La capital del sikhismo tiene dos puntos muy importantes, uno por su dimensión histórica y el otro por su belleza. Además es el lugar más próximo a uno de los ejemplos del siglo XXI del chauvinismo del XIX, una demostración militar que resultaría chistosa si no fuera por la carga de muerte masiva que tiene detrás (aunque tal vez encierra una insospechada propuesta de paz y arte).
Una de las cosas más terribles de la religión hindú es el sistema de castas. Casi todas las religiones son explicaciones legitimadoras de la servidumbre: resígnate a lo que eres en esta tierra porque dios lo quiso así, el patrón es el patrón y tú, donde te tocó. Pero el hinduismo es una de las más obvias y aprisionantes: si eres una rata miserable aguántate, porque es tu castigo por lo que hiciste en vidas pasadas (lo que sea que haya sido, seguro que fue malo) y no tienes derecho a tratar de mejorar tu destino. Eso significa que los estratos de la sociedad --las castas, que tienen tareas asignadas desde la antigüedad-- son impermeables y nadie debe moverse de uno a otro. Es una religión de prisiones que aplica el divide y vencerás a tal extremo, que los miembros de la casta más pobre abusan de los de la otra que es aún más pobre.
Hace dos milenios y medio, Buda creó su doctrina en protesta contra este sistema, y por eso tres millones de dalits (los intocables, la casta más baja) se han convertido al budismo en las últimas décadas. Dos mil años después, en el siglo XVII, otro gran movimiento desertó de esas restricciones y creó la religión sikh, creyente en un solo dios (algo que tomó del Islam).
Los sikhs son famosos por los turbantes que usan los hombres: es obligatorio y por su derecho a no quitárselo jamás son capaces de todo. Actualmente, en Francia, un sikh promueve un proceso judicial para que lo dejen salir con él en la foto de la licencia de conducir, y ha lanzado la pregunta de si se puede ser sikh y francés a la vez. En las instituciones uniformadas indias --policía, ejército--, los sikhs usan turbantes del mismo color que las gorras y cascos de sus colegas. Vi a uno que iba en una moto y se le cayó el turbante: su cabello era largo, largo, como en dreadlocks --tiras de pelo tipo Bob Marley--. Creo que nunca se lo cortan.
Son gente reconocida por su capacidad de empresa. En todo el mundo donde hay sikhs, se los puede ver bien vestidos y haciendo dinero. Punjab es un estado sin grandes recursos naturales, pese a lo cual es uno de los más ricos del país. El actual primer ministro indio, un hombre reconocido internacionalmente como sabio y respetable, es un sikh, Manmohan Singh (creo que casi todos ellos se apellidan Singh). Y son peligrosos: aunque su religión es muy, muy joven, de menos de 400 años, se las han arreglado para hacerles la vida difícil a todo tipo de invasores, desde los mongoles hasta los británicos, e incluso a los hindúes. Para enfrentar un movimiento extremista sikh que se apoderó durante años del Templo de Oro de esta ciudad, la entonces primera ministra Indira Gandhi envió al ejército a que lo tomara a sangre y fuego. Le costó la vida: la asesinaron los miembros sikhs de su guardia. Y a los pocos años, los ultras se volvieron a meter al templo. Así que el gobierno indio prefiere llevársela tranquila con los sikhs.
El Templo de Oro resultó más impresionante de lo que había imaginado. No es un templo solamente, sino un complejo: grandes edificios blancos en el exterior, con algunas torres y cúpulas, y un gran estanque en el interior. En el centro del agua, brillando, el Templo de Oro (cubierto por cientos de kilos de metal precioso), unido a tierra por una calzada atestada de peregrinos, todos con el cabello cubierto (en esto, al contrario de otras religiones, los sikhs son parejos: hombres y mujeres se tapan el pelo). Para entrar en el complejo hay que lavarse los pies, también a fortiori. No importa que el agua esté helada y el mármol del piso, peor.
Aunque me desagrada el tema del oro --esa religión promueve la modestia, pero como las demás, cae en la ostentación vacua--, el tema del dinero es mucho menos obvio que en otros templos. Aquí, al revés, predomina la solidaridad: el que quiera comer y dormir lo puede hacer gratis. El comedor es un salón enorme con largas tiras de tela en el piso donde la gente se sienta. Todos los que trabajan ahí son voluntarios que pueden ayudar diario o sólo durante un rato, en la ocasión en que visitan el templo. Uno te da el plato hondo, otro el extendido, uno más la cuchara. Uno organiza a la gente que va pasando, otro sirve un potaje de lentejas, uno más el agua. Todo lo que quieras. Y además chapati (tortillas), sólo tienes que levantar las dos manos para que te den (si levantas sólo una, haces una grosería). Terminas, entregas cada plato a una persona diferente, y los montones pasan a unos lavaderos donde decenas de personas los limpian.
Así es todo: de pronto, alguien decide que es hora de arreglar los pisos del complejo y cientos de personas toman cubetas para hacer la fiesta del agua. Es una cultura a la vez muy empresarial y muy comunitaria, no tiene el sentido individualista de “yo me las arreglo por mi cuenta y que los demás se amuelen”. Tal vez ahí está el secreto del éxito y la fuerza de los sikhs. (Continua el lunes)