Por Manolo Vergara G.
¿Por qué nos asusta lo popular? La visión caótica, corrupta, oscura, sin esperanza y realista de todos los días, para los capitalinos, nos es ajena, ante todo. Don de Dios, obra del novato Fermín Gómez, es una de esas películas que desde la línea de créditos atacamos con acérrimo odio.
En palabras del celebre Ratón Jarocho: “Los odio, con odio jarocho.” El inconsciente popular cuando se ve en pantalla, como un espejo, tiende, no es general (es una percepción ya añeja, desde el año 2000, gracia al Amores Perros), a desagradarse.
La historia corre así: El Loco, un pordiosero de Tepito, narra la vida José Luis y Jorge Ortiz, alias el Tanque; jóvenes entrones y nativos del barrio. El Tanque, por influencias de un político poderoso, logra su libertad condicional a cambio de arrebatarle el negocio a Reyes, su ex jefe, y de paso quitarle a su mejor amigo José las pocas esperanzas de futuro.
El género de acción, a la mexicana, no ha dado demasiados frutos para los espectadores. Matando Cabos, por poner un ejemplo, trata de retomar el eje de las historias policíacas y los melodramas para hacer sus versiones personales del surrealismo y las luchas como estandarte de lo excitante. En cambio Fermín Gómez, toma el otro lado del paquete, a los maleantes, cómo el eje de su trabajo, parcos a ratos y convencionales.
Es de notar que filmar una película tiene sus técnicas y sus estrategias, pero filmar dentro de unos de barrios hostiles de la capital, debe ser todo un reto para sus productores. Ya el evento es sui generis, y por ello debe “tomarse con pizcitas“ el desprecio y la ácida crítica por los “mirones” indiscretos a lo largo de todo el filme.
La música periférica de Cartel de Santa, Control Machete y Molotov ilustra el resentimiento, el rencor, la venganza y el mórbido sentido de hermandad.
La resaca melodramática hace su aparición en los datos anecdóticos culturales: los barrios, las madres lloronas y asesinato a sangre fría. Las personificaciones, no actuaciones, son absurdas ante la desgracia, el llanto y el, mal interpretado, sensacionalismo, de revista tradicional de crimen urbano.
No hay novedad en esto del cine de bajo presupuesto. Pareciera catalogarse éste tipo de obras con las siguientes características: tramas absurdas, productos bastardos del “docudrama”, producciones sindicalizadas y producciones prohibidas () y/o cine de videohome fronterizo.
El asco arremete a cada uno de nosotros para evitar en un futuro nos den ganas de regresa a pasar un rato ameno. Es irónico. No le ha pasado. Por eso el realismo en los trabajos cinematográficos tiene una clara tendencia al choque, y al odio natural de los cinéfilos. Por mi parte, sí le dejo a conciencia el tema de los derechos de autor; hay quienes lo defienden a capa y espada y hay otros que son partidarios de las copias ilegales por una cuestión de trascendencia, más allá de las fronteras de Tepito.
Imagínese. Le doy mi aprobación para conseguir el dividi clón, hágale honor al barrio bravo.
HECHO EN MÉXICO.
Aviso: Veo que el horror le gusta a lo cinéfilos de este blog, les prepararemos una entrega especial sobre Piporro, “El Loco” Valdés, El Santo y el cine de blanco y negro. Noviembre es el mes de los difuntos. ESPÉRELA. No cuesta.
Manolo Vergara G.
Por una extraña coincidencia fui a ver Bajo California: El límite del tiempo, hace unos siete años. Esto me despertó una obsesión imparable por el cine mexicano. Dos años despúes me convertí en una butaca más de la Cineteca Nacional. Por ese tiempo, en la universidad, devoré cuanta película paso en mis manos, en talleres, muestras, salas, sofás y tardes aburridas.
Soy adicto al cine. Soy mexicano. Y tengo menos de veiticinco años. Mis gustos excéntricos van del cine de ficheras de los años ochenta y noventa, a las películas prohibidas que se producen en Estados Unidos y no se exhiben en México, al cine de rancheros, a las comedias-erótico-albureras, las épicas y las de ciencia ficción, todas con algo en común, mexicanas.