No sé cuál es la traducción literal para este término que me enseñó mi amigo Arturo Lomelí hace ya más de 10 años. Lo que sí puedo hacer es describir los síntomas: un hueco en la panza, una fuerte melancolía, un poco de tristeza.
Me ocurre desde niña, en especial, los domingos. La patología es recurrente: viernes de euforia, alegría y desveladas; sábados llenos de energía, actividad y emoción, y los domingos... los domingos despertaba con una bola de cosas en la cabeza: acabar la tarea, arreglar el uniforme, acostarse temprano, poner el despertador...
Ni siquiera la perspectiva de volver a ver a mis amigas de la escuela lograba regresarme la tranquilidad, la ilusión. Era como si alguien arrojara un balde de agua fría sobre mi cabeza, un agua tan helada que congelaba mi corazón.
Hoy siento ese vacío apoderarse de mi cuerpo. Parece que los años no han logrado ayudarme a superarlo y la nostalgia vuelve a instalarse en mi cabeza, en mi corazón. Es raro, tengo mucho planes por delante, el domingo es maravilloso, el sol brilla y las calles están aún desiertas, pero la melancolía me persigue y me grita que mañana (hoy) es lunes y que hay que ir a trabajar.
Es más fuerte que el recuerdo de la alberca, del baño de sol, que las bebidas espirituosas que me acompañaron el fin de semana... es como si el auto viera aproximarse la subida y se negara a seguir adelante...
No invento, Google dice que hasta los perros sufren de este desorden mental.
Ni hablar. Este domingo debo dejar ya este texto y tender la ropa, arreglar la recámara, lavar las ventanas e ir al mandado... En resumen, decir adiós a las vacaciones y enfrentar lo que me deparará el lunes.
Al mal paso...