Njeri parecía distinta de las otras prostitutas del Madhouse. No se me aproximó de manera agresiva, ni siquiera con decisión: era tímida y creí ver en sus ojos un algo de inocencia. Es una chica pequeña, de piel de color negro intenso, delgada pero de bonitas formas y una gran sonrisa. 28 años. No me sentí con fuerzas para seguir rechazando mujeres y acepté conversar con ella. No pudo ser: se aproximó otra muchacha, mucho mejor vestida y más maquillada, y con un ademán hizo que Njeri se alejara.
Me indigné. No sólo se me obliga a estar con una mujer, vencido por agotamiento, sino que además se me quiere imponer a una. Le dije a la recién llegada que no se me acercara y fui a buscar a la primera, que se había refugiado en una mesa solitaria. Me encantó su sonrisa sorprendida. Mis amigos dijeron que nos íbamos, así que sólo alcancé a invitarle una cerveza. Ella pidió acompañarme a mi casa. Su alegría desapareció con mi respuesta. Me sentí mal y acepté darle el número del celular.
Después me fui a la costa, a Mombasa y Lamu. Njeri llamaba de vez en cuando o enviaba mensajes. Era simpática y al regresar pensé que podía cambiar un poco los términos de las cosas, llevarla al terreno de la amistad sin sexo ni comercio, sacarla por un momento del ambiente corrompido en el que vive. La invité a cenar a Trattoria, un restaurante italiano en la calle Wabera, en el centro.
Verla llegar me desarmó: a plena luz es mucho más evidente la pobreza de sus mejores ropas, los remiendos y composturas sobre tela vieja, y sobe todo, las marcas que una vida dura ha dejado sobre su piel, en su cara, brazos y hombros. Algo que ya había visto en otras chicas: extensas cicatrices provocadas por quemaduras con agua hirviendo que parecen mal tratadas por los médicos, si es que recibieron alguna atención.
Las personas de las demás mesas (hombres de negocios kenyanos, turistas blancos, un mzungu feo y desagradable con una guapa chica local) la miraron con extrañeza o algo peor.
Njeri pidió Pilsner, una cerveza fuerte y barata de mala fama. Y abrió el menú: me entristeció verla absolutamente perdida en la lista de platos con nombres e ingredientes en italiano. "¿Aquí no hay noodles?", preguntó. Instant Ramen. Le pedí penne alla arrabiatta. Sólo se comió la pasta de las orillas, la que no tenía parmesano, porque no le gustó el sabor.
La educación de esta chica es prácticamente nula. No podía pronunciar México y quiso saber si se podía ir en autobús. "Sí conozco de lugares", afirmó. "He oído de Dinamarca, de Francia, de Asia, de Mombasa y de Tanzanía". Así: naciones, continentes y una ciudad de su propio país reunidos en una sola categoría.
"Sólo lo hago con condón", cambió de improviso. Comenté que no, que nos habíamos reunidos como amigos y nada más. Entonces habló de que vive en Langai, un suburbio muy pobre más allá de Karen, a una hora del centro, en un "compound", con lo que designa varios cuartos habitados por familias que comparten un baño-toilet a cielo abierto. Su sueño es montar ahí una tiendita de verduras y básicos. Por su habitación, paga 2,500 shillings mensuales, 30 dólares.
Tocado el tema del dinero, pasó a los negocios: "Sema! ("dime" o "habla") Si tú quieres, yo puedo pagar meses adelantados de renta, no importa, y me puedo quedar contigo dos o tres veces por semana, o más si lo deseas, no tienes por qué invitarme a sitios caros a cenar, mejor esos shillings me los das, porque necesito para montar la tiendita, pero quiero que nos veamos mucho antes de que te vayas de Kenya, sawa? (¿está bien?)"
"Njeri, somos amigos. No vamos a dormir juntos".
No entendía. Siguió armando su castillo en el aire, un frágil castillo de naipes sin cimientos, soñando que se había conseguido su mzungu, el financiador incondicional, como tienen muchas otras chicas africanas, y me preguntaba cuándo iba a regresar a verla, y si podía enviarle dinero cada mes por Western Union, y si...
Yo tenía la boca abierta. ¿De dónde sacó toda esa historia? Por insistir en que no iba a dormir con ella, fui un poco brusco y se entendió que la criticaba por cobrar por sexo. Me miró con inocencia: "Si tú me das 1000 shillings (13 dólares), yo compro comida: azúcar, arroz, pan, sal. Eso no está mal".
Pregunté por qué se había retirado en Madhouse cuando la otra chica se me aproximó. "Porque esa gente está loca, por eso le dicen Madhouse ("casa loca"; el nombre real es New Florida). Esas mujeres te pueden golpear por un mzungu. Y es estúpido, porque peleas por nada, porque ese hombre no va a ser tu esposo, es sólo un mzungu que va a dormir contigo una noche. Yo no converso con ellas, me siento sola un rato, bailo y me siento. Y soy cristiana, el domingo fui a la Iglesia Anglicana de Kenya a rezar, porque yo creo en dios y él me quiere, y tengo esperanza."
Nos quedamos callados un momento. Me sentía confuso, muy triste. Le di 1000 shillings. Ella los guardó sin verlos. Miraba el cielo oscuro. Y repitió: "Tengo esperanza. Voy a conseguir a un hombre. Y me voy a casar."