Por recomendación de un chico de Bangkok, fuimos a un lugar precioso: tenemos un bungalow bonito y aislado entre altos árboles y mucha maleza. A dos metros de él pasa un arroyo de fondo de piedras redondeadas y suaves. Por las noches me arrullan el correr del agua, las ranas que croan y las lagartijas que tratan de encontrar pareja.
Este sitio se llama Sun Hut y tiene otros bungalows más próximos uno del otro. En el medio hay un área común con fuentes, ollas para fogatas, mesas y varias tarimas de bambú techadas con cojines para recostarse y dejar pasar el tiempo.
Estamos un poco fuera del pueblo de Pai --hay que pasar dos puentes--, que no es especialmente bonito pero tiene buen ambiente. Lo lindo aquí son los alrededores: lo primero que hay que hacer es alquilar una moto (100 o 125 cc. por lo general) e irse a explorar: hay cascadas, nacimientos de aguas termales, un templo sobre una colina con una amplia vista (ahí me encontré a José Miguel y Francisca, dos hermanos chilenos que conocí en Bangkok), restaurantes sobre campos de arroz, un puente construido por prisioneros de los japoneses --que querían comunicar por tren Tailandia con Birmania-- en la segunda guerra mundial, y sobre todo muchas aldeas de tribus de las montañas, como los lisu y los karen, además de otras de descendientes de soldados del Kuomingtang, el partido chino al que derrotó Mao Tse Tung en 1949 y cuyos miembros escaparon mayoritariamente a Taiwan.
En uno de estos recorridos en moto llegamos a una aldea lisu en la que, mira qué suerte, estaban celebrando una festividad: todas las mujeres y algunos hombres vestían hermosos trajes tradicionales y bailaban, mientras los demás señores bebían al lado. Nadie hablaba inglés, pero Marie y yo éramos los únicos farangs (occidentales) y quisieron hacernos beber un aguardiente local. Lo consumimos con poco entusiasmo y muchas sonrisas, ah, pero qué bueno está, ¿más?, eeeeeerh, este, noooo, no gracias, es que tengo que manejar, ay, qué amables, síiii, manejar moto, sí. Lo malo es que nunca nos invitaron a acercarnos más al baile y tuvimos que conformarnos con verlo y tomar fotos desde un solo lugar a unos cinco metros del círculo de danzantes.
Otra cosa genial es que conocimos a un mexicano muy buena onda, Itzcóatl, con su novia alemana. Tiene algún malestar estomacal, como Marie, por lo cual concluimos que algo raro afecta a las chicas europeas que viajan por el norte de Tailandia acompañadas de un mexicano. Itzcóatl y su hermano (casado con una tai) montaron una empresa de servicios informáticos en Bangkok y les va muy bien, ya se quieren traer a los padres.
Nos conectamos porque su chava vio la bandera en mi mochila, pero al principio él fue un tanto frío o cauteloso: después explicó que ha tenido algunas experiencias decepcionantes al encontrarse mexicanos de mucho dinero y demasiada soberbia, con actitudes muy pesadas. A mí también me llegó a pasar, pero en Europa: creo que, en general, la gente que viene a Asia tiene la sencillez del que busca. Nos la pasamos muy bien, explotando las riquezas del dialecto mexicano del español.
Aunque pequeña, Pai tiene vida nocturna: un bar que se llama BeBop, donde a veces tocan las buenas bandas de rock y otras las malas, y para la madrugada el Bamboo Bar, un piso de ese material frágilmente sostenido sobre el río del que no pocas veces se debe haber caído algún borracho.
Hace unos pocos meses, en septiembre, el monzón trajo inundaciones y las aguas se llevaron todas las casas y hostales vecinos al río. Hoy no quedan huellas de eso, pues la gente de Pai (¿los pai...sanos?) reconstruyó sus lugares, aunque prudentemente más lejos.
Días tranquilos los de Pai, leyendo, escribiendo y con la agradable compañía de la dulce Marie, una marinera francesa que ha trabajado mucho en Italia. ¡Por fin me sirvió de algo el italiano fuera de Italia! En todo el viaje no lo había utilizado. Como ella no habla español ni yo francés, nos comunicamos en italiano. Y está rebién, además, porque por la falta de práctica yo sentía que lo estaba perdiendo y ahora conseguí despertarlo de nuevo. Muy a tiempo, porque en unas semanas llega mi amigo Valentino, de Módena, con sus colegas, y los recibiré con un italiano refrescado.