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Estaba advertido pero dejé que ocurriera. No está mal, no tengo prisa y estoy muy a gusto. Chiang Mai me atrapó. En particular, Julie Guesthouse, el hostal donde me alojo. Sin lugar a dudas, es el sitio más agradable que he encontrado no sólo en éste, sino en muchos viajes.
Es difícil encontrarle explicaciones a su magia. Es bonito y cómodo, aunque no del otro mundo. En la entrada tiene un restaurante-bar con muy buena música y espacios para recostarte y leer, ver pasar a la gente o, si quieres, dormir.
En la azotea hay otro ambiente, más relajado. El sistema es de mucha confianza y responsabilidad individual, porque no te obligan a pagar de antemano, como en casi todos lados, sino cuando te vas o cada diez-doce días. Todas las bebidas, desde el agua embotellada y los refrescos hasta la cerveza y el ron, están en dos refrigeradores que puedes abrir cuando quieras. Cada habitación tiene un cuaderno en el que tienes que anotar lo que consumes para pagarlo después con la cuenta general. Si no lo apuntas, sobre tu calavera quedará. La gente que trabaja aquí, farangs y tais, es muy amable y amistosa. Tenemos entre ellos un par de colegas tais con los que a veces salimos, Ken y Coco.
Todo esto no me permite descubrir, sin embargo, cuál es el secreto de Julie's, donde nunca hay cuartos libres (es raro el que tiene la suerte de llegar el primer día a Chiang Mai y encontrar habitación en Julie's; la mayoría, como yo, se queda al menos un noche en otro hostal y se presenta tempranito en la recepción para esperar a los que hacen check out).
Hay cierto tipo de gente que viene aquí. Uno puede ser de cualquier país y edad, pero hay un algo que tenemos en común y que nos permite identificarnos y disfrutar de nuestras distintas experiencias y perspectivas. Hay un ambiente genial de apertura y buena onda, todos llegan en muy buen plan, dispuestos a hablar y compartir con cualquiera. En estas semanas he conocido a tanta gente, tan interesante, y me han contado tantas historias que todo se me ha hecho una confusión, ya no sé quién me dijo que se acaba de reencontrar en el budismo ni quién regresó asqueado de la dictadura de Myanmar (Birmania).
Lo más bonito es que en la azotea se formó lo que primero llamamos comunidad y más recientemente familia. Hay muchos, pero somos cinco los que formamos el núcleo "duro":
Marko, un berlinés de 30 años que aprendió español en Guadalajara y toca la guitarra genial, con un inmenso repertorio de canciones pop y varias mexicanas, como "Ella", "Por un amor", "Cielito lindo" y "La bamba".
TC, un bávaro de 38 años que ha hecho de todo: carnicero, cervecero, soldado, productor de TV, instructor de buceo y, próximamente, de equitación.
Andy, un londinense que hace de su homosexualidad una bandera y tiene la vida social más agitada de Chiang Mai.
Y Brian, un investigador de Oregon que transmite una dulzura y una tranquilidad enormes, y devora libros a velocidades lumínicas.
La familia ha perdido algunos miembros célebres, como el irlandés Cormack, también ameno guitarrero, y el suizo Jerry, que llegaron antes que yo y tuvieron que partir.
Más dos queridas amigas que son como cometas que se aparecen cuando regresan a Chiang Mai, la bella Nelly, una francesa que conoció a Marko cuando estudiaban juntos en Guadalajara, y mi guapa hermanita Johanne, una canadiense que da clases de yoga (¡hay que ver lo que puede hacer con su cuerpo!).
(Debo abrir un paréntesis para los miembros honorarios de la familia, que pasaron poco tiempo con nosotros pero dejaron huella, como las guapísimas Martha, de Andalucía, y Lucy, de Quebec, y el parisino Mikel).
¡Ah!, olvidaba a Baghira: una madrugada en que TC regresaba en moto del bar Spicy, un joven gatito negro brincó a su canasta y quiso venir con él. Ahora corre por todo Julie's con su cascabel azul y TC se rompe la cabeza pensando cómo cumplir con todas las regulaciones que le permitirán llevarse a Baghira a Múnich.
PD: ¡Tercer cumplecentogiorni!
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