| |
|
| |
Jóvenes monjes estudian el dharma (las enseñanzas de Buda). |
Vang Vieng tiene la buena y la mala suerte del turismo. Gracias a su conveniente ubicación en una zona de gran belleza natural, pasó de ser un aburrido pueblo polvoriento a ser un pueblo polvoriento lleno de TV bars y mochileros.
El sitio es muy bonito. Al lado pasa un río hermoso que se atraviesa por delicados puentes de madera (¡uno de ellos es de cuota!, es una larga estructura de menos de metro y medio de ancho, con barandal en uno solo de los lados, que uno cruza con la moto, temeroso de no caer al agua tanto como de no romperlo), rodeado de selva tropical.
La región está llena de formaciones de caliza. En medio de la planicie se levantan de súbito enormes cerros de piedra y árboles, como si un enorme gigante se hubiera divertido algún día arrojando tierra mojada que se solidificó y llenó de vegetación. Son muy impresionantes por sí mismos.
Pero lo mejor es que están medio huecos y abundan las cavernas. Es toda una experiencia porque en otros países, este tipo de cuevas abiertas al público ya están exploradísimas, iluminadísimas, llenas de pasarelas, letreros y medidas de seguridad, e invadidas de turistas. Aquí, en cambio, apenas se ha introducido lo indispensable: unas pocas escaleras y puentecillos de bambú, y algunos retazos de tela que te ayudan a reconocer el camino de regreso.
Nosotros (fui con mis amigos Thomas --de Lyon-- y Haydn --de Londres--) sólo llevábamos un par de lamparitas de mano y el lugar estaba absolutamente vacío. Las viejas piezas de bambú le daban un ambiente de profundidades prehistóricas. Estaba lleno de estalactitas y estalagmitas, de arena y piedras resbalosas. Como en cinco ocasiones creímos que habíamos llegado al final, pero siempre encontrábamos un pasadizo alternativo a un lado, hacia abajo o por encima. A veces terminábamos arrastrándonos por estrechas aberturas hasta llegar al final.
La mayor fama de Vang Vieng deviene de un juego que se ha convertido en industria y cartel: el tubing. Se trata de hacer el descenso del río durante unas cuatro horas hasta el pueblo, recostado en unas cámaras de llanta de tractor infladas. A lo largo de la ruta hay cualquier cantidad de restaurantes chiquititos y grandes que tienen instalaciones para que te descuelgues en cable al agua, tienen música occidental a todo volumen y venden cerveza. La idea es que hagas un rato de tubing y te detengas a beber, que sigas adelante y repitas. Está cotorro pero la verdad es que es fácil aburrirse.
En eso se ha convertido este lugar: en un centro turístico para aburridos. Una vez que has visitado las cavernas y hecho tubing, ya estuvo. Pero está muy occidentalizado y los falángs, agotados de tanto viajar por Asia o simplemente encantados de lo barato que es el alcohol aquí, se quedan y se quedan entregados a las alegrías dionisiacas. Está tan lleno de gente aburrida que la gran aportación de Vang Vieng al turismo mundial son los TV bars: cantinas con una pantalla grande donde repiten y repiten per secula seculorum las series completas de "Friends". O "Los Simpsons", en los TV bars alternativos. Los TV bars verdaderamente revolucionarios tiene anuncios que dicen: "Aquí nada de 'Friends"". Y ofrecen películas chafas de Hollywood.
Así que ya me voy a Vientiane, la capital del país, desde donde espero seguir curso al sur, a una zona conocida como Si Phan Don ("cuatro mil islas"), en el Mekong.
(Paréntesis futbolero desde Hanoi: Pues así nos fue con Angola. Tan aburrido todo que los pocos comensales que quedaban prefirieron que bajaran el volumen de la tele y pusieran música. Había un gringo californiano, por suerte, que se había quedado hasta las dos de la mañana --cuando empezó el partido, hora del Sudeste de Asia-- porque estaba empeñado en apoyar a la selección y hablaba español a la mexicana. El partido Brasil vs Australia estaba animadísimo, en cambio: el bar repleto de aussies que sabían que iban a perder, pero le echaban ganas a las porras. Yo estaba con Debs y Steve & Stef, dos queridos amigos australianos que conocimos hace dos meses y que se quedaron muy decepcionados cuando vieron que me pintaron en las mejillas las banderas de México... y Brasil. Ni modo, la amistad es chida, pero en el futbol soy latinoamericanista.)
|