Nadie, pero nadie ya se salva en esta Ciudad de Dios, y es que el martes pasado fui víctima de los amantes de lo ajeno, un número más de las estadísticas de robo, de la resignación e impotencia de vivir aquí.
Así es señores, uno o varios sujetos, no sé, ni sabré jamás, rompieron la puerta de mi casa y se llevaron dinero en efectivo, mi computadora, discos, alhajas, ropa y lo que más me dolió fue mi colección de películas, toda completa, no dejaron ni una cajita.
Ayer cuando ya casi superaba el trauma un compañero de trabajo me preguntó: “Oye y también se llevaron tu película de Ciudad de Dios”. Lo que me hizo recordar el trago amargo y encabronarme de nuevo.
Pero también hizo precisamente acordarme de esa excelente película Ciudad de Dios. Un filme de la novela de Paolo Lins, que retrata el crecimiento del crimen organizado en Cidade de Deus, un suburbio violento de Río de Janeiro, Brasil, entre finales de los 70 hasta principios de los 80.
El protagonista y narrador de la película es un joven negro tímido para una vida criminal, pero con suficiente talento como artista y fotógrafo.
En la cinta vemos a través de sus ojos el desarrollo de la vida en el barrio, de las peleas, el amor, la muerte y la crudeza que significa nacer pobre.
Los personajes cuyos destinos se alejan y se cruzan con el paso del tiempo, son el espejo de la violencia y delincuencia que todos los días se apodera como la humedad en las ciudades de Latinoamérica como la nuestra.
La película dirigida por Fernando Meirelles y con codirección de Katia Lund en el año de 2002, tiene un excelente estilo visual, narrativa y agilidad del manejo entre tiempo y espacio.
Es una rabiosa y compleja cronología del nacimiento y brutal expansión del narcomenudeo y todo el sórdido mundo que rodea a las favelas (barrios) de Río de Janeiro.
Ciudad de Dios es, una historia de una potencia arrolladora, es carne viva, es una radiografía de la mafia que asola a Río de Janeiro. Una historia de rencores y envidias, de frustración y deseo, de cobardes y verdugos, de vejación y desgarro, de enfrentamiento y violencia, de dolor y muerte.
Durante la película presenta un mosaico de tribus urbanas, de distintos comportamientos que acaban cayendo en la corrupción, que tienen como común denominador las drogas como eje fundamental y pasaporte a la destrucción.
Una película que si la encuentran en algún tianguis de la ciudad cómprenla, quizás sea la mía, vale la pena verla.
Por último, quiero dedicarle este post a todas mis cintas que por horas, días y noches, me hicieron soñar, llorar, reír, enojarme y enamorarme. Ahora lo único que me queda es tener la esperanza de quien las tenga también pueda sentir todo lo que yo sentí con ellas, pero sobre todo ojalá también se las roben para que sigan moviendo fibras y corazones por toda la Ciudad de Dios.
(Óscar Cedillo / El Conejo)