(Dichosos los poetas pobres/ de ellos será el reino de los cielos). Es una noche cualquiera en la capital del país. Los reyes del asfalto duermen en la paradoja misma de su contradicción. En el epicentro de su actualizado desafuero que puede presenciarse en las calles donde duermen a la intemperie.
Una cobija mugrosa, zapatos rotos o aplastados donde va el talón; cabello alborotado, uñas sin recortar y tiznosas, chamarras cochambrosas, miradas frías sin afeitar por la mañana. Un cajero automático como amante inaccesible.
Sé que ustedes los han visto recargar su pesado sueño en un cajero automático mientras la imposibilidad ansiosa de querer tener una tarjeta de crédito no puede cerrar los ojos ante tal contradicción. (Una noche lo encontré). De forma invariable caminan lento, pareciera que los costales de fetiches basurientos que recogen en su trayecto circular fuera una bola de metal que arrastran a la manera de prisioneros en purga de condena. Como atrapados en la fuente misma de su desarraigado desdén, en la caravana de su pobreza.
“El dinero es la enfermedad de nuestra sociedad”, dice El Sin Nombre tras esperar a que yo recoja el comprobante de retiro de efectivo de un cajero perdido en la noche y cuando se huele acompañado del smog la vibra de los hampones lo merodean (“Ya se me olvidó cómo me llamo; he dejado de existir”). Desde el fondo de esta habitación de tres por tres metros cuadrados hecho de vidrio transparente con un lobby que da a la ancha avenida que dormita sin el cosquilleo de los autos.
De colchón, el suelo frío; de muro, la mirada interrogante de los demás, de nosotros que nos creemos más normales que ellos, que nos creemos en mayor ventaja de acuerdo al status quo. (A través de la ventana lo escuchaban hablar/ con su voz apasionada/ volver casi real un olvidado amor/ un antiguo dolor que ni el tiempo borró). Nuestra relación con esos verdaderos urbanitas es la que fija el dedo índice acusatorio
Tendrá unos cincuenta años o quizá menos. No sé qué ocurre en aquel tipo que despliega cierto aire de supremacía, que me arroja arrogancia, que me mira desde sus ojos cirróticos que retan.
-- ¿A poco crees que porque vives como Tarzán urbano eres más consciente que los otros?
(Caminando a su lado todo puede pasar/ un señor adormilado/ puede ser un Don Juan/ dispuesto a enamorar/ a la güera del pan como princesa.) A continuación dice algo que no alcanzo a escuchar bien; sin embargo, no hago el intento vano de acercarme para oír mejor.
-- ¡Yo soy dios qué no ves!
-- Ja.
-- ¿De qué te ríes infeliz? – Me grita El Sin Casa y sus ojos parecen salirse de sus órbitas ojerosas -. Yo no necesito de nadie para sobrevivir. Soy transparente, nadie me ve. Yo soy poeta. Los poetas somos dioses. Ríe.
-- Si fueras verdadero poeta ni siquiera lo vociferarías.
-- Mira, el otro es un disfraz de tí, y tú eres un disfraz del otro.
Bah. Estos pordioseros y sus crucigramas. Lo único que me conmueve es que use una sede bancaria como hotel. Su única proeza poética. (De boca en boca, viajando en sueños).
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