En algún momento Sergio de Régules dice en su libro “regresemos al relato”. Ciertamente nunca mejor dicho, al relato ameno, desenfadado, aderezado por alguien que sin lugar a dudas le gusta reír y contagia al lector, como aquello de “someter sustancias a todas las torturas de las que es capaz la química”.
El relato está salpicado de chismes sabrosos sin ser irreverente con la ciencia ni con sus protagonistas, sin perder la madeja principal del relato de los procesos científicos, que es la intención de la obra.
Sergio teje muchos cuentos al relato principal, los de las vidas y personajes que rodean a los protagonistas de la construcción de eslabones de la cadena que nos llevará desde la mecánica clásica hasta la cuántica, desde el siglo XVII al XX. Lejos de ser su libro una invitación a resolver ecuaciones diferenciales no lineales con fuerza bruta, resulta ser una pieza recreativa del proceso de construcción del par de enormes edificios del conocimiento científico, como lo han sido la mecánica de Newton y la mecánica cuántica.
El lector es seducido, es llevado por este plumista de Hamelin de ida y vuelta no sólo por el tiempo, sino también por el espacio, y de disciplina en disciplina, nos pasea con el Dalton británico en la química, simultáneo al físico teutón Joseph Fraunhofer, quien va a aclarar el enigma de las líneas oscuras en el espectro de la luz solar. Súbitamente tomamos rumbo al Demócrito de la Grecia clásica sin sentir vértigo; de Kirchhof y Bunsen (el del famoso mechero), a velocidad warp nos trae a la escuela secundaria que se padece en nuestros días y que es evidente que de Régules la sobrevivió y aún le quedó entusiasmo para ir a la Facultad de Ciencias en la UNAM a seguirse riendo y percaterse además que el Sol se ríe de él y de sus condiscípulos, quienes se van a internar a un oscuro laboratorio de física en vez de bañarse de Sol naciente. Con esa misma facultad de persuasión, este recreador del conocimiento nos sienta a observar in situ a Newton, a Herschel, Demócrito, Dalton, Fraunhofer, Max Planck, et al, haciendo de las suyas, construyendo la ciencia.
El espectro electromagnético de Sergio de Régules resulta ser un teclado de piano al que le arrancaron algunas teclas. Ese, desde luego, no es el espectro de Newton con las franjas de Fraunhofer, pero es una muy divertida metáfora que ayuda a entenderlo, nos queda claro que el espectro se presenta chimuelo, pero además, que el gamberro que arrancó las teclas al teclado electromagnético es el mismo que arrancó teclas del piano de las sustancias de Kirchhof y el señor de apellido de mechero de secundaria calamitosa… O sea que, a fin de cuentas, la física del espacio sideral es la misma que en la Facultad de Ciencias (a la que asiste “la buenita”), en el Instituto de Física, en el MIT, que en el incendio de Manheim que se veía desde Hidelberg, allá por los 1600 y pico.
En su estilo peculiar lleno de gracia, de diálogo implícito con el lector y en momentos también explícito, además de dibujos alusivos a la ciencia o a la broma, Sergio me remite irremisiblemente al divertidísimo escritor español Francisco Jardiel Poncela, al que tal de Régules jamás haya leído, ni muchos de ustedes; sólo que Jardiel le hacía bromas a Dios, a las mujeres, a los ascensores, a los relojes y Sergio a la ciencia mecánica, a la cuántica y a sus protagonistas… Vamos, Sergio se pone junto a Max Planck y aunque no se pone a ver si son de la misma estatura, reconoce que son igual de calvos, les fascina la música y, si nos descuidamos, podríamos presenciar una jam sesion entre de Régules a la guitarra, Planck al piano y Einstein al violín, pues la música en algo se parece a la creación científica.
Para estas vacaciones Los Cuentos Cuánticos de Sergio de Régules, de la colección Viaje al centro de la ciencia, editado por ADN, se van a divertir… ¡Seguro!