No todos los placeres de la vida dependen de encontrarse mexicanos por ahí, claro está. Otro más es tan simple como hablar español, la lengua de Cervantes y de García Márquez, de Les Luthiers y de Tin Tan.
Un día trató de ofenderme una chavala. Estábamos en Brasov, una hermosa ciudad transilvana, y dos calfornianos de nuestro grupo trataban de ligarse a dos preciosas rumanitas. Para impresionar, una de ellas dijo que hablaba español. "¡Témoris!", llamó uno, "conversa con esta muchacha". Le pregunté cortésmente: "¿Hablas castellano?" Ella, que se sentía en problemas, escuchó lo de castellano y sin más replicó en inglés, con todo desdén: "Yo hablo español, no dialectos".
No hablaba español ni sabía lo que decía, y además era una pesada. Pero sin sospecharlo tenía razón al decir que la lengua española tiene muchos dialectos (no se confunda con catalá, euskera o galego, que son idiomas de pleno derecho): en España hay andaluz, madrileño y vallisoletano, entre otros. En México tenemos chilango, tapatío y yucateco, por lo menos. En Argentina, lunfardo y porteño (que no siempre son lo mismo), cordobés, talqueño y más. Podríamos seguir con una larga lista.
La peculiaridad del español, sin embargo, es que casi todos estos dialectos son mutuamente inteligibles y en las últimas décadas tienden a comunicarse e intercambiar palabras y expresiones. Un bávaro y un siciliano pueden hallarse completamente perdidos frente a un pomeranio y un triestino, pese a que se supone que unos comparten el alemán y otros el italiano.
Eso no ocurre entre nosotros. El español es una lengua elástica que admite juegos y variaciones sin romper el hilo de la comprensión. Es un idioma que me permite conocer y sentir experiencias vitales muy diferentes de la mía. Gracias a él, viajo, conozco y comparto sensibilidades e ideas con gente de 24 países diferentes. Además de los muchos que lo están aprendiendo: en el mundo, el francés empieza ya a rezagarse frente al español como lengua de segunda enseñanza, aunque el inglés tiene un primer lugar inalcanzable.
Todo esto viene a cuento de lo bien que me la paso con el grupo de catalanes que conocí con Alfredo, el mexicano que ya debe estar de nuevo disfrutando el smog. En realidad son dos grupos: Tatiana y Susana, dos chicas que viajan juntas, y Judith, Lluis, Ovidi, Pere y Tapi, ex-compañeros de la universidad que se lanzaron a recorrer el sudeste de Asia. Su plan es subir a China y regresar a Europa con el expreso transiberiano, un tren de leyenda que va desde Siberia oriental hasta Moscú a través de las interminables estepas. Y que pasa por Irkutsk, la ciudad del lago Baikal hasta donde llegó Miguel Strogoff, el correo del zar (para quienes hayan leído la novela de Verne).
El caso es que con estos catalanes me la paso bomba. Unos prefieren usar el catalán, otros el español, pero cuando estoy yo son muy amables y hablan castellano. Otras veces se les olvida, pero yo invoco a mi querida amiga Catalina y trato de comprender lo que se dice. Hay gente que vive en Cataluña y por una razón u otra no aprende catalán, ¡pero si es de lo más sencillo, hombre! Un poco de atención y práctica bastan.
El cuento del día de hoy, sin embargo, corre a cargo de Susana y Tatiana. Se suponía que esta mañana deberían haber salido para Kuala Lumpur, capital de Malaisia, donde tenían que tomar el avión de regreso a Londres. Yo quedé en ver a los demás catalanes a las cinco en cierto bar, pero las que estaban allí, ¡sorpresa!, eran estas dos chicas, Tatiana particularmente nerviosa. La noche anterior, al llegar al hostal, descubrieron que alguien había entrado a la habitación y robado dinero, los boletos de avión y uno de los pasaportes. Todo con mucho cuidado, era un ladrón fino que se cuidó de cerrar los zippers y dejar todo casi como estaba.
Entre todos, con llamadas telefónicas y consultas de internet, pudimos confirmar que se podía mover el vuelo y reimprimir los boletos --a cambio de una lana, cómo no--, y que sólo tenían que esperar a que la embajada emitiera un pasaporte provisional.
El problema era que se sentían inseguras. Peor todavía: vigiladas por los misteriosos ladrones. Pegado en el pizarrón de mensajes del hostal, encontraron un papel dirigido a Tatiana (¿cómo supieron el nombre?) en el que la citaban a cierta hora "en el primer café internet al que fuiste al llegar a Bangkok", y firmaba con nombres de gente desconocida. Tatiana fue pero nada pasó, pero sintió que dos hombres la miraron con demasiada intensidad y mala vibra.
Las acompañamos a su hostal para recoger sus mochilas y mudarlas a otro más seguro. En el pizarrón, ¡otro mensaje para Tatiana! Otra cita, esta vez ahí mismo, a esa hora. A la chica le entró una crisis de pánico y rompió a llorar. Pero Susana, más controlada y práctica, tomó el papel y empezó a preguntar a la gente si había dejado el aviso. Una chica dijo que sí, que estaba esperando a Tatiana... que resultó ser otra muchacha, de otro país, que nunca llegaba a las citas porque, inmersas en la paranoia del robo, nuestras amigas catalanas robaban las notas que le dejaban.