“No más. Ya no más”. El sabor a café caliente combinado con el del tabaco liado a mano le dan ánimos a Tzazil para no detener sus agigantados pasos hacia lo que ella considera un buen futuro: carro, trabajo, amantes, muchos amantes. Por eso repetía: “No más a los problemas en casa”. Ya no quería oír la voz de su madre, quien sólo la empujaba a reflejarse en el espejo estrellado de su fracasada vida.
La señora había sido abandonada por el padre en pleno embarazo. Creció sin conocer a su progenitor; muchas veces pensaba en que le gustaría conocerlo. Saber cómo era, preguntarle cuál era el motivo de su desaparición. Verlo cara a cara aunque sólo fuera para maldecirlo, para reprocharle que no lo necesitó y no estuvo cerca en los momentos más sórdidos y felices.
Su madre era una costurera que jamás habría visto la luz de una mejor vida, aunque la hubieran llevado de la mano a nadar en la alberca de la felicidad. Tal vez hubiera preguntado: ¿Dónde está la piscina?
Algunas mujeres son más fuertes que los hombres en el aspecto mental; más frías, más calculadoras. Tzazil no era la excepción. Ella no iba a ser como su madre, decía. Después de haber triturado palabras silentes largo rato apagó el cigarro en el cenicero, sorbió otro trago de café y salió a la calle a caminar.
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GUANAJUATO, Mex.- La ciudad promete dormir tranquila esta noche, aunque ya es fin de semana. Muchos ya han salido a beber al bar, otros charlan en cafés y frente al Teatro de la Ciudad otros más sólo caminan entre angostos callejones. Muchedumbres bajan y suben como ríos de gente por la caracolesca avenida principal repleta de museos, iglesias, construcciones coloniales de un nostálgico pasado minero.
A un costado de la Alhóndiga de Granaditas, recinto donde se libró la primera batalla por la Independencia de México, una mujer de 22 años, aproximadamente, observa el cielo de una forma obsesiva e insistente que provoca que quienes transitan por la calle reparen en un cielo limpio de nubes.
No veo nada extraño. No sé qué observa. Además, es curioso ver a la gente perderse en interrogantes ante algo que no entiende y teme averiguar.
- ¿Oye, qué miras? -, pregunto intrigado.
- Observo el color de la pupila de los ángeles.
- ¿...?
- Sí, mira (agrega con una sonrisa al observar mi cara de asombro): hay un mito que dice que si miramos la pupila del cielo lograremos entender nuestra misión en este planeta. Sé que me volveré de piedra de tanto mirar para arriba, seré una mujer piedra que mira al cielo y entonces, cuando me convierta en roca, comprenderé la razón de mi existir.
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