En uno de los primeros posts que escribí al llegar a Johannesburgo, hace casi cuatro meses, decía que el desconocimiento del otro era lo que nos llevaba a la desconfianza y, por estupidez, al miedo, los prejuicios, la violencia. La única solución, propuse, es conocer al otro, darnos a conocer a él, encontrar nuestros puntos de contacto y descubrir nuestra mutua humanidad. Al menos en lo relativo a mi experiencia en África, confirmo esas ideas.
Leo aquel post y apenas me reconozco. Hablaba de mis primeras visitas al centro de Jo'burg, del temor que sentía, de cómo olvidé difrutar su sabor por estarme cuidando, de que tuve que buscar apoyo en otro blanco para poder sentirme más a gusto en esa zona, de que veía a los hombres y mujeres a mi alrededor como extraños y yo mismo me sentía sumamente extraño. Hoy, en Nairobi, apodada "Nairobbery" por los asaltos, camino por el centro de la ciudad sin miedo, con los sentidos alerta, pero no más que los que siempre he usado en la Ciudad de México. Conozco varias avenidas y calles, me oriento bien.
La gente que me rodea no me parece extraña, sino familiar, y si bien sé que soy y me notan diferente, no es tanto como para sentirme ajeno, sino, acaso, especial. Y ser especial tiene ventajas y desventajas, porque la gente es curiosa y amable, pero también están los que van a tratar de sacarte algo. No importa, ya los reconozco, sé cuáles son sus trucos, estoy aprendiendo cómo deshacerme de ellos.
Como en México.
Acaso la parte más valiosa de mi experiencia kenyana es que por fin estoy entre africanos y sólo entre africanos. Se rompió el cordón umbilical que me mantuvo unido a los occidentales en todos los países donde estuve antes, vivo entre gente que proviene de otra cultura y otros componentes étnicos, y me siento entre ellos casi tan a gusto como entre mexicanos. Y digo casi porque los kenyanos, lamentablemente, no saben cantar mariachi.
Nunca he podido entender el racismo. Pienso que los racistas son personas que se debaten entre la ignorancia y la inseguridad, y que se quitan a sí mismos la oportunidad de conocer gente maravillosa. Pero, en cuanto a los africanos, mi antirracismo era una posición teórica. Como dije en aquel post, mi contacto con negros latinoamericanos no cuenta porque ellos son idénticos a mí, por lo bueno y por lo malo.
Cuando uno ha conocido africanos, cuando brotan en la mente rostros de queridos amigos africanos, cuando uno se siente de alguna forma parte de ellos, el antirracismo pierde todo sentido teórico e ideológico: se transforma en un asunto personal, en el deseo de proteger a los tuyos, en perplejidad cuando tienes que preguntar al que ha hecho un comentario racista: ¿Cómo puedes pensar así de esta persona genial, a quien ni siquiera conoces?
Pronto me iré de África. Sé que es muchísimo lo que me falta por conocer, que tendré que regresar, que hay muchas facetas que no he visto. Por lo pronto, en éste y otros aspectos, África ya me cambió.
POST DATA: Un truco de timador: el tipo te ve la cara de turista, confirma que lo eres al preguntarte si te gusta Nairobi, luego que de dónde vienes, “de México”, “¡qué bien!, voy a ir a estudiar en México el próximo año”, “mira tú qué casualidad, ¿hablas español?, ¿cómo se llama la universidad?, como que ya te ves grandecito, ¿no?”, se escurren como pueden y te hacen la pregunta clave: “¿Cómo tratan los mexicanos a los negros?” El objetivo es explotar el sentido de culpabilidad de muchos occidentales, y después, como la respuesta correcta es que muy bien, o que mal pero tú eres de los blancos buenos, el tipo te tiene en la bolsa porque te contará una historia trágica y, como tú eres buena onda, te ves obligado a demostrarlo aflojando el dinero.
Pero no funciona conmigo, bwana, y mi contraataque es: “¿Cómo tratan los kenyanos a los mexicanos?” El tipo se apresura a decir que muy bien, yo le digo que eso creo, pero que a veces hay timadores por ahí que me hacen dudarlo. El hombre pregunta cuánto tiempo llevas en Nairobi. Nunca digas que poco, sea cierto o no. Afirmo que tengo meses, o años, y entonces, aunque ya ha dicho que por coincidencia va al mismo lugar que tú, se despide y se va.