En octubre de 2003 ya era evidente que la estrategia del gobierno de GW Bush en Irak estaba fracasando. Como editor internacional de la revista Cambio (era la época de Gabriel García Márquez, mucho antes de que lo compraran afines de Arturo Montiel para convertirlo en panfleto), comparé Irak con Vietnam. Eso fue criticado entonces y ahora es lugar común. Esta vez me toca decir en qué aspecto Irak NO es Vietnam.
Las similitudes son obvias: EU fue a meterse en donde no lo llamaban, subestima a un enemigo al que confiaba en aplastar fácilmente con su superioridad militar y tecnológica, y se encontró atrapado en un pantano sangriento del que no sabe cómo salir. Las voces en el Congreso que exigen la pronta retirada y la caída en el apoyo popular son, con poco más de 2,000 estadounidenses muertos, similares a las que hubo en los 60 cuando las bajas eran más de 20,000. Las encuestas indican que sólo un tercio de los ciudadanos de EU cree que la aventura de Bush terminará con éxito.
Las diferencias, muy importantes, tampoco son difíciles de apreciar: primero que nada, porque la guerrilla vietnamita atacaba objetivos militares, no ponía bombas para matar por cientos a sus pobres e indefensos compatriotas; las matanzas indiscriminadas de civiles, en cambio, corrían por cuenta de las tropas de EU, que ejecutaban inocentes, perseguían niños (recuérdese la estremecedora foto de los tres pequeños que corren llorando desnudos huyendo de los marines que tiene detrás y que quemaron sus aldeas), arrasaban selva, animales y gente con napalm (ahora sabemos que EU usó fósforo blanco en 2004, al sitiar Faluya; ambos productos son armas químicas terribles y prohibidas; una de las falsas acusaciones contra Irak fue, precisamente, que poseía armas químicas) y bombardearon ciudades.
Otro aspecto es que en Vietnam no había un conflicto étnico-religioso que amenazara con una sangrienta guerra civil y la división del país tras la retirada de EU. Por lo contrario, los vietnamitas luchaban por reunificar su nación. El régimen del sur era una dictadura espuria sin apoyo popular que se derrumbó fácilmente cuando se fueron las tropas extranjeras.
La de Vietnam fue una guerra clave en una disputa entre EU y la Unión Soviética por la hegemonía regional. Sus repercusiones internacionales estaban enmarcadas en el tablero de las superpotencias y por lo tanto administradas por las mismas. No es el caso de Irak, que está en camino de consolidarse como plataforma descontrolada para el terrorismo global, una amenaza para todos.
En suma, si en el caso de Vietnam era deseable la derrota de EU, en la medida en que se trataba de la lucha legítima de un pueblo, en que era dable esperar como resultado el surgimiento de un país unificado y estable, y en que no representaría una amenaza global, en Irak ocurre exactamente lo contrario.
La comparación de Irak con Vietnam nos sirve sólo para ilustrar la monumental equivocación de Bush y sus halcones, no para suponer que el mismo resultado es igualmente deseable.
En su edición del jueves pasado, la revista The Economist plantea que la pregunta en EU no es si tiene que irse de Irak, sino cómo. Así como el mundo se opuso a la invasión, ahora tiene que exigir que Washington repare lo que rompió: no se pueden salir corriendo y decir, ay, perdón. En lo que no hay acuerdo es en qué se puede hacer.
Bush está empeñado en evitar la división del país. Sería lo mejor si se pudiera asegurar un régimen equilibrado y la desaparición del terrorismo. Pero ya también empieza a parecer difícil mantener esa unidad a mediano plazo. Si desaparece, en principio Turquía va a pagar caro su apoyo incondicional a Bush, porque tiene 10 millones de kurdos descontentos y justo en su frontera verá aparecer un nuevo Estado kurdo. Pero éste puede ser el menor de los problemas, si los partidos kurdos iraquíes siguen limando asperezas y la diplomacia genera garantías para los turcos.
Un Estado chií separado tendería a alinearse con Irán, pero esto tampoco tiene que ser una tragedia: pese a la imagen creada por la propaganda de EU y por los exabruptos de sus líderes, los ayatolas son bastante razonables en comparación con sus vecinos --afganos, paquistaníes, sirios, israelíes, iraquíes, azeríes, armenios-- y nunca han atacado a otro país directamente. Lo suyo es ladrar más que morder.
El problema son y seguirán siendo los suníes, en sus tres sabores: sadamistas que no renuncian a dominar Irak entero; extremistas religiosos que quieren imponer el califato global; grupos de personas alienadas por las barbaridades cometidas por los invasores. Ahí está lo difícil: convencerlos de que no tienen más alternativa que dejar a kurdos y chiíes en paz; conseguir que estos dos últimos accedan a compartir las riquezas petroleras que hay en sus zonas, y a las que los suníes no van a renunciar; implementar enormes programas de reconstrucción y compensación de los daños causados por la invasión; promover y fortalecer una coalición de ex-sadamistas laicos e islamistas moderados que se haga cargo del gobierno; aislar de esta forma a los terroristas; y conjurar así la aportación de Irak a la amenaza global.
Debo ser honesto y admitir que en mi cena de ayer con Bush y Condi (Cheney nunca viene, no me habla), se me olvidó iluminarlos con mi súper-análisis del escenario de una escisión, por lo que seguirán vagando en la oscuridad. Lo que trato de hacer con estas ideas es llamar la atención sobre la urgencia de pasar de los reproches (ya, ya sabemos de sobra quién engañó y además se equivocó monumentalmente; ¿ahora qué?) a la generación de propuestas, esto se pudre más rápido cada día. Se tiene que discutir el futuro. Es un paso adelante que espero que los que toman decisiones puedan dar también.