No puedo menos que admirar la resistencia de Samantha, la amiga inglesa con la que viajé en Sudáfrica: en 100 horas ha estado por tres continentes, tres países, cinco ciudades y tres estados indios. Aceptó casi sin quejas (ese “casi” es más bien laxo, pero igual) mi plan de viaje y enfrenta bien sus desajustes de sueño y las noches en literas de tren.
De último momento, por cuestiones de trabajo, tuvo que ir a México. De ahí tomó el avión a Londres, arregló cosas, redactó informes, besó a su madre y a su perra, y de nuevo por aire a Delhi. La recogí casi las dos de la mañana, la llevé a dormir tres horas, tomamos el tren de las siete a Agra...
Agra, la magnífica capital mongola de la guerra y el romance, con su potente y deteriorado fuerte rojo con celdas en donde el constructor del Taj Mahal (que lo hizo para albergar el cadáver de su esposa, muerta después de una docena de partos) vivió y murió encerrado por su hijo, admirando el gran mausoleo en la distancia.
Que es imponente, como todos sabemos. Lo curioso es que siempre nos presentan el Taj Mahal aislado de su contexto, cuando integrado en él luce mucho mejor. Para llegar hay que pasar por un hermoso edificio de piedra roja que tiene una gran puerta decorada en el medio: a través de ella, el Taj Mahal se ve mucho más blanco y luminiscente. A ambos lados del edificio y sus cuatro esbeltos minaretes, hay hermosas mezquitas, también de piedra roja, decoradas con inscripciones en árabe. Cada una de estas construcciones merecería fama y visitas individuales, pero en conjunto son grandiosas y perdemos mucho cuando vemos el Taj Mahal en solitario.
Cuando conquistaron el lugar, los ingleses tuvieron la brillante idea de ponerlo a la venta... como montón de piedra, ofrecieron el mármol por libra. En otros lugares donde los brits han cometido masacres y perdido batallas que han querido disfrazar con supuestos actos de heroísmo, a Samantha le importa absolutamente nada. Pero confundir esta maravilla con material de construcción es otra cosa y aquí sí se permitió admitir cierta vergüenza por la estrechez mental de sus compatriotas.
Era una parada de horas, apenas a tiempo de visitar el fuerte y el Taj. Jalé a la pobre Sam, con su jet lag, su ajetreada conciencia de inglesa, sus tres noches de avión y tren y sus dos mochilas, de una a otra de las dos estaciones de ferrocarril de Agra, en un veloz y emocionante viaje en autorickshaw (mototaxi): el chofer parecía creer que traía a Condoleezza Rice con el presidente Manmohan Singh, pero no traíamos escolta ni sirenas que abrieran el paso y los demás conductores no parecían comprender nuestra calidad de VIP people. Así fue que nos quedamos atrapados entre varios rickshaws en un semáforo, nuestro chofer demandó a gritos que se apartaran y sin más, brooom, arrancó, golpeó a otro mototaxi --cuyo dueño sacudido volteó con ojos de qué está pasando aquí-- y lo bañó con insultos mientras seguíamos camino. A mi querida amiga se le salía la flema británica por el pecho.
Sentados en el andén vimos aparecer a una muchacha chino-australiana que se hacía pelotas para encadenar su equipaje. La estábamos ayudando cuando llegaron un kiwi y otra aussie, empezaron las anécdotas y la plática se puso animada. Casi 20 indios, que no estaban relacionados entre sí ni hablaban más que un inglés elemental, o peor, se reunieron poco a poco a nuestro alrededor, a mirarnos de pie. Los indios son muy curiosos y despreocupados, por lo que uno se acostumbra a que lo estén viendo todo el tiempo, pero esa situación era tan extraña que les empezamos a hacer bromas sobre cuánto habrían pagado para ver nuestro espectáculo. No nos entendieron y siguieron en lo suyo: mirarnos.
Así llegó por fin el tren, con dos horas de retraso --normal--, y Sam subió a su litera, o se arrastró, más bien. Dos segundos después estaba dormida. Y seguía así pocas horas después, mientras sujetaba su mochila con cara de estoy soñando en el andén de Jodhpur, y la llevé a la consigna de equipaje para que nos guardaran las cosas.
Por fin llegamos a Rajastán, una de esas tierras de leyenda, de reyes, camellos y batallas. Jodhpur, con un hermoso castillo sobre la colina que controla la ciudad --desde donde la mirada del marajá determinaba la vida y la muerte de los súbditos, y donde las mujeres del harem tejían y destejían rumores y conspiraciones--, es una ciudad azul porque la gente le perdió el respeto a los brahmanes, la casta religiosa que domina a las demás, y robó el color característico de sus casas para aplicarlo en todas.
En las murallas del castillo conocimos a dos niños. Uno de ellos, de 10 años, era músico en formación y tenía una sonrisa muy carismática. Se lo quise endosar como prospecto a una chavalita australiana, de 9 años, hija de una pareja que conocimos, pero fracasé en mi intento emparejador. Qué bueno, siempre me sale mal, tal vez ni siquiera tenían futuro juntos.
Subí de nuevo a la pobre Samantha al tren. Ahora ronca en su litera, en un sueño en el que seguro se le confunden los continentes, las culturas, los climas y los idiomas. Si por alguna causa abriera los ojos ahora, no sabría en qué país ni en qué siglo está. Pero será mejor que los mantenga cerrados: le quedan sólo cinco horas antes de llegar a Jaisalmer, la ciudad del desierto, y nos esperan muchas horas a lomo de camello.