Como en muchos otros países, en Tailandia uno puede escoger entre viajar como local, para tener una experiencia más genuina, o pagar caro para transportarse en los vehículos para turistas. De camino a Pai (4 horas), Marie y yo quisimos ir en el bus común y corriente para compartir con los tais, pero muchos otros farangs tuvieron la misma idea: hice una foto en la que el pasillo del camión para tais está lleno de cabecitas rubias.
De regreso a Chiang Mai, no obstante, sí que fue más tai y en un principio desagradable, pero un cambio de actitud de mi parte lo convirtió en una experiencia preciosa.
Venía mucha más gente. Aunque conseguimos asiento, logramos acomodarnos en el piso. En una parada, no obstante, unos chicos tais hicieron una maniobra con la que despojaron a un farang de su lugar y forzaron una reorganización que terminó arrojándome al penúltimo peldaño de la escalera de salida: sólo pensaba que si algo me hacía caer me iba a llevar al pobre cobrador, que estaba abajo de mí, con medio cuerpo afuera.
Ese peligro no duró mucho: una nueva serie de movimientos me empujó a mí a su lugar. Eso me puso de mal humor. En Tailandia, como en tantos países --digamos, México--, hay algunos burros que se aprovechan de que los turistas no hablan la lengua o no entienden el sistema para engañarlos y abusar.
Saqué los audífonos, eché a andar el mp3 y puse a Natalia Lafourcade y después a Cecilia Toussaint: ¡magia! El ánimo me cambió, me llegó la buena onda, me di cuenta de que tenía el mejor sitio del bus para disfrutar del viaje, podía sentir el viento fresco y admirar todas las bellas cosas que tiene la naturaleza tailandesa y las que los tais han hecho para complementarla.
Más aún: estaba colgado de un bus en las montañas del norte de Tailandia, ¡nunca había pensado que vendría aquí ni que me gustaría tanto! ¡Qué maravilloso privilegio!
De esa forma me quité de tonterías y me permití gozar con los valles que veía debajo, de los bosques y montes verdes y marrones, de las obras de este pueblo amante de la belleza: todas sus casitas, por humildes y pobres que sean, están siempre muy limpias y decoradas con flores. Les encantan las lagunas y los estanques y en cualquier descuido te encuentras frente a la bella imagen de una casa colorida reflejada en el agua.
El regreso a Chiang Mai fue motivado por la celebración del Festival de las Flores, en el que durante tres días concursan carrozas decoradas con complicados y hermosos arreglos multicolores. Los tais visten a sus hijos con ropa tradicional, los suben a las carroza y les toman fotos (momento que aprovechamos los farangs para bañarlos con flashazos que los pequeños miran con todo desconcierto). Después van a caminar y --por supuesto, su mero mole-- comer en el parque vecino, de jardines, estanques y grupos de música.
Esto me hizo volver a pensar en lo importante que es la actitud del ser humano ante su contexto. Lo comenté, por ejemplo, cuando llegué a Kenya, con sus pueblos sucios, mientras que en las aldeas zulúes de KwaZulu Natal, también muy pobres y sin acceso a servicios públicos de limpia, no se veía basura, ni una lata ni una bolsa de plástico: los zulúes no aguantan vivir entre la mugre.
No lo puedo evitar: va otra piedra al tejado indio. Los miles de años de refinamiento en India son patrimonio de sus clases altas, los cientos de millones de pobres pobrisísimos viven en la porquería sin combatirla, ni siquiera imaginan que podría ser diferente. Lo que no imaginan los tais es que alguien pueda aceptar la basura y no buscar la belleza, algo bonito que te haga sentir más a gusto y amar esta vida.
Y aunque no viene completamente al caso, hay una cosa que quiero comentar desde hace mucho pero siempre se me va: una piedra al tejado propio, al nuestro. Es algo que me comentó Samantha, que ha viajado mucho por América Latina: en India, por lo menos, no encuentras un solo borracho tirado por las calles. Ni uno solo. Claro que el alcohol es más bien ajeno a India, pero yo añado: los tais le dan duro y con frecuencia a la botella, son bebedores pesados, pero en Tailandia tampoco he visto un solo ebrio en el suelo. En América Latina, como observó Samantha, es una de las imágenes más comunes. Cositas para pensar.