Mi segunda embarrada de India volvió a ser intensa. Sonal y Bini me subieron a un autorickshaw (moto-taxi de tres ruedas) que me llevó a Ramkund, un importante ghat (sitio de baño religioso) sobre el Godavari, uno de los ríos más sagrados del Decán (o Deccan: el sur). Otro golpe de color y riqueza cultural.
Es una zona llena de templos y gente que viene desde muy lejos a cumplir con deberes divinos. Viejos ascetas de barba blanca, jóvenes con sólo un pequeño rabo de pelo en el cráneo que hacen yoga, mujeres que se secan cubriéndose con brillantes saris, otras que lavan la ropa en el espectacular y agresivo (para la ropa) estilo indio, muchos niños semidesnudos o de plano en cueros que se la pasan bomba jugando y tirándose clavados desde los puentes...
En uno de los pequeños templos, dedicado a la diosa Kali, se celebraba una ceremonia. Me acerqué con toda discreción para no molestar. Los hombres me metieron en su círculo, me indicaron tal o cual cosa que suponían que era importante fotografiar, me mostraron lo que tenía que hacer y decir al final del evento (cuando las mujeres esperan en su sitio mientras los hombres en fila, con las palmas unidas en posición de rezo pero apuntando al piso, pasan agachándose frente a todas ellas musitando una palabra que significa "nadie es más que nadie") y me llenaron las manos de arroz para terminar. Yo ya no quería, pero no había acabado de comerlo cuando la cuchara volvía a caer sobre mí con más. Aunque me alejé un poco, una mujer vio que ya había dado cuenta del alimento, ¡por fin!, y piadosamente se acercó a darme el suyo... ¡gracias, señora, pero créame que no...! Nada, te lo comes. Y después me dieron un coco.
En dos momentos diferentes, unas personas se acercaron a mí para hablar de religión en un inglés rudimentario. Otras experiencias en los mundos musulmán y cristiano han sido distintas: a veces, una persona te desprecia por no compartir su religión, que siempre es la única verdadera, y tú vives en el error; otras veces, la persona es muy piadosa y trata de explicarte el problema, estás mal y yo estoy bien, la mía es la buena, ¿por qué?, pues porque sí, y si hubieras nacido en una familia de otra religión, ¿no dirías también que ésa otra es la buena?, no mira, yo soy muy santo y te abro las puertas para que aceptes mi verdad...
Pues no fue ése el caso. Los dos hindúes sólo querían saber la religión de mi país y explicarme que, bueno, la suya es diferente. ¡Nada más! Y congratularme por mi visita a India. Uno lo expresó de manera muy simpática: Mira, los cristianos tienen un solo dios; los musulmanes tienen un solo dios; y nosotros tenemos, bueno, pues, ¡muchos dioses!
¡Ja! ¡Pues si nomás tienen 300 millones de dioses! (es un cálculo aproximado --¡en serio!) Es impresionante la capacidad de divinificación que tiene el hinduismo. Cuando empezaron a llegar los misioneros cristianos, las personas aceptaron fácilmente la divinidad de Jesús. Imagino la satisfacción de aquellos hombres con crucifijos al ver que los nativos adoraban a Cristo como dios... ¡y su decepción al darse cuenta de que lo aceptaban como a uno más de los 300 millones! ¿Tienes un dios? ¡Tráetelo pa'cá, chato!, no faltaba más, ¡aquí le hacemos su huequito! Peor aún: algunos brahmanes dijeron que Jesús fue una reencarnación del dios Vishnú (todo un honor, pues es uno de los principales; el Buda sería su novena reencarnación, algo que no gusta nada a los budistas, y por ahí trataron de hacerle lo mismo a Gandhi, pero el Mahatma no se dejó).
Es compleja esta actitud de convertir todo en dios. Pero empecé a entenderla un poco cuando descubrí sus similitudes con la religión predominante en América Latina. En épocas de expansión, cualquier mito o divinidad pagana local era convertida en santo, santa o virgen, para facilitar la conversión (esta política fue uno de los motivos que causaron el rompimiento con los protestantes). Un ejemplo mexicano es la diosa Tonantzin, transformada en Guadalupe. Los papas Juan XXIII y Paulo VI, tras el Concilio Vaticano II, se esforzaron por limpiar el santoral de personas de cuya existencia no había prueba y muchos santos quedaron descontinuados. Pero Juan Pablo II pertenecía a una corriente adversa, de manera que cuando le tocó el turno trató de reparar el daño echando a andar la maquinita de hacer santos. En cinco años, por ejemplo, México pasó de tener uno a casi 30.
¿Por qué creo que hay una similitud, si no es lo mismo hacer santos que dioses? Cambia el nombre, pero el principio es semejante: para el hinduismo, sus 300 millones de dioses no son más que la expresión de Brahmán, El Uno, el eterno que es fuente de toda existencia. Y para el catolicismo pasa algo similar: los santos son expresiones del dios único, instrumentos divinos en el mundo material.
No sé cómo ocurre, pero aquí alguien dice que una piedra es divina y se convierte en objeto de culto. En América Latina, alguien cree ver la forma de la Virgen en el tronco de un árbol o en el piso del metro Hidalgo (o se le ocurre que el agua de una fuente cualquiera es sagrada) y es el no va más, peregrinaciones, tumultos, fervor enfebrecido. Sé que para muchas gente que cree de buena fe que la católica es la única religión verdadera, cualquier comparación con otras creencias es impropia (aunque otras personas, más perspicaces, se sentirán satisfechas al saber que el hinduismo, la religión politeísta moderna por excelencia, tiene después de todo un principio monoteísta). Pero para mí, y tal vez para otros, este ejercicio ayuda a comprender esta actitud divinificadora (como panificadora) de los hindúes, que hornean dioses como bollos. Me parece rara y desconocida, pero en realidad es algo que he venido viendo desde niño en mi país. Así que a fin de cuentas, no somos tan diferentes.