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Los estadounidenses tenían los aviones, las bombas, los helicópteros, el napalm, el agente naranja y el fósforo blanco. Los vietnamitas tenían el ingenio y, más que nada, la determinación. Contra eso se estrelló el ejército más poderoso del mundo.
Desde el Norte, organizaron un sistema de transporte de víveres, municiones y refuerzos que fue conocido como “camino de Ho Chi Minh”. A pesar de los masivos bombardeos sobre él en Laos y Camboya, jamás estuvo interrumpido más de 24 horas. Para penetrar en Vietnam del Sur, en las zonas controladas por los estadounidenses y sus aliados locales, los vietnamitas construyeron una extensísima red de túneles, miles de kilómetros de vías de comunicación que conectaban alojamientos, salas de comando, comedores, arsenales, clínicas, incluso escuelas. Los invasores llegaban y no encontraban al enemigo, que después aparecía por detrás de ellos o atacaba por otro lado, lejos de ahí. Los mandos estadounidenses ordenaron operaciones masivas de “limpieza” para reventar los túneles, pero tenían un alto costo en bajas cuando eran realizadas por sus soldados y tampoco funcionaron cuando quisieron destruir todo a bombazos.
Suena bien lo de alojamientos, clínicas, escuelas y todo eso, uno se imagina un hotel subterráneo. Pero en Cu Chi, a treinta kilómetros de Ho Chi Minh City (antes Saigón), uno puede visitar una sección abierta de los túneles y darse cuenta de que eran estrechísimos, oscuros, sofocantes y claustrofóbicos. Los hombres y mujeres del Vietcong vivían, peleaban y morían allí, con una moral impresionante, digna de ser admirada. Hace pocos años se dieron a conocer fragmentos del diario de una muchacha vietnamita que luchó por su país hasta la muerte, y que estremecen porque combinan un sentimiento de amor ingenuo, casi adolescente, la nostalgia de un novio, con la pasión convencida y madura de una patriota dispuesta a dejarlo todo.
Tras leerlo, un comandante estadounidense declaró que, contra tal determinación, no hay ejército que pueda vencer.
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