Esta es la última vez que escribo sobre la ‘guerra’ de las caricaturas. La razón es simple, hay una larga lista de periodistas cuyas cabezas han rodado al desempleo o que incluso han acabado en la cárcel, por no mencionar los que están amenazados de muerte. Y no sólo en los países islámicos.
Flemming Rose, editor cultural del diario danés ‘Jyllands-Posten’ fue enviado a unas vacaciones forzadas indefinidas. Este periódico fue el primero en publicar los dibujos que satirizan al profeta Mahoma y lo hizo, según su propio alegato, ¡para alentar la libertad de expresión! En Francia, Jacques Lefranc, director ‘France Soir’ fue despedido por publicar las 12 caricaturas de los daneses, más una de su propia cosecha.
Peor le fue Yihad Momani, editor del semanario jordano ‘Shihan Weekly’, el primer medio de un país islámico que publicó los ominosos cartones: no sólo lo corrieron, sino que además fue detenido, acusado de insultar a la religión, y acabó en el hospital supuestamente porque su salud se deterioró por la presión a la que se vio sometido. Similar destino corrió su compatriota Hisham Khalidi, director del periódico jordano ‘al-Mehwar’: primero a la calle y después a la cárcel.
En Argelia las autoridades cerraron dos periódicos (‘Errisala’ e ‘Iqraa’) y arrestaron a sus editores (Kahel Boussad y Berkane Bouderbala, respectivamente) por publicar las caricaturas del profeta.
También Yemen detuvo a tres periodistas y buscaba a un cuarto luego de cerrar sus periódicos por publicar las caricaturas de Mahoma.
Más perspicaces se vieron los editores del semanario humorístico español ‘El jueves’ (que se publica los miércoles), quienes sacaron la portada en blanco con una aclaración que decía: “Ibamos a dibujar a Mahoma... ¡Pero nos hemos cagao!”.
Los que también están ‘cagaos’, y no precisamente de risa, son los 12 dibujantes y el jefe de la sección cultural del ‘Jyllands-Posten’ que están amenazados de muerte. La amenaza les llegó “directamente de La Meca”, según dijo uno de los caricaturistas que, obvio, no quiso que dijeran su nombre. Una segunda amenaza de muerte venía de una organización juvenil paquistaní.
Y es que el canguelo ya es generalizado, porque la realidad del asunto es que los extremistas ya consiguieron su objetivo: meterle miedo a la gente para que se lo piense antes de hablar (o dibujar) según de qué cosas. Y lo hicieron de la misma forma que actúan los terroristas en Irak cuando secuestran a alguien y lo exhiben como mercancía de cambio en un acto extorsivo antes de degollarlo frente a las cámaras. Sólo que en esta ocasión la cautiva es la libertad de expresión.
Y es que si algo ha quedado claro en este asunto de las caricaturas es que los extremistas islámicos tienen poder. El máximo poder que existe, que es el poder de matar a alguien, como bien dice el filósofo y literato mexicano Óscar de la Borbolla. Y están dispuestos a usarlo. Y ante ese poder, las democracias occidentales prefirieron claudicar a su deber de defender la libertad de expresión como uno de los derechos de sus ciudadanos.
“Un tirano, un dictador plenipotenciario, un autócrata, un mandamás auténtico habla de fuerza, de poder; su discurso está lleno de amenazas de muerte, porque la muerte es, óiganlo de mi boca, la única médula, la única fuente, la esencia oculta del poder: no hay más poder que el poder de matar”, dice De la Borbolla en su ‘Monólogo de la muerte’. Y si no pregúntele a los ‘narcos’ mexicanos que han convertido este país en el segundo en el mundo en el que es más peligroso ejercer el oficio de periodista, después de Irak. Sólo le faltó al buen Óscar incluir a los extremistas islámicos en su catálogo de los que utilizan la amenaza de muerte como fundamento de su poder. Y están dispuestos a cumplirla.
No es lo mismo ponerle un servicio de seguridad tipo Estado Mayor presidencial a un solo escritor (Salman Rushdie) que adjudicarle ‘guaruras’ a todo periodista o humorista al que se le ocurra meterse con el profeta. O peor aún, cuidar a cuanto ciudadano se le ocurra viajar a un país musulmán. No alcanzaría el dinero de los impuestos. Así que los gobiernos del llamado Occidente mejor se pusieron de rodillas, por no decir en cuatro patas.
Pero hablando de matar, todo lo anterior son minucias si se compara con las 18 personas que habían muerto hasta el miércoles en la represión de las protestas por las caricaturas en Afganistán, Indonesia y Paquistán. Y es que el poder de matar es el poder máximo, en cualquiera de sus manifestaciones.
* canguelo.
(Del caló canguelo, y este de kandela, hiede, apesta; cf. hindi gandh, perfume, olor).
1. m. coloq. Miedo, temor.
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