Una de las cosas más fascinantes de Nairobi es su vida nocturna. La mejor de África, según dicen, y compite bien en el mundo. Yo, ave de tormentas, no soy inmune a ella. He tenido dos virgilios, Waireri y Melanie, que me han conducido por casi todo tipo de lugares del purgatorio y los primeros círculos del infierno, aunque no han aceptado descender a las cuevas del demonio (que para mayor información se encuentran en la zona de River Road, en el centro de la ciudad): no creen que podamos salir completos de ahí.
No pasó mucho tiempo antes de que me hiciera conocido en varios de esos lugares. No es difícil, dado que los kenyanos son gente hospitalaria, muy abierta, a la que le encanta recibir al forastero con sonrisas y buena onda. Siempre se acuerdan de ti. Lo hacen saber con gestos de cortesía e interés por lo que estás haciendo. Por mi parte está el hecho de que soy mexicano: les resulta interesante y divertido, o al menos raro. Creo que un aspecto importante es que se dan cuenta de que estoy integrado con la gente de aquí, no me mantengo en ambientes de extranjeros como suelen hacer los occidentales. El caso es que los camareros me reciben con la cerveza que me gusta (Tusker), la gente de seguridad me hace pasar a las zonas VIP (a donde sólo voy a saludar porque me parecen aburridas), los gerentes y dueños me llaman a sus mesas y, lo más importante, los parroquianos se acercan a platicar y a veces invitan las bebidas.
Esto tiene muchas ventajas, pero también costos: los kenyanos son bebedores de larga duración que han oído que los mexicanos le entran duro al tequila en las películas, así que siempre están interesados en averiguar quién es más rudo o aguanta más tiempo. Y uno, que no es macho pero tampoco mocho, y además es inevitablemente latino, pues enfrenta el reto con gallardía (o con lo que haya a la mano), a pesar de que las consecuencias del combate de la noche anterior persisten en el cuerpo.
Los bares y discos abundan, de todo tipo. Los hay invadidos de prostitutas mientras que a otros sólo pude entrar porque venía acompañado de algún socio. Trataré de hacer una guía para el que planee venir de visita el próximo fin de semana, o para el que quiera simplemente imaginarse aquí.
Los kenyanos se entregan a los brazos de Baco desde que empieza la tarde. En el centro de la ciudad abundan los bares con programación deportiva, como Hooter’s y Taco’s (éste y la disco Taco Bell son propiedad de un kenyano que vivió en EU, le fascinaba la comida “mexicana” del Taco Bell y al regresar usó estos nombres para designar sus antros), desde donde los primeros borrachos empiezan a hacer llamadas para convocar a los amigos o hacer citas para la noche.
En la calle Argwings Khodek, del barrio de Hurlingham, está Buffet Park, sobre el que ya escribí en alguna ocasión: un estacionamiento donde la gente se reunía para beber, se hizo famoso y le pusieron bares en los márgenes: es un estacionamiento con bar). Me gusta porque fue el primer antro verdaderamente africano al que fui, después de pasar semanas en el Outside Inn, de Karen, con predominancia de wazungu. Buffet es barato y también funciona para empezar. Es uno de los sitios preferidos de mis amigos Wambui, John, Angie y Domani.
A las 9 o 10, la gente se pasa a un bar contiguo, Tamasha (que vuelve loco a mi amigo Kigera), aunque no todos, pues los babosos de la puerta tratan de mantener cierto “nivel” social. Además, les caigo gordo (creo que por ser mzungu; soy el único que va), porque cuando llego con mis amigos, hakuna matata (no hay problema), pero cuando he quedado con alguien y vengo solo, se paran frente a mí y preguntan a dónde voy. ¿A dónde crees, tarado? Pues al bar. Me cobran 200 shillings (30 pesos), como a los no socios, y se hacen a un lado con desgano. Adentro es otra cosa: la mesera sonríe, el dj pone La Bamba y desde varias mesas me saludan e invitan a sumarme.
Lo de La Bamba es todo un caso. El primer martes que fui (noche de karaoke), Waireri pidió esa canción, me subieron a cantarla, me emocioné porque vi que la gente estaba parada aplaudiendo, improvisé un jarabe tapatío que casi me hizo caer de la tarima y en el televisor apareció una calificación para mí de 100 puntos (nunca me han sabido explicar cómo es el sistema, si califica por aplausos o qué), que aparentemente es muy raro que se consiga. Esa noche estuve en la cumbre de la popularidad. Y las cervezas de mi grupo corrieron por cuenta de la casa. (Continúa mañana.)