Me falta contar la parte kenyana de la cena mexicana. !Halt!, no de la cena, sino de la borrachera. Porque nuestros amigos, emocionados con la excelsa interpretación de Guantanamera y la delicada expresión del grito más charro, se dejaron convencer (uy, !cómo me costó!) de regresar a sus raíces.
!Y fue muy emocionante! Cantaron en swahili, en kikuyu e inglés melodías tradicionales, se pararon a bailarlas, se tomaron de las manos, brincaron, con todo tipo de gestos, e incluso Waireri y Kigera hicieron lo que llamé “pornotraditional dances”, porque de plano eran más que sugerentes y las letras, por lo que tradujeron, no obligaban a nadie a esforzarse para imaginar la situación.
Despues Waireri me llevó por ahí. Íbamos a ir con Mac, pero a mi buen amigo inglés se le atravesó algo mucho más interesante y le fue imposible acompañarnos. Así que fuimos al Carnivore, que es un restaurante donde se les prohíbe la entrada a los vegetarianos y que los nairobinos aseguran que es uno de los mejores del mundo. No podré desmentirlos, porque a esas horas de la madrugada no estábamos para inflar la panza. Con carne, claro está.
De noche, el Carnivore se convierte en un bar-discoteca muy divertido. Es como en México, va la clase media con quintos –bueno, Kenyan shillings— para gastar, y se comportan casi como nosotros, pero por fortuna la plata no les ha quitado lo africanos y toman la música con la intensidad que ya había admirado en Durban, Dar es Salaam y Arusha.
Waireri caminaba por el lugar como por su salón de clases (mmmm, eso sonó muy “si en secundaria voy”), saludando a todo el mundo y presentando a su amigo mexzungu (Témoris, Waireri, Témoris, !por el amor de Chuy!). Por ahí caímos en una sección donde estaba Cess Mutungi, a quien Waireri presentó como una celebridad. Tiene un programa de radio todas las mañanas, creo que muy popular. Y las muchachas, cuando lo comenté al día siguiente en lo de Carol, la describieron como una “comehombres”. Algo hubo de eso, porque la dama, muy simpática, en cuanto me vio me dio un tirón para alojarme entre sus brazos, así, sin más. Y empezó a presentarme gente como “su” mexzungu. !Si me viera mi madre!
No se preocupen, !tudo bem!, no pasó nada, en cuanto manifesté mi deseo de volar abrió la jaula y me dejó salir. Y conocí a cuatro amigas de Waireri, súper buena onda, bonitas y amables, con las que dimos brincos un rato.
Nos echaron a las seis. !Qué indecencia! A ver, a ver, que no se malinterprete, con las seis me refiero a la hora, no a las cuatro amigas, Waireri y yo. Y mi estimado acompañante, fiero trasnochador como los que me caen bien, me llevó a dos antros, pero antrazazos, en el centro de Nairobi. Con decirles que pidió que no mencionara que habíamos estado ahí, creo que es de enorme desprestigio social y podrían echarlo del Club de Leones (aquí sí que se puede hablar de leones, en México no hay ni en el desierto del mesmo nombre).
En Madhouse, a las siete de la mañana, sólo chicas malas. O buenas, por qué malas, pero obligadas a chambear en eso. Y claro, ahí están los muzungus de edad, sin gracia ni atractivo, acompañados de beldades despampanantes que no se atreverían a presentar en su país (aquí todavía hay mucho racismo), pero que los hacen revivir sus sueños de viejo conquistador, como decía Don Rodrigo al respecto de su negra (Les Luthiers, pa’ mayor referencia).
El detalle es que la prevalencia de HIV entre los adultos kenyanos es de casi 7%, pero entre los trabajadores sexuales de Nairobi es de 85%. Es un caso extraño, porque se trata de personas que producen una cantidad de células blancas inusualmente alta y, por lo tanto, son muy resistentes al HIV. Desde hace algunos años, un equipo internacional trabaja con este grupo en la búsqueda de claves para desarrollar una vacuna. Así que, antes que objetos de deseo, como las ven casi todos los hombres que vienen aquí, estas mujeres deberían ser consideradas como esperanza de cura para esta generación, la nuestra, condenada por la maldición del sida.