Cuando a las palabras les dan celos, se ponen caprichosas y difíciles para no dejarse agarrar. Creo que están demasiado acostumbradas a ser más imponentes que lo que describen. "Maravilloso", por ejemplo, es una palabra presumida que mira hacia abajo los objetos y asuntos a los que, graciosamente y tapándose la nariz con pinzas, se deja aplicar.
Por eso pierden la cabeza (la línea, mejor dicho) cuando tienen que enfrentar algo verdaderamente grande, desusado, de lo que saben que se les va a escapar, que las hará ver como camisas estrechas que pueden reventar en cualquier momento. Entonces les llegan los celos, pero además los nervios más rabiosos, y nos dan la espalda para no hacer su trabajo. Así fue que perdí los adjetivos para describir a los Himalaya.
Salí ayer temprano de Katmandú hacia Bhaktapur, una hermosa ciudad de ambiente medieval donde me encontré con Sonal, Bini, Gabina y Jaime. Después subimos en un atestado autobús a Nagarkot, la cima de un cerro a 2000 metros de altura, mirando la cordillera. Tuvimos algunas vistas e incluso localizamos el Monte Everest, el techo del mundo: todavía está muy lejos, pero pudimos ver la cumbre a sus 8,848 metros de altura, iluminada por el sol.
Muchos más fáciles de ver, justo frente a nosotros, se levantaban el Dome Blanc (6 mil 830 mts.), el Shishapangma (8 mil 13), el Phurbi Ghyachu y el Limpo Ghyang (ambos de 7 mil 83), el Dorje Lakpa (6 mil 988) y el Gran Chempo, entre otros (6 mil 387).
Caminamos arriba y abajo por algún rato hasta que Gabina y Jaime, que viajaban a Katmandú se tuvieron que ir. Sonal y Bini tuvieron que hacer lo mismo después, rumbo a Bhaktapur, pero antes tuve la última muestra (uy, no las volveré a ver en mucho tiempo) de lo conveniente que es viajar con hablantes de hindi (varias lenguas nepalíes derivan del hindi). Así me pude enterar de varios comentarios que hace la gente, el último de los cuales fue a través de una canción de moda que un grupo de adolescentes modificó para decir, cuando yo pasaba, "nunca he visto nada más raro que tú". Todos rieron. Y mis amigas se fueron.
Yo quise quedarme a pasar la noche, a pesar de que se anunciaba mucho frío y sigo con gripe (de todos modos, en KTM todo el mundo tiene gripe). Encontré un hotelito barato al final de un largo sendero, atendido por un chico muy simpático de 20 años, Prem, su esposa Sabita, de 19, su encantadora bebé Smriti (por esta vez, la palabra se dejó agarrar, pero es que le gustan los niños) y su amigo Raj.
El lugar tenía una terraza con vista, sin duda una de las mejores del lugar: no era tan amplia como la de algunos miradores que habíamos encontrado, pero era mucho más cercana a las montañas. Además, tenía una serie de valles a los pies, cada uno de ellos separado por altos cerros.
Los Himalaya son el resultado de un choque mucho más colosal que cualquiera que hayan creado los efectos especiales de Hollywood: el de India contra Asia, que sigue en desarrollo y eleva la altura de estas montañas de manera sostenida. En un mapa en relieve, el subcontinente aparece plano y uniforme hasta que llega a Nepal, donde la cordillera se levanta de manera casi vertical.
Conforme llegó la noche (brrrr, y más frío), en los valles empezaron a aparecer cientos de lucecitas. Las brumas y las rugosidades del terreno me habían impedido descubrir las casas y aldeas, y como el cielo también decidió descubrirme sus encantos (creo que nunca había visto uno más claro), las estrellas aparecieron como reflejos de los bulbos de los hombres, y las luces de abajo y las de arriba se extendían hacia lo lejos como tratando de unirse para crear una sola manta de ideas que brillan. Los Himalaya se les atravesaron, sin embargo, y son tan inmensos que no hay nada que hacer, sólo respetarlos.
Me desperté a las cinco y media para ver el amanecer. La cordillera discurre en forma diagonal, desde Pakistán y Cachemira, al noroeste, hasta Bután y China, al sureste, a lo largo de miles de kilómetros. Por eso, aunque a la altura en la que estoy los montes se ven al norte, a mi derecha la línea baja y el sol sale finalmente por atrás de los Himalaya.
Así fue apareciendo el astro, anunciado por nubes que amarilleaban y por la variedad de tonalidades del cielo, desde el azul ennegrecido hasta el dorado solar, a través de violetas y rojos. En los valles a mis pies se creó una extraña atmósfera al revelarse las capas de bruma, diferentes densidades que vestían las alturas de los cerros y desaparecían en las alturas para dejar visibles y sin obstáculos los altos picos nevados, que sólo se dejaban acompañar por algunas nubes sin miedo a las alturas, y por decenas de pájaros negros que a esas horas se estaban despertando y planeaban solitarios o en parvadas, sin advertir el fondo himaláyico que tenía su vuelo.