(Continua del viernes) Esta mañana, antes de ir al Templo de Oro, fui tempranito y desvelado a Jallianwala Bagh, que está a cinco minutos de distancia. Aunque es un sitio de gran importancia en la lucha de liberación india, el esfuerzo por convertirlo en memorial de los mártires hace difícil imaginar la tragedia que ocurrió allí: nivelaron el terreno, construyeron pasillos, levantaron monumentos e hicieron jardines.
Ahí, en un espacio de poco más de una hectárea, rodeado por altas paredes y sin más salida que la que bloqueaba el orgulloso ejército británico, los soldados abrieron fuego contra 20,000 personas desarmadas.
La estampida de la gente que quería escapar fue terrible, los que caían heridos no podían levantarse más porque se veían rápidamente sepultados y aplastados por otros que tropezaban, las madres fueron acribilladas con sus hijos en brazos. Pude ver un pozo de lamentos con diámetro de unos cuatro metros. En la desesperación por huir de las balas, muchos saltaron a él en busca de protección. Imagino gente que caía encima de otra, todos tratando de nadar para no ahogarse, y más personas que al caer empujaban a otros hacia abajo, más abajo en la oscuridad del agua ensangrentada. Sacaron 120 cadáveres de ahí. En total, murieron 379 personas, incluidos 41 niños y un bebé. Hubo 1,500 heridos.
La concentración, en 1919, era parte de la resistencia pacífica convocada por el Mahatma Gandhi para protestar por una nueva ley que permitía el encarcelamiento sin juicio de cualquier sospechoso de oponerse al dominio británico. Los responsables, el gobernador O'Dweyer y el oficial Dyer (que significa teñidor; profético apellido para un tipo sangriento) no fueron castigados por Londres; algunos los llamaron héroes. El noble Imperio de Su Majestad Británica nunca fue veloz para reconocer sus vergüenzas y derrotas.
La gente no aprende. Como si Gandhi nunca hubiera pasado por aquí, India está muy interesada en recibir tecnología y combustible estadounidense para su industria nuclear, que GW Bush le quiere dar aunque India no ha firmado el Tratado de No Proliferación Nuclear ni acepta inspectores de la ONU, y de que desde los 70 se hizo de armas nucleares y ha realizado detonaciones subterráneas. Su vecino, Pakistán, también. Los dos son queridos de Bush, a pesar de que en 2003 estuvieron a punto de declararse la guerra... por cuarta vez. Llevan tres guerras desde la "partición", el acuerdo por el que India se dividió en tres partes, dos de ellas musulmanas, y que le costó la vida al Mahatma.
Fui a Atari, muy cerca de Amritsar, donde está la frontera con Pakistán. No sé si la antigua empresa de videojuegos, pisoteada después por Nintendo y Sony, tomó su nombre de aquí, pero el lugar está bueno para inspirar juegos de guerra. Todas las tardes, al cerrarse el paso fronterizo, los cuerpos de guardias de ambas naciones celebran ceremonias guerreras en las que zapatean, gritan y se miran retadores mientras sus compatriotas gritan como si se tratara de un partido de fútbol. De hecho, en ambos lados se han construido altas tribunas fijas para que la gente pueda mirar el show. Los militares, que parecen escogidos de entre los jugadores de la selección de baloncesto --nada qué ver con la estatura promedio de los indios--, están ataviados con uniformes de gala y al final se dejan tomar fotos y dan autógrafos. Una parte del público tiene familiares del otro lado, de los que quedaron separados tras la partición, y se saludan cariñosamente desde lejos aunque poco antes, durante el evento, hayan formado parte de los poderosos coros que tratan de humillar al contrario. Supongo que, como en el fut, al final los hinchas de ambos equipos se irían juntos a beber cerveza, pero éstos son musulmanes e hindúes y sikhs, y no beben. Ah, y tienen una frontera en medio.
Es un acto curioso de patrioterismo que sólo daría risa si no tuviera tres guerras detrás, con miles de muertos, y un conflicto grave tan reciente como el de 2003. India sigue acusando a Pakistán de no hacer suficiente por detener a los terroristas islamistas que ponen bombas para separar a Cachemira.
Por otro lado, los ejércitos de ambos países, enemigos acérrimos, se han puesto de acuerdo para poner escenario, gradas, coreografía y puesta en escena, y convertir así la rivalidad en espectáculo teatral. Acaso ocurre que su demostración de machismo sea en realidad una propuesta al mundo, un llamado práctico a transformar todos los campos de batalla en salas de danza, todos los ejércitos en troupés, los generales en prime ballarine y los pelotones de fusilamiento en chicas del coro.
Sería más bonito. ¡Y divertido! (Aunque tal vez no un éxito artístico.)
(PD de disculpas: En el post anterior me quejaba de que a los indios no les importa despertarte a media madrugada cuando viajas en tren, pero la verdad es que eso es mucho mejor que el autobús horroroso e incómodo en el que regresé a Delhi, con ventanas que no se cierran --y el viento helado calándome los huesos-- y asientos rompe-espaldas. Lo siento por la tardanza en enviarles este post, estos días han estado muy duros y los cafés Internet muy malos.)