Por Pedro Quintana
El globo de Emilia se reventó y el auditorio se estremeció con el sonido seco. El silencio que siguió se volvió tan intenso que daba la impresión de que podía tocarse, pero sólo duró unos segundos. Mi Tana, no aguantó más y soltó el llanto. Y tres filas más allá, otro niño. Y en unos segundos ya era una pequeña, pero estruendosa epidemia. Las lágrimas me amenazaron a mí también.
Habíamos permanecido cuarenta minutos seguidos en estado de asombro mirando cómo Emilia y un globo rojo escenificaban una historia insólita de amistad en medio de la ciudad de México.
Se trata de una puesta en escena, versión adaptada de un cortometraje de Albert Lamorisse, de 1954, que se está presentando en el teatro Julio Castillo los fines de semana y hasta el 4 de abril.
El asombro de Aitana, mi hija de cuatro años, y el mío eran muy diferentes. Yo la miraba a ella y a su hermano de apenas un año asaltados por la emoción, siguiendo cada detalle de lo que ocurría sobre un escenario donde no había palabras y no eran necesarias. Igual que en el cortometraje de 1954, la música, la escenografía y la actuación comunicaban lo necesario.
¿Cómo lo consiguió Palleti Títeres, la compañía que presenta la obra? El diálogo se establece sin intermediarios: hablan con el corazón de los pequeños en un lenguaje básico que para ellos es transparente. Toda una proeza en los tiempos de Cartoon Network.
¿Una compañía de títeres? Bueno, la puesta en escena de Esmeralda Peralta nos hará conocer a algunos personajes sorprendentes, entrañables, retratados por ese par de artistas responsables de una escenografía original, sorprendente: Alicia Gutiérrez y Eduardo Montes de Oca.
Apenas han transcurrido unos minutos y los niños saben lo que viene. Y es que la música los ha alertado. Rodolfo Pérez de Tejada es el responsable de eso otro pequeño milagro que es escuchar a los pequeños tararear las notas alegres del tema principal.
Las lágrimas tardaron en ceder. El cierre de la obra regala la última emoción, la que produce la solidaridad de una ciudad que no es indiferente, y el mensaje es, de tan simple, hermoso: aquí nunca estarás solo.
Al final, Tana y Ánder salieron con un globo rojo que a mí me parecía no estar relleno de helio, sino de sus risas, de sus sustos y su dolor, y de su certeza de que, pese a todo, este mundo es bueno y vale la pena vivir en él.