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Cumbianchera sudasiática. |
¡Mañana salgo a Laos! Casi no puedo creerlo. Llegué a Chiang Mai hace más de dos meses, sólo por unos días. Es cierto que te atrapa y al principio me quedé por gusto. Pero es una ciudad caprichosa y, cuando vio que me iba, me agarró por las malas y me encerró en el hospital. Hoy, el cirujano se mostró satisfecho con mi recuperación, de la que dice que fue veloz, y me autorizó a marcharme.
Estos dos meses estuvieron llenos de amigos y experiencias. Tengo una bolsa repleta de papelitos con e-mails e invitaciones a visitar aquí y allá. Algo muy interesante que quiero comentar ahora con los bloggers es el extraño proceso político tailandés, que justo hoy alcanzó un momento culminante (me voy en lo mero bueno).
Tailandia tiene un rey como los de España y Gran Bretaña, o sea, una figura decorativa, legalmente sin poder político, y un primer ministro encargado de gobernar, electo por el parlamento. El cargo está en manos de Thaksin Shinawatri, que es la versión asiática del italiano Silvio Berlusconi: es el hombre más rico del país, magnate de las telecomunicaciones, y se adueñó del poder inventándose un partido personal híperpopulista, Thai Rak Thai, es decir, "Los tais aman a los tais". Berlusconi se apropió del grito de guerra de la selección italiana para su partido "Forza Italia". Los dos hombres, el mediterráneo y el sudasiático, abusaron de sus mayorías parlamentarias para modificar las leyes una y otra vez en beneficio de sus negocios y para evitar que la justicia los atrapara por pillos. Y pese a todo, los electores (uno se pregunta por la salud mental de esos votantes) seguían apoyándolos.
Thaksin ganó mayoría absoluta en las elecciones de 2001. Y la revalidó con ganancias en las de 2005. Pero en enero de 2006, cuando llegué a Tailandia, cometió un grave error. La oposición insistió mucho tiempo en que su cargo y sus negocios representaban un conflicto de intereses. De manera que el hombre, con su gran sonrisa (y al mejor estilo berlusconiano), anunció que se sacrificaba por Tailandia y vendía sus acciones en las empresas en conflicto.
El problema fue que las entregó a un consorcio del gobierno de Singapur, a pesar de que la Constitución prohibía que los extranjeros poseyeran más del 25% de compañías del sector de comunicaciones. ¿Para qué tiene uno mayoría parlamentaria, pues, si no para cambiar la ley a su antojo? La limitación fue eliminada. ¿Y por qué tanta buena onda con los de Singapur? ¿Es que no había postores nacionales? Nadie que ofreciera mucho más de lo que realmente valían las acciones del pobrecito Thaksin y su familia, que se embolsaron 1,900 millones de dólares con la operación. ¿Así nomás? ¿Y los impuestos qué? ¿A poco no tuvieron que pagar un dineral? Pues no. El primer ministro aprovechó una laguna en la legislación y no se mochó ni con un baht (la moneda local).
A la gente se le acabó la paciencia y montó un movimiento que pedía la renuncia del desinteresado hombre de los millones. Se armó una alianza "popular" de profesores, estudiantes, sindicatos, profesionistas, trabajadores urbanos y algunos grandes empresarios que hicieron marchas y plantones. Los jóvenes actuaban por primera vez desde 1992, cuando el ejército cometió una matanza entre ellos. Las demostraciones fueron alegres y muy creativas, con obras de teatro y música. Varios medios de comunicación se unieron a la campaña sin ningún pudor.
Lo que tenían enfrente era formidable: Thaksin tuvo en 2005 19 millones de votos, mucho más que nadie en la historia tailandesa, y controla el electorado rural pobre mediante programas de apoyo social. Sus propios medios de comunicación y los del Estado entraron en su apoyo, también sin pudor alguno. A las marchas opositoras siguieron las de sus seguidores. Hubo algunos roces violentos de pocas consecuencias (como presión física directa de trabajadores pro-Thaksin contra periódicos de oposición, a los que obligaron a dejar de circular por varios días). (Continúa mañana.)
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