabamos ahí, en conferencia norte-sur (yo estaba del lado del sur, naturalmente; como no me siento parte de los muzungus, en Tanzanía inventé el termino “mexzungu”, y a los amigos kenyanos les gustó tanto que no se aprendieron mi nombre, aunque es tan sencillo), compartiendo bebidas y platicando hasta cerca del amanecer.
No nos levantamos a tiempo para salir temprano hacia Nairobi, que está a 90 kilómetros, más de dos horas, por el estado de la carretera. Mientras discutíamos si pasar otra noche ahí o aventurarnos a esa hora, nos volvimos a enredar con los kenyanos, su buena onda y su simpatía. Habían llegado más a pasar el domingo, trajeron bebidas, asaron carne y contaron historias. Se trata de un grupo especial: todos han estudiado en el extranjero, en EU, Canadá o Gran Bretaña, y son profesionales con buenos ingresos. Eso no los hace pesados, al contrario, y como dije que pienso quedarme en la capital unas tres semanas para escribir, prácticamente me ofrecieron la adopción, ya que “ni te imagines que puedes andar solo por Nairobi”. Más adelante se ofrecieron a guiarnos hasta la capital y nuestro camping.
Eso fue providencial. En un cerro, lejos de Lake Naivasha y lejos de Nairobi, el alternador dejó de cargar y poco después todo se apagó. El camino había sido muy accidentado (paréntesis: en una de las varias paradas que hicimos, mientras esperábamos me metí a uno de los coches a platicar; fue sólo un momento, pero de pronto, Mutahi, un kenyano que se había quedado prendado de Laura, se subió con nosotros y nos dijo: "¡El mexicano está perdido!") y el convoy inicial, de cinco coches, se había reducido a dos, el nuestro y el de Waringa, Kigera y Waireri. Era una zona peligrosa y no sabíamos qué hacer, porque no respondía la batería, ni siquiera cuando le pasamos corriente. Pero los chicos se rehusaron a dejarnos ahí, Waringa llamó a los demás coches para que nos esperaran y seguimos intentando diversos trucos, incluido el arrastre, hasta que, con apenas un empujón, la camioneta salió.
Y de ahí hasta Karen Camp, el sitio donde nos alojamos y que los kenyanos ubicaron porque llamaron por teléfono. Está en un camino enredado de un suburbio blanco que se llama Karen, un poco lejos de Nairobi, y llegar hasta ahí por nuestra cuenta hubiera sido muy difícil. Los seguiremos viendo.