Alrededor de las dos de la tarde del viernes 25 de noviembre salgo de mi casa rumbo a la de un amigo con quien había quedado de comer. Media hora después recibo una llamada del joven que pacientemente me esperaba en un departamento de la colonia Roma para preguntarme si tardaría mucho, pues moría de hambre. "No, ya estoy por Álvaro Obregón", contesté mientras me asomaba por las ventanas del Metrobús.
A partir de ese momento las calles comenzaron a cambiar. La gente que normalmente camina sin mirar a ningún lado y con gran prisa se detenía a mirar al cielo. ¿Qué era lo que pasaba? Quería bajar del transporte y descubrir qué causaba tanto interés. Aún me faltaban dos estaciones y conforme avanzaba había más y más gente detenida en las aceras, todos mirando hacia un mismo lugar.
Por fin, llegamos a Chilpancingo. Bajo casi corriendo del Metrobús, mi curiosidad era ya insoportable. Salgo del pasaje e inmediatamente volteo al cielo. Increíble, en verdad no podía creer lo que veía: al menos 30 puntos blancos que se movían sin sentido en el cielo. Nunca he creído en esas cosas, en realidad más que no creer es un tema que no había atraído mi interés. Hablar de ovnis y extraterrestres me parecía aburrido, pero ¿qué eran esos puntos?
Por las calles se escuchaban todo tipo de comentarios. "¡Mira cuántos son, ya estamos completamente invadidos!". "Ya están desapareciendo, hace rato había más de 50". "¿Cómo pueden creer esas cosas, esos no son ovnis?". Aún en la entrada del edificio donde vive mi amigo una señora con su hijo comentaban el acontecimiento mientras abría la puerta.
-Ni subas, vamos por cigarros- me dice él en las escaleras
-Me parece muy bien, estaba a punto de decirte que saliéramos porque hay ovnis en el cielo
-¿Qué?
-Sí, mira, ve para allá- digo mientras señalo el lugar exacto de los puntos blancos
Una deliciosa arrachera y una cerveza fueron acompañadas por una plática sobrenatural en la que analizábamos las posibilidades... hoy leo que todo fue una estrategia publicitaria y no puedo evitar sorprenderme más.
Si es cierto que fue publicidad para el lanzamiento en DVD de La guerra de los mundos (Spielberg, 2005), me quito el sombrero y rindo una ovación a quienes lograron este fenómeno.
Aunque ahora la gente no trató de huir aterrada, como lo hicieran en 1938 con la versión radiofónica que Orson Welles realizó de esta misma historia, sí lograron sorprender a cientos de personas... y sí, me cuento entre ellos.
(Vanesa G. Toca)