Por Ángel Soto M.
Un día, Shimon Peres (Bielorrusia, 1923) perdió la mirada en el horizonte y esbozó una sonrisa. En su cabeza, de donde surgen inagotables ideas, pero nunca suficientes, dice, para lograr la paz entre Israel y Palestina, un balón de futbol había rodado.
Varias veces en estos espacios de El Once Ideal, he leído comentarios acerca de que el futbol es una disciplina enajenante que conlleva a la violencia y que ocupa demasiado espacio en los medios de información y con ello se deja de lado a otros deportes que merecen mayor difusión; sin embargo, más allá de nuestras aficiones, el balompié tiene una fuerza social muchas veces menospreciada.
Ganador del premio Nobel de la Paz en 1994, compartido con el desaparecido líder palestino Yasser Arafat (El Cairo, 1929) y el también muerto ex primer ministro israelí Yitzhak Rabin (Jerusalén, 1922), Peres contempló la idea de utilizar la fuerza social del deporte para dar un empujón en favor de la ansiada amnistía en el Medio Oriente.
Así, Peres, evidentemente aficionado, pensó que el balompié podría derrumbar los muros construidos con el ladrillo de la barbarie y el cemento de la sangre que se ha derramado desde 1948 y que solamente desde que inició la intifada de Al Aqsa en septiembre de 2000, ha cobrado la vida de 790 niños. El costo total de vidas perdidas por este caldo de odio es de millones de seres humanos.
Peres invirtió parte del dinero obtenido tras ganar el Premio Nobel, en buscar la integración de los niños y, por qué no, sus padres, sus hermanos mayores o sus tíos, alrededor de un balón.
De tal forma, hoy en Jerusalén hay varios campos de futbol donde pequeños israelíes y palestinos juegan juntos, en el mismo equipo y comparten sonrisas, disgustos, abrazos y sobre todo, felicidad.
Es como vivir en un sueño el observar a los niños israelíes memorizar y practicar algunas palabras en palestino o a los pequeños palestinos entonar un hebreo precoz a fin de hacerse entender con sus compañeros de equipo.
Son niños que entran y salen abrazados al campo. Que se cuidan unos a otros y que portan, tal vez sin saberlo, el gen de la paz.
Así las cosas, ayer en Barcelona se presentó el evento llamado Match for Peace (Partido por la Paz), un encuentro que enfrentará al Barcelona de España, donde juega el capitán del Tricolor Rafael Márquez, ante una selección conformada por jugadores de Israel y Palestina.
El encuentro, mejor dicho, el gran evento, cuyo bello slogan menciona que "por primera vez en la historia israelíes y palestinos se defenderán unos a otros", mientras en la imagen del spot televisivo se ve a miembros del Equipo de la Paz que forman una barrera antes de que un futbolista del Barça cobre una falta de tiro libre, se efectuará el próximo 29 de noviembre en el Camp Nou, casa del club catalán.
La organización del cotejo corre a cargo de la Fundación Ernest Lluch, que cada año honra al mejor exponente del espíritu del deporte en favor de la paz, y los fondos recaudados por la taquilla y demás ganancias obtenidas serán destinadas a edificar de nuevo las bases del futuro de los niños de Israel y Palestina.
Evidentemente este evento no cortará de tajo el odio mutuo entre algunos líderes de estos pueblos. Tampoco terminará con el conflicto, pero al menos es un nuevo empujón, una vitamina más en busca de la PAZ y el fin de la barbarie. Todo con el simple rodar de un balón.