Por Alba Jaramillo García
Gelsenkirchen.-- Con una serenata de ronquidos, un baño compartido, sin jabón ni shampoo. Así pasé mi cumpleaños ayer. Gracias a Dios no estaba sola, otros tres compañeros compartieron mi pena, varados en un hostal de mala muerte en esta ciudad donde jugó la selección.
No es noticia para nadie la falta de cuartos de hotel cuando se acerca un juego en la Copa Mundial, pero lo que hace la gente por no manejar más de una hora fue lo que nos llevó a dormir ahí, o bueno, intentar dormir.
Mi espalda aún no se recupera gracias a lo pandeada que estaba la cama, o bueno debería decir catre, que me tocó. Nuestra llave estaba amarrada a un cubo de madera con el número 5.
El baño era el paraíso de los hongos y en el cuarto, que por cierto no pudimos cerrar, no había suficiente espacio para los cuatro, así que uno de los compañeros tuvo que dormir en el suelo, posición que le ocasionó una mala respiración, que derivó en ronquidos tan rítmicos como las olas del mar.
La noche se terminó pronto pues aquí amanece a las 4:30 a.m. y las delgadas cortinas poco pudieron hacer para aguantar el paso del sol, así que para las 6 estaba ya despierta, después de llegar a las tres.
Encima de todo eso, que pierde la selección. Definitivamente será un cumpleaños que no olvidaré.
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