Desde un principio me sentí envuelto por el encanto de Chiang Mai, por su atmósfera provincial y relajada, por la amabilidad de la gente y la facilidad de encontrar cosas agradables, desde una buena vida nocturna hasta toda clase de deliciosas garnachas orientales: noodles, pato, calamar, licuados de frutas, te de jengibre, bichos en variedad, carnes en salsas diversas y mucho más.
La ciudad antigua es un cuadrado perfecto rodeado por un canal y una antigua muralla que en su mayor parte está en ruinas. En el lado este se encuentra la puerta Tha Pae, reconstruida con un sector de la pared. A partir de ahí y hacia el centro del área amurallada corre la avenida Ratchadamnoen, donde los domingos se monta un mercado callejero precioso con venta de artesanías, lámparas, ropas tradicionales y new age y, cómo no, comida, ¡mucha comida!. Además, en cada esquina o rincón hay asientos para que te den masaje, una especialidad tailandesa.
Hacia el lado contrario de la puerta, unas cinco calles más adelante, hay otro famoso mercado que abre a diario, el bazar nocturno. Por ahí se puede entrar a unas galerías donde venden madera con tallados finísimos: grandes troncos en los que se han representado a todo detalle complicadas escenas de las tradiciones budista e hindú. Lástima que prohíben tomar fotos.
A pesar de que sólo cuenta con 200,000 habitantes, Chiang Mai ha atraído a una densa colonia europea y es punto de paso de todos los turistas que vienen a recorrer el norte. La vida nocturna, en consecuencia, es muy variada.
Hay varias calles repletas de bares de prostitutas que te toman del brazo cuando pasas para tratar de hacerte entrar. Una de estas zonas está en el camino a un mercado de comida donde solemos ir a cenar los catalanes y yo. Y ocurrió algo raro: Tapi fue con la estilista para que le hiciera rayitos rubios (?!), no le gustó el resultado y le pidió a la pobre chica que se los quitara: le rebanó el pelo y lo dejó peor que a un conscripto, con un ralo casquete corto en la coronilla y rape a cero en lo demás.
¡Uy!, pues para las muchachas de esos bares se convirtió en el sex symbol del año. Cuando pasamos por ahí caminamos por el medio de la calle para evitar los tirones: ¡las chicas se salían de los antros para toquetear, abrazar y atraer al Tapi! Como íbamos en fila india por falta de espacio, probamos a ponerlo al frente, en medio y atrás, y siempre lo mismo: ellas gritaban y corrían tras él. Impresionante. Y el Tapi es cualquier cosa menos inmune a las mujeres, así que al final fuimos nosotros los que terminamos tironeándolo para evitar que se perdiera entre los cantos de las sirenas tai.
(El Tapi es todo un personaje de comedia clásica española. Además, es un innovador de la lengua, gran maestro de las tautologías. No sé cuántas perlas inigualables le he oído, tipo "cuando caminamos, la luz se ilumina". Tiene otra parecida a un error muy común de los españoles, pero que en su manera tapitiana revela un ingenioso requiebro de perspectiva: "veníamos bajando desde arriba".)
Hay muchos otros tipos de bares, por suerte. Nos gusta mucho el THC Rooftop Bar, un garito en la azotea de un edificio, con un techo móvil que al correrse te deja cerca de las estrellas. Uno llega, se quita los zapatos, pasa por la barra y una minúscula pista de baile, y sube a un piso falso de bambú donde no hay sillas, sólo cojines y pequeñas mesas. Eso lo hace muy flexible, uno se acomoda donde y como quiera, la gente se comunica y los grupos se forman, unen, crecen y dividen a lo largo de la noche, de acuerdo a los ritmos y tamaños que toman las conversaciones, los debates o los inesperados diálogos íntimos con gente de muchos países.
Aquí como en Bangkok, lamentablemente, la una es la hora oficial de cierre y a las dos te echan. Algunos se van a casa, pero la mayoría sigue al antrazo por excelencia, el único que sigue abierto hasta las seis: Spicy. Siempre decimos que ya no vamos a ir, pero ya saben. Aunque es algo feo, a esas horas uno ya no se fija. Ahí se reúne todo tipo de fauna nocturna, desde la que le cae bien a mi mamá hasta la que sólo entusiasmaría al más enfermo de mis amigos (sí, sí, estoy hablando de ti). El alcohol y otras substancias han corrido bastante. Eso hace que el sitio se cargue de una vibra difícil. Nosotros, igual, sólo vamos a bailar como locos y a nuestra bola.
Y se conoce gente buena onda, después de todo. Hace dos noches conectamos a un grupo muy simpático que venía de hacer tres días de trekking por la selva. Glenn, de Australia, Peter, de Malaisia, y dos francesas: Ingrid y Marie. Ayer los vimos de nuevo en THC.
Yo me voy mañana a Pai, un pueblito en las montañas, y coincide que Marie también, así que nos lanzamos juntos. Incluso en un lugar como Spicy se puede conseguir buenos compañeros de viaje.