Mujeres que llegan blandiendo plátanos como espadas. Jóvenes que las repelen con naranjas como si fueran bombas. Sillas de un lado y del otro, empleadas como escudos, arietes y mazas. Las sillas y las frutas son los caracteres distintivos de la política kenyana, que si fuera arte dramático entraría sin discusión en el género de la tragicomedia.
Porque las cosas están pintando tan mal que uno se pregunta hasta dónde van a llegar, si van a acabar en muertos y heridos. Pero al mismo tiempo, hay un ingrediente de ingenuidad que le da a la obra un tono cómico muy divertido. Waireri lo explica así: desde la independencia, en 1963, hasta 2002, Kenya vivió bajo una dictadura tipo Díaz Ordaz o Echeverría, en donde se supone que hay libertades democráticas pero en los hechos te cae el chamuco si tratas de ejercerlas. Torturas, desapariciones, ejecuciones. Hasta que una coalición amplia consiguió vencer en elecciones al entonces presidente Daniel Arap Moi.
La democracia que viven los kenyanos, dice mi amigo, es como un juguete nuevo que nadie sabe bien cómo usar. El 21 de noviembre se celebrará un referendo para ver si se aprueba una nueva constitución. Y los partidarios del sí (que usan una banana como símbolo) y los del no (naranja) se disputan los espacios al viejo estilo, con la idea de que éste es mi territorio y aquí no entran los del bando contrario.
Darse una nueva constitución fue uno de los catalizadores del movimiento que echó a Moi hace tres años, en el que participaron tanto opositores como exmiembros del gobierno como Mwai Kibaki, el nuevo mandatario. La idea era que el nuevo texto legal abriera el paso a un país diferente en el que los derechos de los kenyanos estarían asegurados y el presidencialismo llegaría a su fin, con la devolución de poderes al parlamento (que elegiría un primer ministro para hacerse cargo del gobierno, como en Gran Bretaña) y las provincias.
Pero las naranjas dicen que el borrador constitucional, cuya primera versión fue preparada por las bomas o asambleas locales, fue manipulado por Kibaki a través de la compra de votos en el parlamento (el proyecto que presentaron las bomas fue modificado ahí), para conservar su poder. Un engaño, cambiar para seguir igual, se quejan.
En el fondo del problema está la inmadurez del régimen político del país. Los kenyanos no se dividen por una idea de nación ni por programas concretos, sino que las líneas que los separan son tribales: no importa si viven en una pequeña aldea o si son ciudadanos poderosos cuyas familias habitan en las grandes ciudades desde hace décadas, en su mayoría apoyan al liderazgo de su tribu, para bien o para mal.
La tribu más grande y poderosa es la kikuyu (una quinta parte de la población), que ha hecho de la constitución una causa irrenunciable. El segundo grupo más grande son los luhya, pero están desunidos y carecen de influencia. Así que tras los kikuyu, vienen los lúos. La alianza que echó a Moi fue formada por una escisión en los kikuyus y por los lúos, y en la idea de dotarse de presidente y primer ministro subyacía un pacto no escrito de reparto del poder: el primero sería kikuyu y el segundo, lúo. El borrador que será puesto a votación significa la preservación del poder kikuyu, y por eso los lúo encabezan la oposición al mismo.
Así se explican la división territorial, los sabotajes y las batallas campales a bananazos, naranjazos y sillazos. Como el diputado naranja que se metió a un mitin banana en un salón cerrado de su distrito electoral, se robó el micrófono y salió entre gritos y trancazos. Al día siguiente compareció ante la prensa y con cara de inocencia dijo que no entendía por qué estaba todo el mundo tan enojado con él, "si lo único que hice fue retirar el micro e informar que el evento estaba cancelado". Y el patrimonialismo se extiende hasta el gobierno, cómo no: un ministro anunció, sin inmutarse, que la constitución es un proyecto gubernamental y que por lo tanto harían campaña con recursos públicos.
Aquí al único que no le hacen caso es al presidente de la comisión electoral, un viejito bonachón al que le encanta salir en la tele sosteniendo una naranja en una mano y una banana en la otra, sólo le falta ponerse una venda en los ojos para verse igualito que la diosa justicia. Se la ha pasado pidiendo que se detenga la promoción de los dos bandos para sujetarse al periodo oficial de campaña, que todavía no comienza, e incluso amenazó con no organizar el proceso si el gobierno usa dinero público en favor de las bananas. Nadie lo pela, pobrecito, pero cuando hay cámaras sonríe y sonríe mientras levanta con las manitas su banana y su naranja.
La elección está reñida y algunos anticipan una derrota de las bananas. "Van a tener que hacer fraude", dice mi amiga Waringa, que es naranja a pesar de ser kikuyu. Pero no va a ser tan fácil. Entre las naranjas está el antiguo partido del gobierno (KANU, tipo PRI) con todo y el expresidente Moi, consumado alquimista electoral. Son gitanos que se leerán las manos unos a otros.
Tal vez por eso tanto a mis amigos bananas como a los naranjas les interesa tanto el hecho de que soy mexicano e insisten en que me quede a vivir y les ayude en la campaña. Está buena la fama de cantores y jinetes, pero me pregunto si también la tenemos de embarazadores de urnas y organizadores de ratones locos. ¿Creerán que seguimos haciendo tacos de votos?