ÁNGEL SOTO M.
Durante la media noche de hoy viernes el aire se volvió más ligero. La brisa que alimenta nuestros pulmones y nuestra sangre estaba impregnada del elemento más ansiado por la humanidad en estos días: la paz.
El “alto al fuego permanente” anunciado el jueves por la organización terrorista vasca ETA ha entrado en vigor hoy. España y Francia están cubiertas con el manto de la fe a partir de las 00:00 horas de este viernes, día que presenta una nueva oportunidad para superar nuestros errores y encaminar nuestros esfuerzos rumbo a una vida sin agresiones.
Cierto, lo de ETA es un suceso que ocurre a miles de kilómetros de distancia de nosotros, pero el hecho de enterarnos de una buena nueva como esta debe abrirnos los ojos y sensibilizarnos. Esta noticia es un recordatorio traído por una paloma al pie de nuestras ventanas, una carta en donde se nos pide, se nos ruega atender los asuntos en conflicto y seguir en la permanente búsqueda de soluciones pacíficas. Nos ayuda a volver a creer en que somos capaces de componer lo que descompusimos.
Han sido 38 años de crímenes. Se han cobrado 817 vidas en una lucha en la que se optó por el camino de la sangre, sendero que el hombre ha decidido caminar sin importar el dolor que esto cause.
Quizá para este momento se pregunten qué hace un texto como este en una sección que surgió con la idea de tratar temas de futbol. Bien, la respuesta es simple: hacer caso omiso a un acontecimiento como esta determinación de los etarras, sería reconocer que hemos perdido nuestra sensibilidad como seres humanos. Esconderse bajo la trinchera de los resultados y acontecimientos deportivos resultaría tan triste como darle la espalda a nuestra vida, dejarnos caer en un hoyo negro.
No se trata de tender la mano a los asesinos como si nada hubiese sucedido. Pero sí es una inmejorable ocasión para tomarnos todos de las muñecas y comenzar, poco a poco, como quien da los primeros puntapiés a un balón, a construir pequeños bloques de esperanza.
En México por fortuna nunca hemos tenido un grupo independentista que base su lucha en el terrorismo. Pero sí hemos sido víctimas de contagio de otras enfermedades sociales como la trampa, la deshonestidad, o la violencia.
Abramos los ojos y evitemos lacerarnos más. Hagamos un intento por volver a los tiempos en los que podíamos salir a la calle sin miedo a ser agredidos. Volvamos a aquella infancia donde se podía jugar en los parques o andar por las calles sin miedo al secuestro. Regresemos a los estadios con nuestros hijos, vestidos con el uniforme de nuestro club sin temor a ser víctimas de la intolerancia y la agresión, mismas que en una escala cien, mil o un millón de veces mayor, atemorizó a España por 38 años y que desde el primer minuto de hoy, ojalá, podría desaparecer por siempre.