Qué decir cuando no queda más remedio que continuar habitando una ciudad donde sobrevuela por su cielo contaminado el asqueroso olor a carne humana podrida. Echada a perder por la visceralidad del odio. Maldito amanecer sin sabor.
El día huele a mañanas infinitas esperando a que suene una voz por el teléfono y me salve del naufragio de mi mente que se enreda en solipsismos. Sí. Un hilo de voz suave, femenino, distante, dulce como los sueños que uno recuerda al despertar pero que cuando se intenta reconstruir ya se han ido. ¿Les ha pasado?, Sí. Ya sé.
Esta mañana es así. Insípida. No quiero salir y tropezarme con un tsunami de miradas filosas por el desamor y la soledad. Miradas huecas donde el alma se secó. Alienados, mutantes y robots desbaratados por la niebla de la traición.
"Así es la vida. Bienvenido", es el nombre de la calle que recorro despacio. No me espera nada más allá de estas letras que ensayo una y otra vez sobre el teclado de la computadora. ¿O es que como decía Rimbaud: la vida no está aquí, está en otra parte?, ¿en qué lugar?
Fergus, mi alter ego, camina por las calles del oriente de la ciudad que recién vuelve a ocupar. Aquí, el calor del sol es diferente: sabe a infortunio, desesperanza, intolerante verdad verdadera de que la maldita y estúpida idea de que no saldrás jamás de un corralón mental ajustado para los que no tienen cabida en un mundo regido por las posiciones económicas.
Camina cabizbajo. Intentando levantar el mentón. Sus zapatos están rotos por la suela, sus calcetines son los mismos de la semana pasada, del mes pasado, parecen ser las mismas vitalicias fundas para los pies que cuidan que sus pasos no corran apresurados hacía el abismo. "Oportunidades, oportunidades", la palabra que resuena en su seca boca que no ha probado alimento ni café; bestia arriada por el vaivén urbano.
En esta historia no pasa nada, sólo el resuello enloquecido y feroz de un estómago solitario.
***
¿De qué extranjero lugar procedía esa caravana de imágenes que no pertenecía al mundo terrestre?... Me he convertido en el objeto de deseo de un duende, siempre el mismo duende --que se acerca por las veredas oscuras de mis sueños-- que me observa. Luciérnaga que danza desnuda sobre la alfombra de la noche. Mujer de los mil antifaces, de las mil voces y de las mil formas exquisitas de hacer el amor.
Ayer al entrar a la casa la luna me dejó perplejo cuando la vi desnuda sobre la cama, despreocupada, sensual, tímida y como una bestia que duerme profundamente.
En ese juego mental de fractales oníricos veo acompañado de mi duende cómo se deshace el sol. Y es que ella es la primera y la última, la honrada y la odiada, la prostituta y la santa.
¿Pero de qué trato mi sueño? Creo que lo he olvidado...