En el asiento que está frente a mí hay dos mujeres muy guapas que platican con mucho ánimo. Unas es de tez blanca y la otra muy morena. Sus saris son hermosos. Cuando una habla, la otra la mira atentamente con una sonrisa amplia y ojos brillantes. Y mueve la cabeza constantemente: la coronilla hacia un lado, la barbilla para el otro.
En Occidente, para comunicar un "no", mantenemos la cabeza recta mientras llevamos la nariz de izquierda a derecha y de regreso. Pero en este gesto indio se sacude todo.
Es muy simpático, aunque confunde, incluso cuando ya lo empiezas a conocer. En dos ocasiones, en mi primer día en el país, pedí información o un pequeño favor y las personas movían la cabeza, lo que yo intepretaba como una negativa, y me sorprendía al ver que hacían lo que yo solicité. ¿Qué pasó? Me puse a observar a la gente y comprendí que de esa forma expresan asentimiento, desde un "sí" hasta un "te escucho", pasando por el "estoy de acuerdo" o el "como sea, no importa". También sirve para mostrar entusiasmo y para enfatizar lo que se está diciendo.
Consulté a Sonal y Bini al respecto. Moví la cabeza para darles ejemplo de lo que hablaba. Pero es algo tan natural que ellas mismas no se dan cuenta de que lo hacen: "No, Témoris, eso es normal. Seguro que viste a alguna gente con problemas del cuello", dijo Sonal. "¿Verdad, Bini?"
Y las dos movieron la cabeza.
Ayer sábado me llevaron al pueblo de Trimbak, otro sitio sagrado (bueno, esto es India) donde nace un río sagrado de una montaña sagrada en la que hay varios templos sagr... (bueno, eso) excavados en la roca. Subimos por unas escaleras largas. Los brahmanes me colocaron tintura roja y amarilla en la frente, tras lo cual deposité una limosna. En otro recinto religioso, muy pequeño, hice lo que los demás, me incliné donde todos ellos y deposité otra limosna. Lo mismo, excepto una cosa: junto al último altar, donde se tiene que andar en cuclillas porque el techo está muy bajo, había un chico de unos 20 años en papel de sacerdote. La gente le besaba los pies. Hasta ahí no llegaban mis ganas de hacer lo que viere a donde fuere.
Poco antes, en un antiguo palacete en el pueblo donde hay una piscina de aguas sagradas, un gordo en camiseta blanca guardaba la efigie dorada de un dios, frente a la cual había una mantilla roja sobre la que no había colocado imágenes ni estampas, sino billetes, en una abierta insinuación de que las monedas no eran lo que más agradaría al dios. A cambio de tu contribución, te ponía polvos rojos en la frente. También vi lo que Sonal describió como "hombres santos", dos jóvenes barbados con un pequeño bastón que sacudían frente a cada comercio mientras decían algunas palabras: lo estaban bendiciendo. A cambio de una propina, cómo no.
No faltará quien señale, tal vez con razón, que pienso como occidental y por eso no entiendo que a un mozalbete vestido de blanco hay que besarle los pies como si fuera el mismísimo Krsna, que la demanda de dinero sea tan obvia y que --sospecho-- hasta yo mismo podría disfrazarme de "hombre santo" y viajar por India sacudiendo mi bastón en los comercios. El problema es que estas cosas que no entiendo aquí, tampoco las entiendo en Occidente, donde pasa ahora y ha sucedido siempre.
¿O no se lleva a la gente a honrar a seres humanos con tantos vicios y virtudes como cualquiera? ¿O no se hace de la religión un negocio mal disimulado? ¿O no abundan los charlatanes que aprovechan la desesperación de las personas para sacarles el dinero?
Por si fuera poco, en Trimbak había otra banda de sinvergüenzas: los monos de la montaña. En África me tocó ver micos ladrones, pero los de Trimbak son los más atrevidos y descarados. Uno de ellos se le plantó enfrente a Sonal, se le acercó poco a poco y casi se le sube para tratar de arrancarle la bolsa. Verdá de dio.
Por la noche, las chicas y su mamá, Suhasini, me llevaron de parranda. Me lo habían prometido el viernes: "Esta noche vamos a salir", dijo Sonal. Y yo me alegré: "Brasiiiil, la la la la", bailaba por el jardín que ha levantado mi amiga. Llegó de visita Shikrant Sohoni, un ingeniero civil retirado que comparte con Sonal la afición por las plantas. Tuvimos una larga y bonita conversación sobre la India moderna. Se fue a las nueve y yo dije "¡Eh, eh, eh, eh! Ahora sí nos vamos de reven, Brasiiiiil". Nueve y media, y nada. "Sonal, ¿a qué hora nos vamos?" "What? No, ya es muy tarde. Mañana salimos". ¿Qué qué qué? ¿Pues a qué hora cierran los antros?
Llegó el sábado, fuimos a Trimbak, regresamos a casa y al atardecer las muchachas se pusieron muy guapas con unos bonitos vestidos punjabis. Y yo no me la acababa: "¡Eh, eh, eh, eh! Ahora sí nos vamos de reven, Brasiiiiil". Entonces salió la mami, también muy engalanada, con un sari súper bonito.
A las siete y media nos sentamos en un restaurant. Diez minutos después nos habían servido nuestros thalis: unos platos metálicos extendidos, sobre los que se colocan siete cuenquitos también metálicos. En ellos y sobre la superficie de los platos grandes, colocaron diversos preparados, unos dulces, otros amargos, algunos picantes. Más diversas variantes de lo que en México se conoce como tortilla: chapatis, rotis, naan y bakri. Unos de trigo, otros de maíz y los demás de granos cuyo nombre sólo conocen en hindi.
Mis anfitrionas, que durante esos cuatro días me mimaron y apapacharon, se divirtieron un rato enseñándome a comer con las manos, a mezclar la comida y a usar las tortillas. Fue muy agradable. Y a las nueve estábamos en casa. Bye bye Brasil.
Esta mañana, a la mami casi se le salen las lágrimas cuando me iba. Las chicas me llevaron hasta la estación y se aseguraron de que me subiera al tren y carro correctos (no fuera a ser que me quedara). Nunca me había despedido de una india, así que traté de ser muy respetuoso y a Bini apenas le di la mano. Pero a Sonal no le van esas ceremonias, me dio un tirón, me abrazó y me dio un buen beso en la mejilla.
Y aquí voy, mirando a estas simpáticas señoras conversar encantadas. Camino a Goa, ahora sí. Pero con escala de 11 horas en Mumbai, la ciudad del caos. So ist das leben.