Cuando los Estados Unidos lanzaron las bombas nucleares sobre las ciudades japonesas de Hiroshima y Nagasaki, convencieron al mundo que era para ahorrar vidas de jóvenes norteamericanos y japoneses, de la misma manera que convencieron a los más famosos físicos que la fabricaron, puesto que el fanatismo nipón les impedía ver al pueblo del Sol Naciente que la guerra no la iban a ganar.
Lo que es muy verosímil que pasara por las mentes de los generales norteamericanos, además, era mostrar a la Unión Soviética quién tendría la supremacía en el mundo una vez terminada la Segunda Guerra y persuadir al comunismo de Stalin de no intentar expandir su sistema más allá de las fronteras que la guerra había dibujado a sangre y fuego. En efecto, con la explosión de Little Boy en Hiroshima concluyó la Segunda Guerra mundial y dio comienzo la Guerra Fría, menos espectacular que las dos anteriores pero no menos salvaje. La gran paradoja de la ciencia y los científicos en el siglo XX de las guerras fue el papel relevante que cumplieron para su desarrollo y, en el caso de la bomba nuclear, su desenlace.
En la Guerra Fría, el papel de la innovación y el desarrollo científico fue el de ariete para debilitar las murallas del enemigo; en un mundo bipolar, maniqueo, blanco y negro, donde cada enemigo presentaba al otro como el imperio del mal y ambos desarrollaron la “filosofía” de la Destrucción Asegurada Mutua. Muy poco después de la presentación en sociedad de la energía nuclear con la bola de fuego y su característico hongo, los soviéticos desarrollaron la suya. La se paranoia se asentó en la colección de signos de la segunda mitad del siglo XX.
Los militares y políticos norteamericanos no vieron, o no querían ver, que la universalidad de la ciencia estriba en que la capacidad de llegar al conocimiento está distribuida estadísticamente en la humanidad, que por más que se empeñaran en el estilo medieval de hacer de la ciencia algo oculto, el contrario daría con el know how más temprano que tarde.
Así que para cuando estalló la bomba termonuclear soviética, la paranoia hizo lo suyo en los norteamericanos, condenaron a muerte a los esposos Rosenweig acusados de espiar los secretos de la liberación de energía del átomo a los comunistas; al mismo padre de la bomba atómica, el físico Robert Oppenheimer, le denostaron, le quitaron sus prebendas y no pocos seducidos por la propaganda lo consideraron un traidor.
Hasta 1957 los políticos del Capitolio, la Casa Blanca, y los militares del Pentágono mantuvieron su paranoia relativamente estable, pero el 4 de octubre de 1957 los soviéticos la hicieron estallar a niveles enloquecedores. Los científicos y militares soviéticos lanzaron a la órbita terrestre el Sputnik, el primer satélite artificial, desde el cosmódromo de Baikonur en Kazahstan, equipado con transmisores de radiofrecuencia de 20 y 40 MHz para que todo mundo se enterarar que ahí estaba arriba emitiendo su bip bip bip. Estados Unidos deliró.
El senador Lyndon B. Johnson advirtió que "los soviéticos se posaron sobre nuestras cabezas en la conquista del espacio. “Pronto, dijo, los rojos dejarán caer sus bombas sobre nosotros desde el espacio, cual niños que dejan caer piedras desde los puentes en los periféricos”. El Sputnik en órbita geoestacionaria estaba expresando la superioridad tecnológica del comunismo y la propaganda lo multiplicaba. Así, se justificó echar todos los dólares posibles al fuego del desarrollo científico y tecnológico en la NASA, comenzó la carrera espacial en la que, si somos objetivos, los soviéticos llevaron casi siempre la delantera.
(Continuará)