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El gran río Mekong se rompe en cien brazos que dejan a la tierra salir a respirar por millares de islas, islotes y brotes de maleza. Esto es Si Phan Don, que en el idioma lao significa "cuatro mil islas".
Es uno de los rincones más aislados del Sudeste de Asia. Lejos de todo. Crea la frontera de Laos, Camboya y Vietnam, un cruce que hasta hace muy poco nadie transitaba y que estaba cerrado a los extranjeros. Es una región de tierras de nadie en donde dominan las mafias del contrabando.
Esta situación y su belleza --cascadas, playas, riqueza de flora y fauna, preciosas aldeas sin luz eléctrica, un antiguo tren en desuso-- la convierten en un interesante refugio donde la vida sigue casi como fue hace cien años, poco afectada por la modernidad y el turismo.
Nadamos en fosas naturales, vimos delfines de río, navegamos en botecitos y paseamos en bicicleta por villorrios donde pocas veces se ve a un occidental --y de donde no nos querían dejar ir, encantados de hacernos beber el aguardiente local--.
Bello y tranquilo. Una delicia en contraste con la vida urbana, incluso con Vientiane, que para un habitante de la ciudad de México resulta poco más que una apacible sucesión de calles afrancesadas. Por relajada que sea, una ciudad no deja de tener los peligros de las ciudades, y en Vientiane casi provoco un accidente.
Pasé once meses en países donde se maneja al revés que en América y Europa continental: el volante está a la derecha y se circula por el carril izquierdo. Se hace la broma de que nosotros vamos por "the right way" (carril de la derecha, pero también el carril "correcto") y los países britanizados lo hacen por "the wrong way", el carril "equivocado"). Pasé un montón de tiempo tratando de acostumbrarme a eso, porque te afecta en mucho: cómo das la vuelta, cómo cruzas una calle de doble sentido (estamos acostumbrados a mirar primero a la izquierda , y eso te puede matar en un país donde los coches vienen por la derecha; es una precaución tan arraigada y automática que tengo que esforzarme para mirar primero a la derecha, y aunque lo logro y empiezo a cruzar, algo me fuerza a voltear a la izquierda y no me quedo tranquilo si no lo hago), incluso para dónde te mueves en la acera cuando te encuentras enfrente a alguien que camina en sentido contrario
Y no me di cuenta de que en Laos, ex-colonia francesa, se maneja como en México. Veníamos en las bicicletas, Debs detrás de mí, y yo hacía las cosas automáticamente como las hice durante un año, las vueltas al revés y todo mal. Ella se confiaba en que yo sabía lo que hacía y más de una vez se atarantó cuando yo corregí el rumbo de súbito para evitar los coches. Como buena ingles a, para ella no tenía que ser de otra forma, piensa que somos nosotros los que manejamos al revés.
En fin, sobrevivimos y ahora llegamos a la paz del aislado sur de Laos, paso previo a la nueva aventura, ¡Camboya!
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