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El Diablo ha robado la pantalla en demasiadas ocasiones. El hijo del Diablo, por conclusión lógica, es también un jugoso negocio.
La definición antropomórfica de este ser se ha puesto en facetas disparatadas, serias o esotéricas. Un sin fin de directores, de todos los géneros y de muchos países, ha sabido explotar el potencial de fascinación en torno a un culto reciente. Hoy le doy mi veredicto a THE OMEN -666- (2006): No la vea.
En el caso particular de este remake sólo tengo una palabra: patético. Las actuaciones de Julia Stiles y Liev Schreiber deja un hueco sin fin en la trama. El director, un tanto ausente por el tema, deja que la historia se desarrolle en episodios, en ves de una sola trama congruente. La fotografía es monótona y rítmica. La producción, tal vez, es el único elemento que sale a flote para salvar lo poco que le queda a su favor. Los escenarios y las locaciones son acertadas aunque esperadas.
No me es extraño este tipo de displays tecnológicos, que olvidan algo esencial en la narrativa cinematográfica: el relato. El Diablo es un personaje, no solamente un niño mal encarado y maldito.
Para que no se quede sin Diablo, le recomiendo las siguientes películas:
ROSEMARY'S BABY (1967)
THE EXORCIST (1973)
EL DÍA DE LA BESTIA (1995)
Otras películas más arriesgadas, pero dentro de la temática son:
I WALKED WITH A ZOMBIE (1943)
CURSE OF THE DEMON (1957)
BLACK SUNDAY (1960)
VIY (1967)
SUSPIRIA (1977)
THE DARK NIGHT OF THE SCARECROW (1981)
Todo estos filmes son parte del culto clásico. No son del todo serios.
La contraposición, naturalmente, de la imagen divina con la diabólica, en los lugares comunes de la cinematografía metafísica, es necesaria para una comprensión amplia del tema de la divinidad.
El cine del Diablo por tratarse de temas místicos, recurre a lo metafísico de alguna forma u otra. Pensar en las fuerzas del más allá es materializar esperanzas, desesperanzas, miedos e ilusiones. Todas ellas proyectadas al mismo objeto. Esto existe en la mente del público que lo crea.
David Seltzer, el guionista del filme original de 1976, asegura, en retrospectiva, que su trabajo en la creación de la historia fue por el dinero, y que el Diablo poco importaba en relación a la historia que se contaba.
El maleficio numérico del pasado martes seis de junio de éste dos mil seis recordó al aparato de la comercialización y la mercadotécnica cuan importante es el miedo en el consumo. Lo que no es Dios, lo es el Diablo; por lo tanto consumir de Dios es directamente proporcional a no consumir del Diablo.
Regálenos su satánica opinión, el Odio es le producto de hoy.
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