|
Cualquiera de nosotros habremos escuchado alguna vez “esto está científicamente comprobado”, cual espada de Damocles o del arcángel Miguel a la que se apela para finiquitar algún diferendo sobre diversas y hasta opuestas explicaciones de algún fenómeno o alguna cosa, queriendo con ello atribuirse además la última palabra. Se recurre a esa idea como la apelación a una “autoridad última”, pero falsa.
De ser verdadera, contundente e inobjetable tal frase, tal creencia, en los hechos no habría ciencia. Cuando en el debate por las ideas en la búsqueda por explicaciones de la Naturaleza no sólo se ha apelado a la autoridad, sino además se la ha ejercido, ni se resuelve o explica el fenómeno y se amenaza con el estancamiento del avance del conocimiento, y por ende, de la civilización.
En el transcurso de la vida, de los días y los años de la centuria diecisiete y los que siguieron, la indagación científica, la búsqueda de explicaciones razonables, evidentes, concisas de fenómenos allá afuera y en cuanto era (y es) posible experimentarlos, reproducirlos artificialmente cobró enrome relevancia y prestigio. No es gratuito reconocer en la historia de occidente la trilogía ciencia, capitalismo y democracia como las herramientas culturales con la que se derrotó atrás el oscurantismo feudal paralizante y enfermizo.
La ciencia y los científicos como tales no se concebían entonces, e inclusive no se diferenciaban de lo que hoy llamamos pseudociencias y supercherías. Muchos de los grandes astrónomos también hacían cartas astrales para sus mecenas; en otras disciplinas eran monjes y hasta una suerte de hechiceros o alquimistas. Dejaron de ser “artesanos”, sin lugar a dudas. Pero existía de muy antiguo algo así como la madre de todas la ciencias, la filosofía, ponerse a pensar, a razonar el entorno, el ser, las cosas lo que existe, lo que es vida, la búsqueda de significados, así que andarle hurgando sus intimidades a la naturaleza era ayer filosofía natural, se era entonces filósofo natural.
En fin, el caso es que el arraigo y prestigio de la ciencia y sus actores, que impulsó lo que llamaron “progreso”, le dio un estatus de autoridad, se institucionalizó y con ello la amenaza de su evolución. Los cuerpos académicos institucionalizados, inclusive como parte del Estado, llegaron a cumplir más el papel de cortes inquisidoras que en evaluadoras o custodios de la verdad científica. Se salía de una iglesia y se corría el peligro de constituirse en otra. Los casos de Darwin y su origen (y evolución) de las especies –que no era eñ único con tales ideas-, del carpintero Harrison (el que construyó los ancestros de nuestros relojes personales y permitió medir con confiabilidad la longitud geográfica) y Pasteur son muy ilustrativos.
La academia a Darwin, más que refutarlo, prácticamente le mentó la madre, bueno, le dijeron que era hijo de una changa, por andar sugiriendo que habíamos evolucionado de los simios. A Harrison, además de regatearle el presupuesto otorgado por la corona británica, boicotearle y ponerle por delante bajo el principio de “autoridad” a otro postulante de la solución para medir la longitud, de plano no querían pagarle por sus cuatro espléndidas máquinas autónomas de medición del tiempo, relojes, el último casi de bolsillo. Pasteur, químico, era el hazmerreír de los médicos, ¿cómo se atrevía a afirmar que muchas de las enfermedades se transmitían por contagio? Don Louis llegaba a observar enfermos a los hospitales y, ya sabrán ustedes, los médicos traerían batitas pero no usaban guantes ni tapabocas. Éstos, de la high society, muy cordiales le daban la mano para saludarlo y él, pareciendo grosero, no respondía el ademán...
Ja ja, reían, usted insiste que lo vamos a contagiar.
Qué fue lo que pasó. Otros colegas, en vez de insultar, envidiar o descalificar a estas personas, se fueron a las pruebas, las evidencias, los hechos y no los discursos, confirmaron sus aciertos, los reprodujeron o consolidaron sus propias ideas y/o experimentos. Se fue coincidiendo en que la ciencia es provisional, confiable hasta donde explica los fenómenos conocidos y conocibles hasta el momento, es discutible, refutable, evoluciona... funciona.
|