Ángel Soto M.
Hace un par de semanas leí que desde el año 2001 hasta estos días se han secuenciado los genomas de mil 500 especies. Se ha logrado armar el rompecabezas biológico de un grano de arroz, del perro, hasta llegar al ser humano y falta poco para completar el de una vaca.
Todas estas investigaciones nos han demostrado que hay muchos menos genes de lo esperado, lo cual -de inmediato- nos hace preguntarnos ¿cómo es posible que un humano tenga casi los mismos genes que un gusano?
Miles de científicos en todo el mundo trabajan diariamente en investigar y descifrar las estructuras del ADN. Para ello se gastan millones de dólares al año, con la esperanza de que algún día el hombre conozca el esqueleto genético de todo ser vivo que nos rodea.
Sin embargo, lo que los investigadores jamás podrán descifrar es el hecho de que en el futbol mexicano un equipo se transforme de una puesta de sol al nacimiento de un nuevo día, como recientemente sucedió con los Pumas.
La noche del miércoles -en una tertulia- varios seguidores de los universitarios aseguraban que su afición es "la más exigente de México". Sustentaban su afirmación en que el nivel de compromiso que se adquiere al ser puma no cualquiera lo logra superar, "porque ahí tienen que dar más del 100 por ciento", decían.
Eufóricos por haber presenciado la goleada de 4-0 de su equipo al argentino Vélez Sarsfield, enarbolaban la figura del gran cazador Bruno Marioni, "un jugadorazo que recuperó su nivel y con él seremos campeones", afirmaban.
¿Y la exigencia? Marioni, casualmente recuperó su nivel de juego justo después de que Hugo Sánchez, máximo ídolo en la historia del club puma, salió del equipo por el lugar más inmerecido y bajo lluvia de papeles, botellas plásticas y escupitajos. ¿Cómo explicar este súbito milagro futbolístico ocurrido con el delantero argentino?
Si la afición de los Pumas, una de las mejores del país y sin duda la más original del balompié mexicano, fuera tan exigente, debería pedirle cuentas a un futbolista que por su enemistad con Sánchez dejó de rendir lo que su potencial y cualidades le obligan a hacerlo como profesional.
Hoy Marioni es el héroe de unos Pumas que buscan salvar su año mediocre con un torneo de segundo nivel al que algunos medios intentan equiparar con una Copa Libertadores, pero nada más alejado de la realidad.
No es cosa de aficiones, sí de datos y objetividades. Los Pumas para llegar a la final que con todos los merecimientos han alcanzado, sólo han disputado seis partidos, nada qué ver con los 22 jugados por el Cruz Azul (12 de Libertadores y 10 para calificar a la misma), cuando fue subcampeón en 2001.
Marioni no rindió ante Hugo Sánchez, pero sí declara que el vestuario está tan unido como antaño y que han recobrado la mística y filosofía que los hizo bicampeones, con Hugo como técnico el año pasado, y a quien Joaquín Beltrán, capitán del equipo, dedicó ayer el pase a la final.
Así las cosas, mientras los científicos del mundo intentan armar el rompecabezas genético y quizá haya más de un loco que en su afán de crear vida engendre hombres-mosca o cualquier otra criatura apocalíptica, en el futbol nacional habrá que esperar que alguien nos explique cómo las piezas clave de un equipo mutan, en medio del júbilo general, de la mediocridad a la fantasía en 72 horas.