Han pasado no sé cuántos días desde aquella borrachera con vino tinto y alcaloides. Desde ese momento me han bombardeado oleadas de memoria con la imagen de la Mujer de Fuego que me hacen tambalear por las sórdidas calles; embriaguez de mi mente confundida.
Siento sus besos como pétalos húmedos que refrescan mi frente agobiada por el insomnio; sin embargo, no me hacen dormir. No puedo dormir. Carajo, sólo pienso en ella.
Mis pensamientos permanecen pringados en esa fiesta en donde la conocí. No sé si fui quien se acercó a ella o alguien me la presentó. Mi voluntad patina en suelo mojado. La nave del control y la mesura no cesa de re-inventar su muerte en cada instante que un segundo sucede a otro segundo en el reloj de mi mente.
Maldita orgía de sensaciones que marginan mi control de las cosas, mi sentido autoritario de mantener siempre las riendas de las situaciones pase lo que pase; mi vanidad indestructible.
Me resulta traumático que ella no esté a estas horas de la madrugada disponible.
No contesta el celular. Comienzo a creer que no es el número de ella. "Te ha mentido esa nefasta bruja".
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