Por Ángel Soto
Mauricio Mejía, buen amigo y editor del Diario Monitor, ave de tempestades y vecino del mundo literario en encarnizada y constante lucha por hacer un periodismo deportivo diferente, muy a su manera, que puede gustarnos o no, pero es de respetar, escribió en la portada de su sección Extremo, un texto en el que recordaba a la Francia campeona del mundo en 1998, una selección a la que define: "Tan poco francesa como el resto de los equipos que compitieron en el Mundial; o tan francesa como el resto, como quiera verse".
El comentario y el recuerdo de aquel campeón que maravillaba con el incansable recorrido de Deschamps, la solvencia de Blanc, la fuerza de Thuram y el ilusionismo de Zidane, llega en un momento en el que Francia, la nación gobernada por Jacques Chirac, sufre las consecuencias de no haber sabido capitalizar las enseñanzas y el momento que ese título mundial brindaba: trabajar en torno a la integración racial y étnica en aquel país.
Mejía, difícil saber si de manera intencionada o no, deja atrás el debate simplista que suele enfrentar al futbol con otros deportes o disciplinas, esto es que de una vez por todas hay que entender que estos jugadores son ante todo, deportistas, y cita con certeza la principal cualidad de aquel grupo: eran un seleccionado que más allá de representar a Francia, se erigía como una Torre de Babel.
Francia jugaba con los colores de la bandera gala. Escuchaba los acordes de una Marsellesa siempre nostálgica como emotiva, pero en los corazones de aquellos soldados del balompié, había latidos con cantos latinos, afroamericanos o argelinos.
La escuadra campeona del 98 contaba con 12 jugadores descendientes de algún mestizaje o adoptados por la patria de Napoleón.
Estelares como Zidane (cuyos padres son argelinos) Djorkaeff (su papá era armenio) o Thuram (su madre y él nacieron en las islas de Guadalupe), ven hoy como aquella oportunidad que el mismo Chirac, también citado por Mejía, catalogó tras el Mundial así: "Francia es hoy el ejemplo más claro de la buena integración de las diferencias raciales y étnicas. Francia es el mundo; el mundo es Francia", hoy es un recuerdo enterrado por el alud del fracaso.
Hoy las calles donde viven esos grupos étnicos desatendidos por el gobierno galo arden con antorchas que algún día fueron automóviles -hasta la noche del jueves habían sido incendiados, desde el 27 de octubre, más de 6 mil 600 autos- . Ciudades con autoridades que tienen luz verde para aplicar el toque de queda, jóvenes sin presente que ya perdieron la ilusión de soñar por un futuro, lidian para hacerse escuchar.
Y es en muchos de esos barrios donde los héroes galos del 98 crecieron y tuvieron el primer contacto con el balón, su místico Dios para alcanzar una vida mejor a la que muy pocos tienen acceso.
Fue Lilian Thuram, jugador francés con más convocatorias en el actual equipo, el primero que levantó un juicio al respecto de la situación en Francia: "Yo también crecí en los suburbios. Si alguien dice que habría que limpiarlos con agua a presión no sabe de qué habla", dijo en referencia a las declaraciones del aberrante y derechista ministro del Interior de su país, Nicolas Sarkozy, quien desató las iras de parte de la población francesa al asegurar que los jóvenes de los suburbios eran "escoria".
El pasado miércoles, Francia jugó un encuentro amistoso frente a Costa Rica, en La Martinica (colonia gala), mismo que fue transmitido por la televisión pública. Nicolas Anelka, Djibril Cissé y Thierry Henry, tres jugadores de raza negra, dieron el triunfo por 3-2, luego de ir abajo 2-0. Pero lo importante del hecho es que los actos violentos que se registraron en las ciudades francesas durante dos semanas disminuyeron en la noche del miércoles al jueves. Una vez más el deporte mostró su magia.
Ahora Alemania, casualmente también es la Alemania menos alemana de la historia, cuenta con tres jugadores naturalizados, uno de ellos nacido en Ghana, visita a Francia el sábado, en un encuentro amistoso.
Thuram lo señaló con claridad de amanecer: "El tema principal es la seguridad de los jóvenes, pero nadie está hablando de cuál es la mejor manera de darle trabajo a la gente. Todos hablan de inseguridad en lugar de hacerlo sobre el desempleo".
Y Mauricio Mejía escribe al respecto en su artículo del Diario Monitor: "Siete años después del 14 de julio de 1998 (histórico como el de 1789), las muchas francias salen del armario (y ponen en aprietos a la República) para poner en entredicho la política de integración de los hijos y nietos de los migrantes, que ya se han hecho de las calles con ataques coordinados".
Esta es la Francia de hoy. La nación multirracial que desaprovechó la oportunidad que el deporte, en este caso el futbol, le dio para ser un ejemplo global. Es la Francia que en estos días no presume sus aromas de Chanel, Nina Ricci o Gucci, sino por el contrario, derrama el pestilente vaho de la desigualdad en el poderoso primer mundo. ¿Ustedes qué opinan?