Primer día en el subcontinente, la tierra de todos los dioses. Estaba bien prevenido. Sabía que India es un país (todo un mundo) que incendia las entrañas del más templado, por lo bueno y por lo malo. Pero no es lo mismo esperar el golpe que recibirlo: de todos modos te sacude, te saca el aire, te tira al suelo.
Es de noche y estoy mucho más tranquilo, a pesar del cansancio del mal dormir del avión y de un día agotador por lo físico y lo emocional. En 17 horas he tenido un adelanto intensivo de lo que me espera en los próximos meses. Lo siguiente va a manera de anotaciones preliminares que seguramente serán corregidas conforme me adapte mejor al país. Por lo pronto, lo tengo todo a flor de piel.
Lo primero, el desorden del aeropuerto de Mumbai (antes Bombay). Como ocurre en los de África, la sala de espera de llegadas está en la calle: uno pasa la aduana y cree que entrará en otro vestíbulo cuando de pronto siente el golpe de calor de 25 grados y una alta humedad a las cinco de la mañana. Y la gente, la gente que abunda en todas partes; el único cajero automático que funciona mal y el chico que sabe cómo sacarle tu plata (y sacártela a ti después, por el favor); la fila inmensa para prepagar los taxis y los indios que disfrutan las filas porque se las pueden saltar; el boleto para el conductor y la cola para subirte, pero ¡no hay fila!, en tu talón figura un número de placas que tú no sabes que es un número de placas que sirve para que busques el taxi que las tiene; el policía que se sabe el truco y por módica propina te pasea por el estacionamiento con tus dos pesadas mochilas tratando de localizar el mentado coche; la niña de la calle bonita y súper pobre que te muele el corazón al suplicarte una moneda; y el taxista que no, claro que no, no puede subirte y llevarte por fin, todavía tiene que ir con tu boleto a hacer una fila para que ahí mismo le den el dinero que tú acabas de pagar en otra ventanilla y otra fila.
Mi plan original era dirigirme de inmediato a Goa y regresar en dos semanas a Mumbai. Pero Sonal Panse, una chica que conocí a través de una página de internet para viajeros, se marcha la próxima semana al norte y la única oportunidad de verla era ahora. Ella no lo sabía, pero decidí aceptar su oferta de alojamiento en casa de su familia. Del aeropuerto a una parada de autobuses, y de ahí a Nasik, a 180 kilómetros y cinco horas de camino.
Doloroso. Chocante. Adrenalínico. Angustioso. Terrible. En Mumbai y todo el camino, la miseria, cientos de kilómetros de viviendas (si se las puede llamar así) de láminas y plásticos, miles de personas que duermen en la calle, una ignorancia absoluta de la disposición de desechos humanos como un acto privado (en losjardines, en los canalillos, de frente en la carretera: los hombres y alguna mujer se bajan los pantalones o prenda similar, se colocan en cuclillas con las piernas abiertas, muestran todo --todo-- al que por morbo, sorpresa o descuido esté volteando, y dejan salir lo que tiene que salir), gente esquelética sin un brazo, con las piernas torcidas, con enormes jorobas, con la piel devorada por la lepra. Hace apenas dos semanas, ocurrió la última de una serie de terribles inundaciones que asolaron el área durante la época de monzones, equivalente a la temporada de huracanes en el Caribe. ¿Cómo sobrevivió esta gente? No importa a nadie. Cuando se vive entre estas enormes muchedumbres, no estremecen unos cuantos miles menos. (Aunque el tsunami sí que parece haber sido conmocionante para la nación entera.)
Son muchas las cosas que me dejaron desconsolado. Junto a la miseria, sólo mencionaré la otra más importante: la forma de conducir.
No he visto nada así en mi vida. Ya antes dije que El Cairo era peor que el DF. Pues se queda muy chiquito al lado de Mumbai. También se empequeñecen Palermo, Johannesburgo, Estambul, Nairobi... Mumbai es impresionante, todos aquí, los taxistas, los conductores, los motociclistas, los autorickshaws (mototaxis de tres ruedas), los autobuses y los peatones tienen la misma categoría y se mueven por cualquier sitio, en el sentido correcto, en el contrario y hasta horizontal. Unos se avientan contra otros, nadie se fija en lo que hace el coche siguiente porque entra el miedo y disminuye la capacidad de reacción, y de lo que se trata es de aventarse al golpe.
En el viaje en autobús a Nasik, un rebase loco, un camión en contra, un cerrón y un suspiro, ¡casi nos damos! Pero ese casi nos damos se repitió una y otra vez, es constante, golpes de volante, frenazos, acelerones, quiebres, casi, casi, casi, casi, y las bocinas interminables, el claxon nunca se calla, los baches duros... Es mucho más de lo que puedo describir. Y casi más que lo que mis esfuerzos por serenarme pueden resistir.
Entonces vino la parte buena. En una parada en el camino hallé un teléfono y busqué a Sonal. Como sabía que era abusivo decirle "abre las puertas de tu casa porque al ratito estoy allá", planteé que nos viéramos para tomar café después de que me instalara en un hotel. Pero no quiso y repitió su oferta.
Su padre está trabajando en una ciudad del norte. Su mamá, Suhasini, y su hermana, Kadambini (Bini), me recibieron con mucha amabilidad y atención. La mamá cocina muy rico, por cierto. Tuve suerte porque mi visita coincide con un festival en honor de la diosa Kali, al que me llevaron por la noche. De nuevo, las muchedumbres. Que están encantadoramente adornadas por los colores de los saris y otros vestidos indios para mujer. Y los olores y ambientes indios.
La cola para entrar al templo era larga. Me quitaron los zapatos, me metieron a la fila de hombres, llegué al altar tras 20 minutos. Como no sabía qué hacer, me aparté a un lado para mirar: a un par de metros de la efigie de la diosa, dos bases metálicas pedoformes representaban las huellas de sus pies, a los que besaban tras entregar una sencilla ofrenda... ¡que acabó en mis manos! Uno de los chicos que manejaban el asunto se me acercó para entregarme un coco partido por la mitad que un peregrino había depositado. Con una sonrisa, pregunté qué tenía que hacer con él. El chico me miró, se fue y regresó con una tirita de flores para mí, otra ofrenda de los peregrinos. Salí apresurado, antes de que me dieran una jarra de frutas o una piña para ponerme en la cabeza.
Ese recorrido por la fiesta me llenó la cabeza de imágenes nuevas y muy ricas. Las miseria, la locura de los conductores, la cálida recepción de la familia, la intensidad de la celebración hindú... En unas pocas horas.
India no es un lugar para espíritus débiles o delicados. Yo mismo, que he estado en sitios raros, me siento invadido de pronto por las ganas de salir corriendo. Pero puedo hacer algo mucho mejor que eso y quedarme, a reportar lo terrible y a envolverme en lo maravilloso.